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Lucas 23: Camino del Calvario

Pastor Lionel

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Notemos, en seguida, las tiernas palabras de intercesión que pronunció nuestro Señor. Cuéntasenos que, cuando lo hubieron crucificado sus primeras palabras fueron: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Ni aun sus propios padecimientos corporales pudieron hacerle olvidar a los demás. La primera de las siete palabras que dijo en la cruz fue una plegaria por el alma de sus verdugos. Ya había dado a conocer sus funciones proféticas por medio de una notable predicción. Iba más tarde a dar a conocer sus funciones como rey abriendo las puertas del paraíso a un ladrón arrepentido.

Y en el momento de que tratamos desempeñó sus funciones sacerdotales intercediendo por los que lo crucificaron.

“Padre,” dijo, “perdónalos..

No percibiremos todos los frutos de esta plegaria hasta e día en que se abran los libros y se revelen los secretos de todos los corazones. ¿Quién puede decir cuántas de las conversiones que tuvieron lugar en Jerusalén, durante los seis meses que se siguieron a la crucifixión, fueron en contestación a ella? Quizá esa plegaria fue una de las causas que produjeron el arrepentimiento del ladrón. Quizás conmovió al centurión que declaró que Jesús era hombre justo, y a los que volvieron dándose golpes de pecho Quizá los tres mil que se convirtieron el día de Pentecostés y que tal vez habían tomado parte activa en la conspiración urdida contra nuestro Señor, debieron su conversión a esta misma oración. El último día se sabrá: no hay nada secreto que no haya de ser revelado entonces. Lo que sí sabemos con seguridad al presente es que el Padre oye siempre al Hijo. No hay duda, pues, de que la oración fuese oída.

En esa súplica se percibe una prueba más del infinito amor que Cristo tiene a los pecadores. Por malvados que estos sean, siempre se apiada de ellos. él lloró por la desleal Jerusalén; él oyó la suplica del ladrón moribundo; él se detuvo debajo del árbol para llamar al publicano Zaqueo; él descendió del cielo para ablandar el coraron de Saulo, el perseguidor, y aun en la cruz oró por sus asesinos. Un amor semejante sobrepuja todo entendimiento. Ni aun los más viles pecadores deben abstenerse de acudir a él por temor de no ser recibidos.

Finalmente, esta intercesión nos presenta un ejemplo notable de los sentimientos que deben animar a todos los discípulos de Jesucristo a semejanza de él, volvamos bien por mal, bendiciones por maldiciones. a semejanza de él oremos por los que nos persiguen y calumnian. Acaso a nuestro orgullo repugne semejante idea; acaso el mundo califique nuestra conducta de baja y de mezquina; mas no por eso nos avergoncemos de imitar a nuestro divino Maestro. El hombre que ora por sus enemigos manifiesta que posee el espíritu de Jesucristo, y por lo tanto, será galardonado.

Lucas 23:39-43

Los versículos que acabamos de transcribir merecen ser impresos con letras de oro. Muchos hombres, sin duda, darán gracias a Dios por toda la eternidad de que la Biblia contiene la historia del ladrón penitente.

Dicha historia nos da a conocer, primeramente, la relación que existe entre la salvación de los pecadores y la soberana voluntad de Dios. Se nos refiere que dos malhechores fueron crucificados con nuestro Señor–uno a su diestra y el otro a su siniestra. Ambos se hallaban a la misma distancia de Cristo; ambos vieron todo lo que sucedió durante las seis horas que estuvo pendiente de la cruz; ambos estaban agonizando y sufriendo dolores agudos; ambos eran grandes pecadores y necesitaban del perdón. Y sin embargo, el uno murió en sus pecados–tan impenitente, incrédulo e indiferente como había vivido; y el otro se arrepintió, creyó, imploró misericordia de Jesús y fue salvo.

Un hecho como este debiera hacernos humildes. No nos es dado explicarlo. Solo podemos decir: “Así, Padre, porque así agradó a tus ojos.” Mat_11:26. ¿Cómo es que en las mismas circunstancias exactamente un hombre se convierte y otro no; por qué es que de dos que oyen el mismo sermón uno permanece indiferente y otro va a su hogar a orar y a implorar el auxilio de Jesucristo; por qué razón el Evangelio es anunciado a uno y no a otro? todas estas son preguntas que no podemos contestar. Solo sabemos que son hechos ciertos y que en vano pretenderemos negarlos.

Nuestro deber es claro y sencillo, a saber: hacer uso con ahínco de los medios que Dios ha puesto a nuestro alcance para bien de nuestras almas. No hay necesidad de que nadie se pierda: la Biblia no contiene decreto condenatorio contra ningún individuo, y las oportunidades de salvación que el Evangelio ofrece son amplias y universales. Por otra parte, la soberanía de Dios no anula la responsabilidad del individuo. Uno de los ladrones obtuvo la salvación para que ninguno pierda la esperanza, y otro se perdió para que ninguno se haga ilusiones.

Esta historia nos enseña, además, cual es el carácter invariable del verdadero arrepentimiento. Por lo común se pasa por alto este hecho de la historia del ladrón penitente. Muchos hay que no consideran sino la circunstancia de que se salvó a la hora de la muerte; y no examinan las claras e inequívocas pruebas de arrepentimiento que dio antes de exhalar el último suspiro. Esas pruebas merecen señalada atención.

La primera fue la indignación que manifestó por la mala conducta de su compañero para con el Señor: “¡Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma condenación!” La segunda fue el reconocimiento de sus propios pecados: “Nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos.” La tercera consistió en una declaración explícita de la inocencia de Jesucristo: “Este ningún mal hizo.” La cuarta fue la fe en que Jesucristo tenía poder y voluntad para salvarlo: tornando hacia él los ojos lo llamó “Señor,” y expresó su creencia de que él tenía un reino. La quinta consistió en hacer oración: clamó a Jesús cuando estaba en la cruz y le suplicó que aun en aquellos momentos se apiadase de su alma. La sexta y última fue la humildad: pidió a Jesús que se apiadase de él. No pidió ninguna grandeza: le bastaba que Cristo se acordara de él.

Guardémonos del arrepentimiento que no vaya acompañado de pruebas inequívocas. Millares de hombres hay que mueren en el engaño. Se imagina que han de salvarse necesariamente, porque el ladrón se salvó a la hora de la muerte; y se olvidan que para ello es preciso que se arrepientan como él se arrepintió. Cuanto más corto sea el tiempo que uno tenga disponible, con tanto mayor cuidado ha de aprovecharlo. Cuanto más cerca se halle el hombre al sepulcro cuando empiece a pensar seriamente en la salvación de su alma tanto más claras han de ser las pruebas que dé de su conversión. Puede decirse que, por regla general, los arrepentimientos que se verifican en el lecho de muerte son poco satisfactorios.

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