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Lucas 20: Con qué autoridad

CÉSAR Y DIOS

Lucas 20:19-26

Los principales sacerdotes y los escribas se dieron cuenta de que esta parábola iba por ellos, y habrían querido echarle mano a Jesús en seguida; pero tenían miedo a la reacción del pueblo. Lo que hicieron para seguir acechándole fue enviarle espías que se fingieran sinceramente interesados en hacer las cosas como Dios manda, para pescarle en algo que dijera que les permitiera entregarle al poder y a la autoridad del gobernador romano. Con esa intención le preguntaron a Jesús:

-Maestro: sabemos que Tú dices y enseñas las cosas como son, y que no tienes favoritismos, sino que enseñas sinceramente cómo Dios quiere que vivamos. Dinos: ¿es justo que le paguemos tributo a César, o no?

Jesús se dio cuenta de sus intenciones, y les dijo:

-¿Por qué me estáis tendiendo una trampa? Enseñadme la moneda del impuesto. ¿De quién son la imagen y la inscripción?

-Del César -le contestaron; y Jesús entonces les dijo:

-¡Pues dadle al César lo que es suyo! Y a Dios, lo que es de Dios.

Así es que no pudieron pillarle en nada que le comprometiera con el pueblo, ni decir nada más después de una respuesta tan maravillosa.

Aquí los emisarios del Sanedrín pasaron al ataque. Sobornaron a unos para que fueran a hacerle una pregunta a Jesús pretendiendo que era algo que les preocupaba sinceramente. El tributo al César era un impuesto de un denario por cabeza que tenían que pagar todos los varones de 14 a 65 años y todas las mujeres de 12 a 65, simplemente por el privilegio de existir. Este tributo era una cuestión polémica entre los judíos, y ya había sido la causa de más de una rebelión. No era una mera cuestión económica, sino que se consideraba como una imposición ofensiva. Los judíos fanáticos pretendían que no tenían más rey que Dios, y por tanto era contra su religión el pagar tributo al César. Era una cuestión religiosa por la que muchos estaban dispuestos a morir. Ya se comprende que los emisarios querían poner a Jesús entre la espada y la pared. Si decía que no se debía pagar tributo al César, le denunciarían inmediatamente a Pilato, lo que conduciría a su arresto tan seguro como que el día sigue a la noche; y si decía que estaba bien que se pagara el tributo, muchos de sus presuntos seguidores, especialmente los galileos, se pondrían en contra suya.

Jesús les contestó en sus propios términos. Les pidió que le enseñaran un denario del tributo. En el mundo antiguo la señal de autoridad suprema era poder acuñar moneda; por ejemplo, los Macabeos sacaron su propia moneda en cuanto liberaron a Jerusalén de los sirios. Más aún, se reconocía universalmente que el que acuñara moneda tenía derecho a cobrar impuestos. Si un hombre tenía derecho a poner su imagen y nombre en la moneda, ipsofacto tenía derecho a imponer un tributo. Así que Jesús dijo: «Si aceptáis y usáis la moneda del César estáis obligados a aceptar su derecho a cobrar impuestos; pero dijo además- hay un área de la vida en la que la autoridad del César no tiene vigencia, porque pertenece solamente a Dios.»

Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios.

CALDERÓN DE LA BARCA

(i) Si una persona vive en un estado y goza de todos sus derechos, no puede descargarse de sus responsabilidades. Cuanto mejores cristianos seamos, mejores ciudadanos seremos. Una de las tragedias de la vida moderna es que los cristianos se resisten a asumir su parte en el gobierno de su país. Si ellos abandonan sus responsabilidades y dejan la tarea de gobernar en las manos de los políticos materialistas, no pueden luego justificar sus críticas de lo que se hace mal o no se hace.

(ii) Pero en cualquier caso, está claro que en la vida de los cristianos es Dios y no el Estado el que tiene la última palabra. Pedro y los apóstoles le dijeron al Sanedrín: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act_5:29 ). La voz de la conciencia debe ser más clara que la de las leyes hechas por los hombres. El cristiano es al mismo tiempo servidor y conciencia del Estado. Precisamente por ser el mejor ciudadano, el cristiano se negará a hacer todo lo que no pueda hacer un ciudadano cristiano. En su vida temerá a Dios y honrará al rey (1Pe_2:17 ).

LA PREGUNTA DE LOS SADUCEOS

Lucas 20:27-40

Después de aquello se le acercaron a Jesús unos saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le presentaron su pregunta:

-Maestro: Moisés nos ha dejado escrito que si un hombre casado se muere sin dejar hijos, su hermano se tiene que casar con la viuda, y el hijo que tengan se considerará el descendiente del difunto. Ahora bien: en una ocasión había siete hermanos, y el mayor se casó, y murió sin dejar hijos. Entonces el segundo se casó con la viuda, pero también murió sin tener ningún hijo; y así siguió la cosa con el tercero, y luego todos los demás hasta el séptimo, que también murió sin dejar descendencia; y por último murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, ¿con cuál de ellos estará casada, si en realidad fue la mujer de los siete? Cuando acabaron, Jesús les contestó:

-En este mundo la gente se casa y contrae matrimonio; pero los que tengan el privilegio de llegar a la eternidad y a la resurrección de los muertos, ni se casarán ni contraerán matrimonio, porque ya no serán mortales, sino como los ángeles de Dios: hijos de Dios e hijos de la resurrección. En cuanto a si hay o no resurrección de los muertos, el mismo Moisés al que habéis citado da la respuesta afirmativa en el pasaje de la zarza ardiendo, donde llama al Señor «Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob». Y Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; así es que los muertos están vivos para Dios.

-¡Bien dicho, Maestro! -exclamaron algunos escribas, que sí creían en la resurrección.

Y los saduceos ya no se atrevieron a hacerle más preguntas.

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