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Lucas 20: Con qué autoridad

Nosotros debemos estar prontos, como nuestro Maestro, a dar un adiós a nuestro sosiego y sufrir las afrentas que él sufrió. Debemos estar prontos a dejar el  mundo, y vivir separados de él, aunque nadie imite nuestra conducta y siga nuestros pasos. a semejanza de nuestro Maestro, es menester que nos resignemos a llevar la cruz diariamente y a ser perseguidos por nuestros principios y nuestra conducta. Fácil y hacedero es usar por adorno cruces materiales, y colocarlas  en las iglesias o en las tumbas; mas tener grabada en nuestros corazones la cruz de Jesucristo y llevarla ahí todos los dias, crucificar nuestros afectos y nuestra  vida misma, de manera que participemos de algún modo en los sufrimientos del Redentor–son actos para los cuales necesitamos de abnegación. Y sin  embargo, ese modo moral de llevar la cruz es el único que puede producir bienes al mundo. Lo que en estos tiempos se necesita no es de la cruz que adorna,  sino de la que humilla.

Es de advertirse, en segundo lugar, que nuestro Señor fue crucificado como Rey.

La inscripción colocada en la parte superior de la cruz expresaba esto de una manera clara e inequívoca. Cualquier espectador que pudiera leer griego, latín o hebreo no podría menos de percibir que al que pendía de la cruz se le había dado el título de rey. Dios en su omnipotencia arregló de tal manera los  acontecimientos que la voluntad de Pilato prevaleció siquiera en un respecto sobre los malignos deseos de los judíos. Á. despecho de los sumos sacerdotes  nuestro Señor fue crucificado como Rey de los Judíos.

Había cierta congruencia en que así sucediese. Aun antes de que nuestro Señor hubiera nacido, el ángel Gabriel dijo así a la Virgen María: «Le dará el Señor  Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob eternamente, y de su reino no habrá cabo.» Luk_1:32-33. Casi tan pronto como nació  concurrieron a la Palestina unos sabios del Oriente que decían: «¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido?» En la semana misma que precedió a la de  la crucifixión la muchedumbre que acompañó a nuestro Señor en su entrada triunfal a Jerusalén había dicho: «Bendito el que viene en el nombre del Señor, el  Rey de Israel.» Joh_12:13. La creencia general entre el pueblo judío era que el Mesías, el Hijo de David, había de venir como Rey. Nuestro Señor, por su  parte, proclamó durante su ministerio el reino de los cielos, el reino de Dios. Sí era Rey a la verdad, como le dijo a Pilato, mas de un reino enteramente  distinto de los de este mundo, aunque no menos real y verdadero. Come Jefe de ese reino había nacido, y había vivido, y había sido crucificado.

Cuidemos de reconocer a Jesucristo como nuestro Rey, como el Rey de nuestros corazones. Tan solo de los que le han obedecido como tal en este mundo,  será el Salvador en el último día. Tributémosle con alborozo esa fe, ese amor, esa obediencia que él estima más que el oro. Y sobro todo, no recelemos jamás  de declarar que somos súbditos, siervos y discípulos suyos, por mucho que el mundo lo desprecie. Vendrá un día en que el escarnecido Nazareno que fue  suspendido de la cruz, tomará en sus manos el poder que le pertenece y pondrá bajo sus plantas a todos sus enemigos. Según predijo Daniel, los reinos  terrenales serán derruidos, y el mundo entero formará el reino de Dios y de su Hijo; y al fin toda rodilla se hincará ante él y toda boca confesará que Jesucristo  es el Señor.

Debe advertirse, por último, con cuánta ternura pensó nuestro Señor en su madre María.

Aun en medio de su terrible agonía corporal y mental, Jesús no se olvidó de la mujer de quien había nacido, mas se acordó de su estado de desamparo, y del  quebranto que debía producirle la luctuosa escena que tenía a la vista. El sabía que, santa como era, no era más que una mujer, y que, como tal, debería sentir  profundamente la muerte de su Hijo. Por lo tanto la encomendó a la protección de Juan, su más amado y más amante discípulo. «Mujer,» le dijo, «he ahí tu  hijo» Entonces dijo al discípulo: «He ahí tu madre.» «Y desde aquella hora.» agrega el Evangelista, «el discípulo la recibió en su propia casa..

No necesitamos prueba más concluyente que la que nos suministra este pasaje para convencernos de que Dios jamás ordenó que venerásemos como divina a la madre de Jesús, o que le orásemos y confiásemos en ella como patrona de los pecadores. El sentido común nos enseña que, habiendo ella necesitado ajena  protección, mal puede ayudar a los hombres a llegar al cielo, o ser bajo respecto alguno mediadora entre Dios y los hombres. Por doloroso que ello sea, no  podemos menos que afirmar que de todas las doctrinas de la iglesia de Roma no hay ninguna que carezca tanto de apoyo en la Escritura, o en la razón natural  como la de la adoración de María.

Más, prescindamos de estos puntos de controversia, y consideremos un asunto de importancia más práctica. Consolémonos con el pensamiento de que Jesús  es un Salvador de sin igual ternura y compasión, y que toma en consideración el estado de los creyentes. No olvidemos jamás estas palabras suyas:  «Cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, esto es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»  Mar_3:35. Jesús no se olvida nunca de los que lo aman, y en  todo tiempo tiene presentes sus necesidades.

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