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Lucas 20: Con qué autoridad

El grupo del cuadro se compone de los incrédulos Judíos que estaban a favor de la muerte de nuestro Señor.

Vedlos como rechazan obstinadamente la oferta que Pilato les hace de soltar a nuestro Señor. Vedlos cómo exigen ferozmente su crucifixión, y piden a gritos  salvajes su condenación, como un derecho que les es debido; vedlos cómo rehúsan firmemente reconocerlo como Rey, cómo aseveran que César era su  soberano y acumulan sobre sus cabezas la mayor parte del crimen atroz. Y esos hombres eran los hijos de Israel, la simiente de Abraham, los que habían  recibido las promesas y la ley ceremonial, la institución de los sacrificios y el orden de sacerdotes. ¡Esos eran los hombres que decían que estaban esperando a  un Profeta semejante a Moisés, y a un hijo de David que había de fundar un reino y proclamarse Mesías! Un espíritu sensible no puede menos que sentir cierto pavor religioso al considerar las terribles consecuencias que sobrevienen a los que repetidas veces  rechazan la luz y los conocimientos que Dios les concede. La ceguedad espiritual es la desgracia más grande que Dios envía al hombre. El que, como Faraón y  Ahab, desoye las frecuentes amonestaciones del Altísimo, vendrá al fin a tener un corazón tan duro como el granito y una conciencia cauterizada como un  hierro hecho ascua. Tal era el estado de los judíos en la época de que nos ocupamos, los cuales llenaron la copa de su maldad con el acto de escarnecer y  menospreciar a Aquel a quien Pilato quería poner en libertad. ¡Plegue a Dios librarnos de semejante obstinación! El peor castigo que la Providencia puede  enviarnos acá en la tierra es abandonarnos al mal que existe dentro de nosotros a las tentaciones de Satanás. Y el medio más seguro de atraer sobre nosotros  ese castigo es desoír la voz de admonición que en variados acentos se nos dirige. Las siguientes palabras de Salomón son muy solemnes: «Por cuanto llamé y  no quisisteis, ext4endí mi mano y no hubo quien escuchase, y desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión: también yo me reiré en vuestra  calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis.» Prov. 1.24-26. y no olvidemos que nosotros estamos amenazados por los mismos peligros que  habían amenazado a los judíos y que podemos de tal manera llegar a engañarnos, que adoptemos falsas doctrinas y creamos que estamos sirviendo a Dios  cuando estamos incurriendo en el pecado.

La tercera figura es la de Poncio Pilato.

Un personaje de elevado rango y posición, un representante de la nación más poderosa de la tierra, un hombre que debía ser el más entusiasta defensor de la  equidad y la justicia, en fin, todo un gobernador romano, está suspenso entre dos juicios de una causa en que la verdad es tan clara como la luz meridiana.

Sabiendo de parte de quien está el derecho, se niega a obrar de acuerdo con sus convicciones; diciéndole su conc8iencia que debe poner en libertad al  prisionero, teme desagradar a sus acusadores, y sacrifica así la justicia al capricho de los hombres, y sanciona un crimen atroz, y consiente a que se de muerte  a una persona inocente. Jamás la naturaleza humana presentó tan triste ejemplo de una degradación. Ningún hombre ha sido jamás con más justicia  transmitido por la historia para desprecio de la posteridad, como el que se encuentra incrustado en nuestros credos, el de Poncio Pilato.

¡Qué criaturas tan despreciables son los hombres grandes cuando no están animados de principios elevados y no tienen fe en Dios! El labriego más humilde  que posea la gracia divina y tema a Dios es un se más noble a los ojos de su Creador que el gobernante o estadista cuya principal aspiración es agradar al  pueblo. Tener como guía una conciencia para la conducta pública y otra para la conducta privada; saber lo que ante los ojos de Dios es bueno, y sin embargo  obrar el mal en obsequio de la popularidad, es un proceder que ningún cristiano puede contemplar con aprobación.

Pidamos a la divina Providencia que en el país que nos haya dado por patria no falten nunca magistrados que tengan la rectitud suficiente para concebir ideas  sanas, y la enterca necesaria para ajustar sus acciones a esas ideas, sin ceder servilmente a las opiniones de los hombres. Los que temen a Dios más que a los  hombres y prefieren agradarle a él más bien que a éstos, son los mejores gobernantes de una nación, y los que a la larga se granjean más el respecto de los  gobernados. Magistrados como Pilato son a menudo el azote con que Dios castiga a los pecados de todo un pueblo.

Juan 19:28-37

Quien lea un pasaje como este sin sentir profunda gratitud hacia Jesucristo debe ser muy insensible o muy indiferente. Grande debe de ser el amor de  Jesucristo hacia los pecadores cuando se sometió -voluntariamente a tantos sufrimientos a fin de salvarlos; y grande debe de ser la maldad del pecado cuando  tantos sufrimientos fueron necesarios para obtener nuestra redención.

Debemos advertir, en primer lugar, cómo nuestro Señor tuvo que llevar la cruz a cuestas desde la ciudad hasta el Gólgota..

Ese acto tuvo su significación. Por una parte, fue una porción de la profunda humillación a que tuvo que someterse nuestro Señor como nuestro sustituto. Á los más viles criminales se les obligaba a que llevaran su propia cruz cuando iban a ser ejecutados, y nuestro Señor no fue eximido de ese castigo. Por otra  parte, fue el cumplimiento de la grande ofrenda del pecado prescrita en la ley de Moisés. Lev_16:27. Al insistir que los romanos crucificaran a Jesús fuera de  los muros de la ciudad, los judíos no llegaron a imaginarse que impensadamente estaban presentando la más grande ofrenda por el pecado que jamás había  sido dado a los mortales contemplar. Escrito está: «Por lo cual Jesús también, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta.»  Heb_13:12.

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