Lucas 18: Incansables en la oración

Pedro mencionó que él y sus compañeros lo habían dejado todo para seguir a Jesús; y Jesús prometió que nadie dejaría nada por el Reino de Dios que no recibiera mucho más. Todos los cristianos sabemos que es verdad. Alguien dijo al misionero David Livingstone que cuántos sacrificios había hecho, porque había pasado muchas pruebas y dolores, perdido a su mujer y arruinado su salud en África. Y Livingstone le contestó: « ¿Sacrificios? ¡No he hecho ningún sacrificio en toda la vida!»

Al que sigue a Cristo puede que le esperen y le pasen cosas que el mundo consideraría malas; pero todas ellas producen una paz y una felicidad que el mundo no puede ni dar ni quitar.

LA CRUZ ESTÁ AL ACECHO

Lucas 18:31-34

Jesús se apartó con los Doce, y les dijo:

-Fijaos bien: ahora nos dirigimos a Jerusalén, y se van a cumplir todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del Hombre. El pueblo de Dios le entregará a los que no son el pueblo de Dios, le escarnecerán, afrentarán y escupirán; después de azotarle, le matarán; pero resucitará al tercer día.

Los Doce no se enteraron de nada, porque les parecía misterioso todo lo que les decía Jesús.

Hay dos clases de valor: el de la persona que se encuentra ante una emergencia o crisis que se le presenta de improviso, y que se lanza sin considerar el riesgo; y el de la persona que prevé una situación terrible que le acecha más adelante, y sabe que sólo la podrá evitar si sale huyendo, y sin embargo sigue adelante y se enfrenta con ella con los ojos abiertos. No hay duda acerca de cuál es la superior. Muchos tal vez somos capaces de actuar valerosamente de improviso; pero requiere un valor muy superior el seguir adelante al encuentro de algo terrible que acecha a una distancia de días y que podríamos evitar volviéndonos hacia atrás.

En una novela se nos describen dos chicos que van jugando mientras recorren un camino, y uno le dice al otro: «Cuando vas por un camino, ¿te imaginas a veces que hay algo terrible esperándote a la vuelta de una esquina, y que tienes que seguir adelante y enfrentarte con ello? ¡Resulta emocionante!» En el caso de Jesús no se trataba de ningún juego: era algo inmensamente malvado y terrible. Jesús sabía lo que era la cruz; y sin embargo, siguió adelante. No cabe duda de que Jesús fue, entre otras muchas cosas, un maravilloso ejemplo del más acendrado valor.

En vista de las frecuentes advertencias de Jesús a sus discípulos acerca de lo que le esperaba en Jerusalén, algunas veces nos preguntamos por qué la cruz los pilló tan de sorpresa y les causó un efecto tan demoledor. La verdad es que no podían entender lo que Jesús les decía. Estaban tan obsesionados con la idea de un Mesías conquistador, que seguían esperando que Jesús desplegara su poder en Jerusalén y barriera a sus enemigos de la faz de la Tierra.

Aquí hay una seria advertencia para todos. La mente humana tiene capacidad para entender sólo lo que quiere. No hay nadie más ciego que el que no quiere ver. Nos resistimos a creer que lo desagradable pueda ser cierto, y que suceda lo que no queremos. Todos tenemos que resistir la tendencia a oír sólo lo que queremos oír.

Y además: Jesús nunca anunció la cruz sin nombrar también la resurrección. Sabía que Le esperaban la vergüenza y el horror, pero estaba igualmente seguro de que obtendría la victoria y entraría en la gloria que también Le aguardaba. Sabía lo que Le vendría de la maldad de los hombres, pero también sabía lo que Le vendría del poder de Dios. La seguridad de la victoria final Le ayudó a arrostrar la aparente derrota de la cruz. Sabía que sin la cruz no podría haber una corona.

UNO QUE NO QUERÍA CALLAR

Lucas 18:35-43

Cuando Jesús se iba acercando a Jericó, sucedió que había un ciego que estaba pidiendo limosna sentado al borde del camino; y, cuando oyó que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía, y le dijeron que es que pasaba por allí Jesús el Nazareno. Entonces el ciego se puso a gritar:

-¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!

Los que estaban delante se metían con él para que se callara; pero él chillaba cada vez más:

-¡Hijo de David, ten compasión de mí!

Entonces Jesús se paró donde estaba, y dijo que le trajeran al ciego; y cuando le tuvo cerca, le preguntó:

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

WebDedicado ha sido autorizado a recaudar las donaciones para continuar con La gran Comisión.


Deja el primer comentario