Lucas 18: Incansables en la oración

Jesús les contó otra parábola sobre la necesidad de ser constantes en la oración y no desanimarse:

-En cierta ciudad había un juez que no tenía temor de Dios ni respetaba a nadie. Y en aquella ciudad vivía una viuda que iba a ver al juez con frecuencia para pedirle que le hiciera justicia en un pleito que tenía con uno que le hacía la vida imposible. El juez no le hizo caso durante bastante tiempo; pero llegó un momento en que se dijo para sus adentros: « Es verdad que yo no tengo temor de Dios ni respeto a nadie; pero esta viuda no deja de fastidiarme, de modo que le haré justicia, no sea que acabe por hacerme polvo del todo»-. Y el Señor insistió-: ¡Fijaos lo que acabó por decir aquel juez tan malvado! ¿Y creéis que Dios no les hará justicia a sus amigos que se lo piden día y noche? ¿Creéis que le dará largas al asunto? ¡Os aseguro que se dará prisa a hacerles justicia! Pero, cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿quedará algo de fe en la Tierra?

Esta parábola tiene dos personajes:

(i) El juez, que parece no haber sido un juez judío. Todas los pleitos judíos ordinarios se llevaban a los ancianos, y no a los tribunales públicos. Según la ley judía, si se llevaba una causa a litigio, un solo hombre no constituía un tribunal. Había siempre tres Jueces: uno por cada una de las partes, y otro independiente.

Este juez parece haber sido uno de los magistrados pagados nombrados por Herodes o los Romanos, y que eran ellos mismos un caso; a menos que el demandante tuviera influencia o dinero para sobornar al juez, no podía esperar que se decidiera su pleito. Se decía que estos Jueces pervertían la justicia «por un plato de lentejas» Hasta se hacían chistes con su nombre, que era dayyané-guezerot, que quería decir Jueces de faltas, y lo cambiaban por dayyané-guezelot, que quería decir «Juecesbandidos».

(ii) La viuda era el símbolo de todos los pobres y marginados. Estaba claro que, como no tenía recursos de ninguna clase, no podía esperar que tal juez le hiciera justicia. Pero tenía un arma: la insistencia. Es posible que lo que el juez temiera fuera la violencia física. La palabra que hemos traducido como « no sea que acabe por hacerme polvo del todo» puede querer decir « me ponga un ojo morado». Se le podía cerrar el ojo a un juez así de dos maneras: o sobornándole, o pegándole un puñetazo. El caso es que la insistencia consiguió su objeto.

Esta parábola se parece a la del Amigo Importuno (Luk_11:5-10 ). No compara a Dios con un juez injusto, sino le contrasta con tal persona. Jesús está diciendo: « Si al fin y al cabo se puede hacer que un juez rapaz e injusto le haga justicia a una viuda por cansancio, ¡cuánto más Dios, que es un Padre amante, les dará a sus hijos lo que necesitan!

Eso es verdad, pero no tenemos por qué suponer que vamos a obtener siempre lo que pidamos. A menudo un padre tiene que negarse a darle a su hijo lo que le pide, especialmente cuando sabe que aquello le va a hacer más mal que bien. Así es Dios.

Nosotros no sabemos lo que nos reserva el futuro; sólo Dios lo sabe, y por tanto sólo Dios sabe si aquello va a ser para nuestro bien ala larga. Por eso Jesús nos dice que no tenemos que desanimarnos en la oración, y por eso dijo que no sabía si quedaría fe en la Tierra cuando El viniera otra vez. No nos cansaremos nunca de orar, y nunca nos faltará la fe si, una vez que le hemos hecho a Dios nuestras oraciones y peticiones, añadimos la perfecta oración: «¡Hágase tu voluntad!»

EL PECADO DEL ORGULLO

Lucas 18:9-14

También les dijo Jesús una parábola a los que presumían de buenos y despreciaban a los demás:

-Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo se puso en pie, y empezó a orar de una manera que más parecía que estaba hablando consigo mismo que con Dios: «¡Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos, adúlteros, y menos como ese publicano! Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano, etc., etc.» Pero el publicano se puso al final de todo, y no se atrevía ni a levantar la vista, sino que se daba sinceros golpes de pecho y decía: «Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.» Os aseguro -siguió diciendo Jesús- que el publicano se fue a su casa en paz con Dios más que el fariseo; y es que, el que se chulea con Dios se hunde hasta lo más bajo; pero al que es humilde, Dios le tiende la mano y le levanta.

Los judíos religiosos practicaban la oración tres veces al día: a las 9 de la mañana, al mediodía y a las 3 de la tarde. Se consideraba que la oración era más eficaz si se ofrecía en el templo, por lo cual el templo era frecuentado a esas horas. Jesús nos presenta a dos personajes:

(i) El uno era fariseo. Realmente no oraba a Dios, sino consigo mismo. La verdadera oración se dirige solamente a Dios. Cierto reportero norteamericano describió una vez la oración de un predicador como « la oración más elocuente que se haya ofrecido jamás a una audiencia de Boston.» El fariseo estaba presentando sus credenciales delante de Dios. La ley judía no prescribía más que un ayuno obligatorio, el del Día de la Expiación. Pero los que querían ganar méritos ayunaban también todos los lunes y los jueves. Es curioso que esos eran los días de mercado cuando Jerusalén se llenaba de campesinos. Los que ayunaban se ponían polvos para parecer más pálidos, y se vestían con cuidadoso descuido y salían a la calle para que los viera el público. Los levitas tenían que recibir los diezmos de todos los productos (Num_18:21 ; Deu_14:22 ); pero este fariseo lo diezmaba todo, hasta lo que no era de precepto.

Su actitud era la típica de los peores fariseos. Se conserva la oración de un cierto rabino que decía: «Te doy gracias, oh Señor Dios, porque me has dado parte con los que se sientan en la Academia, y no con los que se sientan por las esquinas. Porque yo madrugo, como ellos; pero yo para buscar las palabras de la ley, y ellos para cosas vanas. Yo trabajo, como ellos; pero yo trabajo para recibir una recompensa, y ellos trabajan y no reciben ninguna recompensa. Yo corro, como ellos; pero yo corro hacia la vida del mundo venidero, y ellos hacia el pozo de la destrucción.» Dijo una vez el rabino Simeón ben Yocai: «Si no hay más que dos justos en el mundo, somos mi hijo y yo; y si no hay más que uno, ¡soy yo!»

El fariseo realmente no iba a orar; iba a informar a Dios de lo bueno que era.

(ii) El otro era publicano. Se quedaba al final, y no se atrevía ni a levantar la vista ante Dios. Aquí otra vez casi todas las traducciones españolas de la Biblia pierden un importante matiz del original al traducir a mí, pecador; Bover-Cantera y Nueva Biblia Española se acercan más con este pecador. El publicano dijo realmente: «¡Dios, ten misericordia de mí, el pecador», como si se considerara, no meramente un pecador, sino el pecador por antonomasia. Y Jesús dijo: «Y fue esa oración, surgida de un corazón quebrantado y avergonzado de sí mismo, la que le granjeó la aceptación de Dios.»

No hay duda que esta parábola nos enseña ciertas cosas importantísimas acerca de la oración:

(i) Ningún orgulloso puede orar. La puerta del Cielo tiene el dintel tan bajo que no se puede entrar más que de rodillas.

No ya he de  gloriarme jamás, ¡oh Dios mío! de aquellos deberes que un día cumplí. Mi gloria era vana; confío tan sólo en Cristo y su sangre vertida por mí. JOSÉ M. DE MORA

(ii) Nadie que desprecie a sus semejantes puede orar. En la oración no nos podemos encumbrar por encima de los demás. Recordamos que somos cada uno parte de una humanidad pecadora, doliente e indigna, que se arrodilla ante el trono de la gracia de Dios.

(iii) La verdadera oración brota cuando colocamos nuestras vidas al lado de la vida de Dios. Sin duda todo lo que dijo el fariseo era verdad: ayunaba; diezmaba meticulosamente; no era como los hombres que menciona, y menos como el publicano. Pero la pregunta no es: «¿Soy yo tan bueno como mis semejantes?», sino: «¿Soy yo tan bueno como Dios?» Una vez hice un viaje en tren a Inglaterra. Cuando pasábamos por los montes de Yorkshire vi una casa de campo enjalbegada que parecía irradiar blancura inmaculada. Unos días después, al volver a Escocia, había nevado; y cuando vi la cabañita, me pareció sucia y casi gris en comparación con la blancura virginal del paisaje.

Todo depende de con qué nos comparamos. Cuando ponemos nuestra vida al lado de la de Jesús y al lado de la santidad de Dios, todo lo que podemos decir es: «Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.»

EL MAESTRO Y LOS VINOS

Lucas 18:15-17

Había personas que le querían traer a Jesús a sus niños, para que los tocara. Pero cuando los veían los discípulos, les decían que se marcharan. Cuando Jesús se dio cuenta, llamó a sus discípulos y les dijo:

Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo impidáis; porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Os aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.

Era corriente que las madres trajeran a sus niños en su primer cumpleaños a algún rabino distinguido para que los bendijera. Y para eso se los traían a Jesús. No tenemos que pensar que los discípulos fueran duros o crueles. Lo hacían por el respeto y el cariño que le tenían a Jesús. Recordemos que se dirigía a Jerusalén a morir en una cruz. Los discípulos podían ver en su rostro la tensión de su corazón; y no querían que le molestaran. En casa les decimos a veces a los niños: «Deja a papá en paz, que está muy cansado y preocupado esta noche.» Eso es precisamente lo que hicieron los discípulos.

Es una de las escenas más encantadoras del Evangelio el ver que Jesús tenía tiempo para los niños hasta cuando se dirigía a Jerusalén para morir en la cruz.

Cuando Jesús dijo que los que componen el Reino de Dios son los que son como los niños, ¿qué quería decir? ¿En qué cualidades estaba pensando?

(i) El niño no ha perdido el sentido de lo maravilloso. Tennyson nos cuenta que una mañana temprano entró en la habitación de su nietecito y le sorprendió «siguiendo embelesado con la mirada al rayo de sol que jugaba en los postes de la cama.» Cuando nos hacemos mayores, vivimos en un mundo gris y cansado. Los niños viven en un mundo que conserva el lustre de lo nuevo, y en el que Dios siempre está cerca.

(ii) Toda la vida del niño se apoya en la confianza. Cuando somos pequeños, nunca nos preguntamos de dónde nos va a venir la próxima comida, o de dónde va a salir la ropa. Cuando vamos al colegio estamos seguros de que nuestra casa estará en su sitio cuando volvamos, con todo listo para nuestras necesidades. Cuando vamos de viaje no nos preocupamos por los gastos, ni dudamos de que nuestros padres sepan el camino y nos lleven sin problemas. La confianza del niño en sus padres es absoluta, y así debería ser la nuestra en nuestro Padre, Dios.

(iii) El niño es obediente por naturaleza. Es cierto que a veces desobedece y se queja de lo que le mandan sus padres; pero su instinto es obedecer. Sabe muy bien que debe obedecer, y no está contento cuando no ha sido obediente. En su fuero interno reconoce que la palabra de sus padres es ley. Así debiera ser para nosotros la Palabra de Dios.

(iv) El niño tiene una capacidad admirable para perdonar. Casi todos los padres somos injustos con nuestros niños. Les exigimos un nivel de obediencia, de modales, de lenguaje y de diligencia que rara vez alcanzamos nosotros. Una y otra vez los regañamos o castigamos por hacer cosas que hacemos nosotros. Si otros nos trataran de la forma que tratamos nosotros a nuestros hijos, probablemente no se lo perdonaríamos. Pero los niños perdonan y olvidan, y ni siquiera se dan cuenta de que se los trata con injusticia. El mundo sería un lugar mucho más agradable si perdonáramos todos como lo hace un niño.

El mantener despierto el sentido de lo maravilloso, vivir con una confianza inquebrantable, obedecer con naturalidad, perdonar y olvidar… En eso consiste el espíritu del niño, que es el pasaporte para entrar en el Reino de Dios.

EL QUE NO QUERÍA PAGAR EL PRECIO

Lucas 18:18-30

Un hombre importante le preguntó a Jesús:

-Maestro bueno, ¿qué es lo que tengo que hacer para poseer la vida eterna que Dios ha prometido?

-¿Por qué me llamas «bueno»? No hay nadie que sea bueno más que Dios -le contestó Jesús-. Tú sabes los mandamientos: No adulteres, no mates, no robes, no des falso testimonio, respeta a tu padre y a tu madre…

-Todo eso lo he cumplido desde pequeño -contestó el hombre; y cuando le oyó Jesús, le dijo:

-Pues todavía te falta algo: vende todas tus posesiones y dales el producto a los pobres. Así tendrás riquezas en el Cielo. Y luego ponte a seguir mi ejemplo.

Cuando el hombre oyó esto, se le cayó el alma a los pies; porque era extremadamente rico. Jesús se dio cuenta de su reacción, y dijo:

-¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que tienen riquezas! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.

Los que lo estaban oyendo, dijeron:

-Entonces, ¿quién se va a poder salvar?

-Tenéis razón: los hombres no se pueden salvar a sí mismos, pero Dios sí los puede salvar.

Pedro entonces le dijo a Jesús:

-Ten en cuenta que nosotros hemos dejado todo lo que teníamos para seguirte.

-Os doy mi palabra que no habrá nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos por causa del Reino de Dios, que no reciba en este mundo mucho más de lo que ha dejado, y la vida eterna en el mundo venidero.

Este aristócrata se dirigió a Jesús de una manera totalmente inusitada. En toda la literatura judía no se encuentra ningún caso de un rabino al que se llamara «Maestro bueno.» Los rabinos decían siempre que «no hay nada que sea bueno más que la ley.» El dirigirse así a Jesús sonaba a cumplido exagerado, y Jesús empezó por hacer volver los pensamientos a Dios. Jesús siempre reconocía que su poder y su mensaje procedían de Dios. Cuando los nueve leprosos no volvieron, Jesús se entristeció, no porque no habían vuelto a darle las gracias a Él, sino a Dios (Luk_17:18 ).

No hay duda que este aristócrata era un buen hombre; pero reconocía en lo íntimo de su corazón que algo faltaba en su vida. La respuesta de Jesús fue que si quería encontrar todo lo que estaba buscando tenía que vender sus posesiones y distribuir el producto entre los pobres, y entonces seguir a Jesús. ¿Por qué hizo aquella demanda precisamente a aquel hombre? Cuando el gadareno al que curó Jesús le pidió que le dejara ser seguidor suyo, le contestó que volviera a su casa (Luk_8:38 s). ¿Por qué le dio al aristócrata un consejo diferente?

En un evangelio apócrifo que se llama El Evangelio según los Hebreos, que se ha perdido en su mayor parte, uno de los fragmentos cuenta este incidente de forma que nos da una clave.

«EL otro hombre rico le dijo a Jesús:

-Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para vivir de veras?

-Hombre, obedece la ley y los profetas -le respondió Jesús.

-Ya lo he hecho -añadió el hombre.

-Entonces, ve -le dijo Jesús-, vende todo lo que tienes, distribúyelo entre los pobres, y ven a seguirme. «

El rico entonces empezó a rascarse la cabeza, porque no le gustaba este mandamiento. El Señor le dijo:

-¿Cómo dices que has obedecido la ley y los profetas? En la ley está escrito: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Y fíjate que hay muchos hermanos tuyos, hijos de Abraham, que se están muriendo de hambre, y tú tienes la casa llena de cosas buenas, y no les das ni una a los pobres.

Y Jesús se volvió a decirle a su discípulo Simón, que estaba sentado a su lado:

-Simón, hijo de Jonás: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos.

Aquí tenemos el secreto y la tragedia de aquel aristócrata. Llevaba una vida egoísta. Era rico, pero no daba nada. Su verdadero dios era la comodidad, y a lo que daba culto era a sus posesiones y a su riqueza. Y por eso Jesús le dijo que tenía que darlo todo. Muchos ricos usan la riqueza que tienen para darles a sus semejantes lo que necesitan para vivir mejor. Pero este hombre no lo usaba más que para sí. Si el dios de una persona es aquello a lo que da todo su tiempo, pensamiento, energía y devoción, entonces el dios de este hombre era la riqueza. Si había de encontrar la verdadera felicidad, tenía que librarse de todo aquello, y vivir para los demás con la misma intensidad con la que había vivido antes para sí mismo.

Jesús siguió diciendo que le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios. Los rabinos solían hablar de un elefante que quisiera pasar por el ojo de una aguja como un ejemplo de algo imposible o absurdo. Pero el ejemplo de Jesús puede que tuviera uno de estos dos orígenes:

(i) Se dice que al lado de la gran puerta de Jerusalén por la que entraba todo el tráfico había una puertecilla suficientemente ancha y alta para que pudiera pasar por ella una persona; y se dice que a esa puertecilla la llamaban «ojo de aguja», y de ahí el ejemplo del camello que quería entrar y no cabía.

(ii) La palabra griega para camello es kamelos, y ya en aquel tiempo se pronunciaría lo mismo que kamilos, que quería decir soga de barco. Puede que Jesús quisiera decir que sería más fácil enhebrar una aguja con una guindaleza que entrar un rico en el Reino de Dios.

En cualquier caso se trata de una exageración graciosa que nos han conservado los tres sinópticos, como cuando Jesús dijo que los escribas y fariseos hipócritas « colaban el mosquito y se tragaban el camello» (Mat_23:24 ).

¿Por qué? Las posesiones tienden a encadenar el corazón a este mundo y a no dejar que se piense en nada más. No tiene por qué ser pecado el tener riquezas, pero sí entraña un peligro y una gran responsabilidad.

Pedro mencionó que él y sus compañeros lo habían dejado todo para seguir a Jesús; y Jesús prometió que nadie dejaría nada por el Reino de Dios que no recibiera mucho más. Todos los cristianos sabemos que es verdad. Alguien dijo al misionero David Livingstone que cuántos sacrificios había hecho, porque había pasado muchas pruebas y dolores, perdido a su mujer y arruinado su salud en África. Y Livingstone le contestó: « ¿Sacrificios? ¡No he hecho ningún sacrificio en toda la vida!»

Al que sigue a Cristo puede que le esperen y le pasen cosas que el mundo consideraría malas; pero todas ellas producen una paz y una felicidad que el mundo no puede ni dar ni quitar.

LA CRUZ ESTÁ AL ACECHO

Lucas 18:31-34

Jesús se apartó con los Doce, y les dijo:

-Fijaos bien: ahora nos dirigimos a Jerusalén, y se van a cumplir todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del Hombre. El pueblo de Dios le entregará a los que no son el pueblo de Dios, le escarnecerán, afrentarán y escupirán; después de azotarle, le matarán; pero resucitará al tercer día.

Los Doce no se enteraron de nada, porque les parecía misterioso todo lo que les decía Jesús.

Hay dos clases de valor: el de la persona que se encuentra ante una emergencia o crisis que se le presenta de improviso, y que se lanza sin considerar el riesgo; y el de la persona que prevé una situación terrible que le acecha más adelante, y sabe que sólo la podrá evitar si sale huyendo, y sin embargo sigue adelante y se enfrenta con ella con los ojos abiertos. No hay duda acerca de cuál es la superior. Muchos tal vez somos capaces de actuar valerosamente de improviso; pero requiere un valor muy superior el seguir adelante al encuentro de algo terrible que acecha a una distancia de días y que podríamos evitar volviéndonos hacia atrás.

En una novela se nos describen dos chicos que van jugando mientras recorren un camino, y uno le dice al otro: «Cuando vas por un camino, ¿te imaginas a veces que hay algo terrible esperándote a la vuelta de una esquina, y que tienes que seguir adelante y enfrentarte con ello? ¡Resulta emocionante!» En el caso de Jesús no se trataba de ningún juego: era algo inmensamente malvado y terrible. Jesús sabía lo que era la cruz; y sin embargo, siguió adelante. No cabe duda de que Jesús fue, entre otras muchas cosas, un maravilloso ejemplo del más acendrado valor.

En vista de las frecuentes advertencias de Jesús a sus discípulos acerca de lo que le esperaba en Jerusalén, algunas veces nos preguntamos por qué la cruz los pilló tan de sorpresa y les causó un efecto tan demoledor. La verdad es que no podían entender lo que Jesús les decía. Estaban tan obsesionados con la idea de un Mesías conquistador, que seguían esperando que Jesús desplegara su poder en Jerusalén y barriera a sus enemigos de la faz de la Tierra.

Aquí hay una seria advertencia para todos. La mente humana tiene capacidad para entender sólo lo que quiere. No hay nadie más ciego que el que no quiere ver. Nos resistimos a creer que lo desagradable pueda ser cierto, y que suceda lo que no queremos. Todos tenemos que resistir la tendencia a oír sólo lo que queremos oír.

Y además: Jesús nunca anunció la cruz sin nombrar también la resurrección. Sabía que Le esperaban la vergüenza y el horror, pero estaba igualmente seguro de que obtendría la victoria y entraría en la gloria que también Le aguardaba. Sabía lo que Le vendría de la maldad de los hombres, pero también sabía lo que Le vendría del poder de Dios. La seguridad de la victoria final Le ayudó a arrostrar la aparente derrota de la cruz. Sabía que sin la cruz no podría haber una corona.

UNO QUE NO QUERÍA CALLAR

Lucas 18:35-43

Cuando Jesús se iba acercando a Jericó, sucedió que había un ciego que estaba pidiendo limosna sentado al borde del camino; y, cuando oyó que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía, y le dijeron que es que pasaba por allí Jesús el Nazareno. Entonces el ciego se puso a gritar:

-¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!

Los que estaban delante se metían con él para que se callara; pero él chillaba cada vez más:

-¡Hijo de David, ten compasión de mí!

Entonces Jesús se paró donde estaba, y dijo que le trajeran al ciego; y cuando le tuvo cerca, le preguntó:

-¿Qué es lo que quieres de Mí?

-¡Pues que pueda ver, Señor! -le contestó el ciego.

-¡Pues ve! ¡Tu fe te ha salvado! -le dijo Jesús.

E inmediatamente el ciego pudo ver, y seguía a Jesús dando gloria a Dios; y todo el pueblo que había presenciado el milagro también se puso a alabar a Dios.

Lo que más resalta en esta historia es la insistencia a toda prueba del ciego. Jesús iba de camino hacia Jerusalén para la Pascua, y en esa época del año había muchos peregrinos que hacían el viaje juntos. Una de las maneras más corrientes de enseñar que tenían los rabinos era mientras andaban, y eso era lo que Jesús estaba haciendo en aquel momento, mientras todos los otros peregrinos se agolpaban a su alrededor para no perder nada de lo que decía. Cuando pasaba por un pueblo un grupo tal de peregrinos, los del pueblo que no podían ir a la fiesta se ponían en fila al borde del camino para ver a los que pasaban y desearles buen viaje.

El ciego estaba sentado entre todos los que había al borde del camino; y, cuando oyó el murmullo del gentío que se acercaba, preguntó qué sucedía, y le dijeron que era que pasaba Jesús. Inmediatamente se puso a gritar pidiéndole a Jesús que se compadeciera de él. La gente hizo lo posible para que se callara. Los que estaban cerca de Jesús no podían escucharle en paz por culpa del ciego. Pero no se callaba por nada del mundo, sino que chillaba todavía más. La palabra que se usa en el versículo 39 para chillar es diferente de la del 38, que sólo indica dar voces para atraer la atención. La del 39 representa el grito instintivo que surge de una emoción incontrolable, casi un aullido animal. La palabra indica la total desesperación del ciego. Jesús se detuvo, y el ciego recibió la vista que tan apasionadamente deseaba.

Esta historia nos enseña dos cosas:

(i) Acerca del ciego, nos dice que estaba empeñado en encontrarse cara a cara con Jesús. Nada le hacía cejar. Se negaba a callarse y contenerse. El sentimiento de necesidad le impulsaba a la presencia de Jesús. Esa es la actitud que debe tener todo el que espera un milagro. No es suficiente tener un deseo sentimental para poner en acción el poder de Dios; hace falta un ansia intensa y apasionada que brota de lo más íntimo del corazón.

(ii) Acerca de Jesús, nos dice también algo. En aquel momento estaba hablando con la multitud como un rabino; pero se detuvo y lo dejó todo ante la llamada angustiosa del ciego. Había un alma necesitada, y eso era más importante que lo que estaba diciendo. Alguien ha dicho que muchos maestros no hacen más que lanzar consejos impertinentes a alguien que se está ahogando en un mar tempestuoso. Jesús no era así, sino que se tiraba al agua para salvar al que se estaba ahogando. Hay personas que no saben decir cosas bonitas, pero que siempre están dispuestos a ayudar al que está en necesidad. Admiramos al orador elocuente; pero amamos al de buen corazón que deja lo que sea para socorrer al necesitado.

Lucas 18:1-43

18.1 Insistir en nuestras oraciones hasta obtener respuesta no significa una repetición sin fin, ni estar en reuniones de oración prolongadas y tediosas. La oración perseverante implica ser constantes en nuestras peticiones delante de Dios, como si viviéramos por El de día en día, con la certeza de que responderá. Cuando vivimos por fe, no debemos rendirnos. Dios puede demorar su respuesta, pero siempre tendrá buenas razones y no debemos confundirlas con negligencia de su parte. Al persistir en la oración, crecemos en carácter, fe y esperanza.

18.3 Las viudas y los huérfanos formaban la parte más vulnerable del pueblo de Dios y tanto los profetas del Antiguo Testamento como los apóstoles del Nuevo Testamento insistieron que debían atenderse como era debido. Véanse, por ejemplo, Exo_22:22-24; Isa_1:17; 1Ti_5:3; Jam_1:27.

18.6, 7 Si los jueces malos ceden ante las presiones constantes, cuánto más un Dios grande y amoroso nos responderá. Si hemos sentido su amor, podemos creer que El responderá nuestros ruegos.

18.10 A menudo, las personas que vivían cerca de Jerusalén iban al templo a orar. El templo era el centro de adoración.

18.11-14 El fariseo no fue al templo a orar a Dios, sino para anunciar a todo aquel que podía oírle cuán bueno era. El publicano reconoció su pecado y pidió misericordia. Creerse justo por mérito propio es peligroso pues conduce al orgullo, motiva desprecio a otros e impide aprender más de Dios. Debiéramos hacer nuestra la oración del publicano porque necesitamos la misericordia de Dios todos los días. No permita que el orgullo le impida reconocer su necesidad de Dios.

8.15-17 Las madres acostumbraban llevar sus hijos al rabino para que les bendijeran y por eso estas madres se reunieron alrededor de Jesús. Los discípulos, sin embargo, pensaron que los niños no eran importantes para ocupar el tiempo del Maestro, eran lo menos importantes de todo lo que El hacía en esos momentos. Pero Jesús los recibió porque los niños tienen la clase de fe y confianza necesarias para entrar en el Reino de Dios. Es importante presentar nuestros niños a Jesús y que nosotros mismos nos acerquemos a El con las actitudes de aceptación y confianza de un niño.

18.18ss Este hombre principal buscaba aliento, alguna forma de saber que tenía vida eterna. Quería que Jesús midiera y evaluara sus cualidades o que le diera alguna tarea a fin de asegurar su inmortalidad. De ahí que Jesús le diera una tarea, la única cosa que este hombre sintió que no podría cumplir. «¿Quién, pues, podrá ser salvo?», se preguntaron los presentes. «Nadie puede por sus medios», respondió Jesús. «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios». La salvación no se puede ganar, es un don de Dios (véase Eph_2:8-10).

18.18, 19 En esencia, la pregunta de Jesús al hombre principal, el que lo llamó «Maestro bueno», fue: «¿Sabes quién soy?» Sin dudas este hombre, que con razón le llamaba bueno, no captó las implicaciones de la declaración de Jesús porque El es Dios mismo.

18.22, 23 La riqueza de este hombre trajo cierta clase de paz a su vida y le dio poder y prestigio. Cuando Jesús le dijo que vendiera todo lo que poseía, tocaba su seguridad e identidad. El hombre no entendió que estaría mucho más seguro si seguía a Jesús, más que la estabilidad que le daba sus riquezas. Jesús no pide a todos los creyentes que vendan las cosas que tienen, más bien esta puede ser su voluntad para algunos. Sin embargo, nos pide todo para que no nos atrape algo que quizás consideremos más importante que Dios. Si la base de su seguridad ha cambiado de Dios a lo que usted posee, sería mejor deshacerse de esas posesiones.

18.24-27 Debido a que el dinero representa poder, autoridad y éxito, a menudo es difícil para la gente adinerada concientizarse de su necesidad y de su incapacidad para salvarse. Los ricos en talento o inteligencia sufren la misma dificultad. A menos que Dios penetre en sus vidas, estas por sí solas no irán a El. Jesús sorprendió a algunos de sus oyentes al ofrecer salvación al pobre. Hoy en día quizás sorprenda a algunos ofrecérsela a los ricos. Es difícil para una persona autosuficiente aceptar su necesidad e ir a Jesús, pero «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».

18.26-30 Pedro y los otros discípulos tuvieron que pagar un alto precio al dejar sus hogares y trabajos para seguir al Señor. No obstante, Jesús le recordó a Pedro que seguirle tiene sus beneficios y también sacrificios. Cualquier creyente que haya tenido que dejar algo para seguir a Cristo tendrá recompensa en esta vida y en la venidera. Por ejemplo, si usted debe dejar un trabajo seguro, descubrirá que Dios le ofrece una relación más segura con El ahora y siempre. Si sufre el rechazo de su familia, ganará el amor de la familia de Dios. Los discípulos comenzaron a pagar el precio de seguir a Cristo y El les dijo que serían recompensados. No se fije en lo que ya dejó; piense en lo que ganó y dé gracias por ello. Nunca daremos más que Dios.

18.31-34 Algunas profecías de lo que le sucedería a Jesús se hallan en el Psa_41:9 (traición); Psa_22:16-18 e Isa_53:4-7 (crucifixión); Psa_16:10 (resurrección). Los discípulos no entendieron lo que Jesús dijo. Tal parece que concentraron su atención en la parte de su muerte e hicieron caso omiso de lo que mencionó en cuanto a su resurrección. A pesar de que Jesús les habló con claridad, no lograron captar el significado de sus palabras hasta que lo vieron resucitado, cara a cara.

18.35 A menudo, los mendigos esperaban junto a los caminos cerca de las ciudades, porque eran los lugares más apropiados para entrar en contacto con la gente. Por lo general, los impedidos en alguna manera no estaban en condiciones de trabajar para vivir. No existía tratamiento médico para estos problemas y la gente tendía a pasar por alto su obligación de ayudar al necesitado (Lev_25:35-38). Esos mendigos tenían muy poca esperanza de salir de esta degradante forma de vivir. Sin embargo, este ciego en particular puso su esperanza en el Mesías. Sin vergüenza clamó procurando ganar la atención de Jesús y este le dijo que su fe le permitió ver. No importa cuán desesperante sea su situación, si clama a Jesús con fe, El lo ayudará.

18.38 El ciego llamó a Jesús «Hijo de David», un título para el Mesías (Isa_11:1-3). Esto significa que entendió que Jesús era el Mesías tan esperado, mientras que los líderes religiosos que vieron sus milagros permanecieron ciegos a su identidad y se negaron a reconocerlo como tal.

NARRACIONES QUE APARECEN SOLO EN LUCAS

1.5-80 : Sucesos especiales preceden los nacimientos de Juan el Bautista y Jesús

2.1-52 : Hechos de la niñez de Jesús

3.19, 20 : Herodes encarcela a Juan

4.16-30 : Jesús rechazado en Nazaret

5.1-11 : Jesús proporciona una pesca milagrosa

7.11-17 : Jesús resucita al hijo de una viuda

7.36-50 : Una pecadora unge los pies de Jesús

8.1-3 : Mujeres viajan con Jesús

10.1-18.14 : Hechos, milagros y enseñanzas durante los meses antes de la muerte de Jesús

19.1-27 : Jesús visita a Zaqueo y después narra la parábola de las diez minas

23.6-12 : Juicio de Jesús ante Herodes

24.44-49 : Algunas de las palabras finales de Jesús antes de su ascensión.

Lucas 18:1-8

Jesús mismo explicó el objeto de la parábola que tenemos a la vista. «Y les propuso también una parábola, para enseñar que es menester orar siempre, y no desalentarse.» Téngase presente que estas palabras están íntimamente relacionadas con la doctrina del segundo advenimiento con la cual terminó el capítulo anterior al de que tratamos. La oración constante durante el período que trascurriría entre sus dos venidas es lo que nuestro Señor recomienda a sus discípulos. Como nosotros vivimos en ese período, este es asunto que nos concierne de una manera especial.

Estos versículos nos enseñan, en primer lugar, cuan importante es perseverar en la oración. Nuestro Señor lo demuestra refiriendo la historia de una viuda desamparada que obtuvo justicia de un magistrado malo a fuerza de importunidad.

«Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre,» dijo el juez, «todavía porque esta viuda me es molesta le haré justicia; por que no venga siempre y al fin me incomode.» Y nuestro Señor mismo hizo la aplicación de la parábola. «Oíd lo que dice el juez injusto. ¿Y Dios no defenderá a sus escogidos que claman a él día y noche, aunque sea longánimo acerca de ellos?» Si con perseverancia se logra tanto de un hombre perverso, ¿cuánto más no obtendrán de un Juez justo los hijos de Dios? La oración es el alma del verdadero Cristianismo. Con ella es que la religión empieza; con ella es que florece. La oración es una de las primeras pruebas que da el cristiano de haberse convertido. Quien la descuida está en gran peligro de extraviarse del verdadero sendero.

Tengamos, pues, presente que es mucho más fácil dar principio al hábito de orar que perseverar en él. El temor de la muerte, fugaces remordimientos de conciencia, o un acaloramiento del momento pueden tal vez impulsar al hombre a orar algún tanto. Por lo común tenemos tendencia a cansarnos, y a creer, de acuerdo con las sugestiones de Satanás, que nuestros esfuerzos son vanos. Es en tales momentos que debemos recordar la parábola de que venimos tratando. No olvidemos que nuestro Señor nos dijo de una manera explícita que «es menester orar y no desalentarse..

¿Nos sentimos inclinados a pronunciar apresuradamente nuestras oraciones, o a acortarlas, o a descuidarlas de un todo? Si así fuere, estemos seguros de que es una tentación de Satanás. Este adversario pretende minar hasta el mismo baluarte de nuestro espíritu para arrastrarnos a los infiernos. Resistamos semejante tentación: por mucho que tardemos en obtener contestación a nuestras peticiones, no dejemos de orar. Por mucha que sea la abnegación y por grandes que sean los sacrificios que se requieran, sigamos orando, y según el lenguaje bíblico, «oremos siempre,» «oremos sin cesar» y «continuemos en la oración.» Tes. 5:17; Col_4:2, Estos versículos nos enseñan, en segundo lugar, que Dios tiene en la tierra un pueblo escogido sobre el cual ejerce una providencia especial. Nuestro Señor dice que «Dios defenderá a sus escogidos que claman a él día y noche.» Dicho pueblo es un pueblo que ora. Sin duda hay muchos que oran por costumbre o porque son hipócritas; más quien no ore no puede pertenecer al número de los escogidos de Dios.

La elección, que es una de las verdades mas profundas de la Biblia, debe despertar en los cristianos sentimientos de pura gratitud. Si Dios no los hubiera escogido y llamado, no se habrían allegado a su trono. Si no los hubiera elegido por su voluntad, prescindiendo de sus méritos, nada habría habido en ellos que los hiciera dignos de ser escogidos. Acaso las personas irreligiosas se burlen de dicha doctrina. Tal vez el falso cristiano se valga de ella para cometer crímenes y «convierta así la gracia de Dios en disolución.» Pero el creyente que conoce su propio corazón dará siempre gracias a Dios por haberlo predestinado, y confesará que sin la predestinación no puede haber salvación.

Pero ¿qué señales indicarán al cristiano si ha sido elegido? Las Escrituras dicen cuales son. La predestinación va acompañada de la fe en Jesucristo y la obediencia a su santa voluntad. Rom_8:29-30. No fue sino cuando vio la fe activa, la paciente esperanza y las obras de misericordia de los Tesalonicenses que S. Pablo conoció que habían sido elegidos de Dios. Sobre todo hay una distinción que nuestro Señor menciona en el pasaje de que venimos tratando: los escogidos de Dios «claman a él día y noche,» es decir, oran.

Estos versículos nos enseñan por último, que la verdadera fe será muy escasa al fin del mundo. Nuestro Señor manifestó esto por medio de la siguiente pregunta solemne: «empero, el Hijo del hombre, cuando viniere, ¿hallará fe en la tierra?.

Esta pregunta demuestra que es una insensatez pensar que todos los hombres son buenos, y que aunque difieran en algunas materias, son puros de corazón y se van derecho al cielo. ¿De qué sirve cerrar los ojos ante lo que sucede en derredor nuestro? ¿En dónde se encuentra la verdadera fe? ¿Cuántas personas de las que conocemos creen en lo que la Biblia contiene? ¿Cuántos hay que den a conocer por su modo de vivir, por su conducta, que creen que Cristo murió por sus pecados, y que hay un juicio, un cielo y un infierno? Estas son preguntas serias y penosas, poro que merecen atención.

¿Tenemos fe? Si la tenemos, démosle por ello gracias a Dios Acaso seamos débiles, frágiles, expuestos al error y al pecado, ¿mas creemos? He aquí una pregunta de la más alta importancia. Si creemos, seremos salvos. Pero el que no cree no verá la vida y morirá en sus pecados. Joh_3:36; Joh_8:24.

Lucas 18:9-14

La parábola que queda trascrita está estrechamente enlazada con la que le precede. La parábola de la viuda nos enseña a perseverar en la oración: la parábola del fariseo y el publicano nos enseña qué especie de oraciones debemos hacer. Con la primera se nos exhorta a orar y no desalentarnos: con la segunda se nos indica cómo hemos de orar. Sobre ambas debe meditar a menudo todo cristiano verdadero.

Notemos, en primer lugar, contra qué pecado es que nos previene el Señor en estos versículos. No es difícil de determinar.

San Lucas nos refiere de una manera explícita que él dijo esta parábola a «unos que confiaban en sí como justos y menospreciaban a los otros.» El pecado contra el cual habló nuestro Señor fue, pues, el de la confianza en nuestra propia justicia, o sea la creencia de que nuestros méritos son suficientes para granjearnos el favor del cielo.

Todos estamos inclinados por naturaleza a creernos justos. Falta es esta de que adolecemos todos los hijos de Adán.

Desde el más noble hasta el más humilde, todos nos creemos mejores de lo que en realidad somos. En nuestro interior nos halagamos con la idea de que no somos tan malos como otros, y que hay algo en nosotros que nos hace dignos de las bendiciones de Dios. «Muchos hombres pregonan cada cual el bien que han hecho.» Pro_20:6. Y olvidamos lo que dicen las Escrituras: «Todos ofendemos en muchas cosas.» «No hay hombre justo sobre la tierra, que haga bien, y nunca peque.» «¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y que se justifique el nacido de mujer?» Jam_3:2; Ecles. 7:10; Job_15:14.

El mejor remedio que el hombre puede emplear contra este pecado es el conocimiento de sí mismo. Si el Espíritu ilumina nuestro entendimiento y nos hace ver tales como somos, es bien seguro que dejaremos de hacer alarde de nuestra bondad.

Si examinamos nuestro corazón y estudiamos la ley de Dios, no volveremos jamás a jactarnos, mas antes bien, exclamaremos como el leproso: «¡Inmundo!, ¡Inmundo!» Lev_13:45.

Notemos, en seguida, qué oración condenó nuestro Señor. Refiéresenos que el fariseo dijo: «Dios, te hago gracias que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros; ni aun como esta publicano. Ayuno dos veces en la semana: doy diezmos de todo lo que poseo..

Esta oración tiene un defecto, defecto tan patente que hasta un niño podría notarle, es a saber: que no es la expresión de un alma oprimida por el pecado y por el dolor. No contiene ni confesión, ni petición, ni reconocimiento de culpa alguna, ni deseo de obtener gracia y misericordia. No es sino la manifestación jactanciosa de méritos imaginarios. No expresa ni contrición, ni humildad, ni amor hacia el prójimo. En una palabra, no merece el nombre de oración.

La condición espiritual del fariseo era peligrosa en verdad, Cuando la parálisis se apodera del cuerpo, este queda en un estado bien triste; cuando el hombre no reconoce sus pecados, está en gran riesgo de perderse. El que quiera evitar tamaña calamidad es preciso que deje de compararse con sus semejantes. Todos somos imperfectos e indignos a los ojos de Dios. «Si quisiéremos contender con él, no le podremos responder a una cosa de mil..

Notemos, en tercer lugar, qué oración alabó Jesús. Esa oración era totalmente distinta de la del fariseo. Se nos dice que el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo; mas hería su pecho, diciendo: «Dios ten misericordia de mí pecador.» Nuestro Señor expresó explícitamente su opinión a favor de esta oración. He aquí las palabras que salieron de sus divinos labios: «Os digo que este descendió a su casa justificado más bien que el otro..

La oración del publicano llena cinco requisitos importantes. Primero el de contener una petición: una oración que consiste solo en acción de gracias es radicalmente deficiente–puede sentar bien en los labios de un ángel más no en los de un pecador. Segundo, el de ser individual y directa: el publicano no mencionó a su prójimo, sino a sí mismo. La vaguedad e indeterminación son faltas que afean la religión de muchos hombres. Cuando en lugar de decir «nosotros» y «nuestro» se dice «yo» y «mí» se ha dado un gran paso hacia adelante. Tercero, el de ser humilde: el publicano confesó claramente que era pecador. He aquí el A, B, C, del Cristianismo. No es sino cuando confesamos que somos malos, que podemos llegar a ser buenos. Cuarto, el de implorar misericordia ante todas cosas, y manifestar fe en la gracia de Dios. Gracia y misericordia, he aquí lo que hemos de pedir diariamente. Quinto, y último, el de emanar del corazón. El publicano se sintió profundamente conmovido al elevar sus ruegos: se daba golpes de pecho, lo cual indicaba que estaba agitado por emociones que no y humillado. Meditemos mucho sobre estas cosas.

Notemos, por último, cuánto alaba nuestro Señor la humildad en estos versículos. He aquí sus palabras: «Cualquiera que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado..

El principio que estas palabras expresan se encuentra a cada paso en las Escrituras, y debiera, por tanto, estar profundamente grabado en nuestra memoria. Tres veces distintas y en distintas ocasiones pronunció nuestro Señor las palabras citadas. Quiso que tuviésemos siempre en cuenta que la humildad es una de las primeras virtudes que deben caracterizar al cristiano. Abrahán, Jacob, Moisés, David, Job, Isaías y Daniel la poseyeron en alto grado.

No podemos terminar este pasaje sin reconocer cuánto consuelo ofrece a todos los que se sienten apesarados por sus pecados, e imploran a Dios misericordia por amor de Cristo. ¿Son sus pecados muchos y muy negros? ¿Les parece que sus oraciones son incoherentes, mal expresadas y faltas de fervor? Que recuerden al publicano y cobren ánimo.

Lucas 18:15-17

Observemos primeramente que, por lo común, se ignora de qué manera se ha de tratar a los niños en materias religiosas.

Se nos refiere que «traían niños a Jesús para que los tocase, lo cual viéndolo sus discípulos, les reñían.» Sin duda ellos creían que, al paso que importunaban a su Maestro, no se lograría nada bueno, pues los niños no podrían recibir beneficio alguno. Mas el Señor los amonestó con las siguientes palabras solemnes: «Dejad los niños venir a mí, y no los impidáis..

Y no es solo a los discípulos que se pueden atribuir errores de esta clase. Muy singulares son las ideas que prevalecen en el seno de las diversas sectas cristianas, en lo que respecta al cuidado de las almas de los niños.

Tanto en el pasaje de que tratamos como en otros muchos, se nos da a entender claramente que Cristo cuida de las almas de los niños tanto como de las de los adultos. Los niños se hallan en capacidad de recibir la gracia divina. Naciendo como nacen en el pecado, no pueden salvarse sin dicha gracia; pero ni la Biblia ni la experiencia enseña cosa alguna de la cual podamos inferir que no pueden recibir el Espíritu Santo, y ser justificados desde su más tierna infancia. La mente del niño no es ajena a las ideas religiosas. La prontitud con que recibe las verdades del Evangelio, es un hecho que conocen bien todos los que han tomado alguna parte en la educación religiosa de la infancia. Por último, los niños pueden salvarse tierna que sea la edad a que mueran.

Este asunto merece ser objeto de maduras reflexiones. Es difícil de suyo y ha dado margen a gran variedad de opiniones.

Pero en todo caso de duda, bueno será que acudamos al pasaje citado.

Notemos, además, la aserción terminante que nuestro Señor hace respecto de los infantes. El dice: «De tales es el reino de Dios..

Cierto es que existen diversas opiniones acerca del significado de estas palabras. Que no quieren decir que los niños nacen libres de todo pecado lo prueban abundantemente otros pasajes de la Escritura. Sirva de ejemplo el siguiente: «Lo que es nacido de la carne, carne es.» Joh_3:6. Es probable que dichas palabras entrañen varias lecciones.

1. Todos los hijos de Dios han de procurar vivir cómo los niños que se acercaron a Jesús. Los niños presentan un ejemplo digno de imitación por su fe sencilla y la confianza que tienen en los demás; por su inocencia y desinterés; por su humildad, mansedumbre y candor. Feliz el que puede allegarse a Cristo y a la Biblia a la manera de un niño.

2. Con niños deben engrosarse constantemente las filas de la iglesia de Dios. Formarán una parte considerable de los moradores del cielo. Existen buenas razones para confiar en que se salven. «Cuando el pecado abundó, superabundó la gracia.» El número de los que mueren antes de tener uso de razón, es grande sobre manera; y por lo tanto, bien podemos suponer que en el reino de los justos habrá gran número de niños.

No dudemos, pues, de que los niños formarán una fracción importante de la iglesia de Dios, una fracción que el Gran Jefe no quiere que quede en abandono. Señalémosles desde su más temprana edad el sendero de la virtud, y hagamos penetrar en su corazón la semilla de la Palabra Divina, bien seguros de que algún día germinará, crecerá y producirá opimos frutos.

Estemos persuadidos de que ellos piensan, sienten y reflexionan más de lo que a primera vista parece ; y que el Espíritu Santo obra con tanta eficacia en ellos como en la gente de edad más avanzada. Más, ante todo, intercedamos por ellos con Jesús, y pidámosle que los acoja bajo su protección y amparo.

Lucas 18:18-27

Tres veces se narra en los evangelios la incidencia que acabamos de transcribir. Mateo, Marcos y Lucas fueron inspirados por el Espíritu Santo para referirla. Este es un hecho que merece especial atención, pues demuestra la importancia del suceso. Cuando Dios quiso enseñar a Pedro cual era su deber para con los gentiles, le presentó una visión que se repitió tres veces. Actos 10:16.

Estos versículos nos dan a conocer, en primer lugar, hasta qué punto arrastra la ignorancia a algunos hombres. Se nos dice que un príncipe preguntó a nuestro Señor: «¿Qué haré para poseer la vida eterna?» Jesús conocía a fondo el corazón de su interlocutor, y le dio la respuesta más adecuada para sacar a luz sus verdaderos sentimientos. Le trajo a la memoria los diez mandamientos, y le enumeró los principales preceptos de la segunda tabla de la ley. Al punto se dejó ver la ceguedad espiritual del príncipe. «Todas estas cosas,» dijo él, « he guardado desde mi juventud.» Una respuesta que revele más ignorancia es imposible concebir. El que la dio tenia, evidentemente, conocimiento muy escaso de sí mismo, de Dios y de la ley.

Y ¿es este, por ventura, un suceso aislado, único en su clase? ¿Hemos de suponer que no existen hoy personas que se parezcan a ese príncipe? Mucho nos tememos que hay millares de hombres en las congregaciones cristianas que no tienen ni la idea más remota de la naturaleza espiritual de la ley de Dios, y que, por consiguiente, no reconocen su propia culpabilidad. Es que ignoran que Dios exige pureza de corazón, y que podemos quebrantar los mandamientos de pensamiento, aunque en nuestras acciones externas nos conformemos a ellos. Psa_51:6; Mat_5:21-28. Despojarnos de semejante error es uno de los actos indispensables para nuestra salvación. Es preciso que el Espíritu Santo ilumine nuestro entendimiento; y que aprendamos a conocernos a nosotros mismos. Ninguno de los que hayan recibido la luz del Divino Espíritu dirá jamás que ha guardado todos los mandamientos desde su juventud. Bien al contrario, exclamará como Pablo: «La ley es espiritual; mas yo soy carnal.» «Yo sé que en mí no mora cosa buena.» Rom_7:14 y 18.

Estos versículos nos enseñan, en segundo lugar, cuan perjudicial al alma es un pecado dominante. Los deseos del príncipe eran buenos y lícitos. Lo que el quería era vida eterna. a primera vista parece que no había por qué no enseñarle el sendero de la salvación y contarlo luego en el número de los discípulos. Más, por desgracia, había algo que él amaba más que la vida eterna: ese algo era el dinero. Cuando Cristo lo invitó a que abandonase todo lo que poseía sobre la tierra, y a que buscase un tesoro en el cielo, no tuvo fe suficiente para obedecer. El amor al dinero era su pecado dominante.

Tropiezos de esta naturaleza son harto comunes en la iglesia cristiana. Pocos son los ministros del Evangelio que no conozcan algunas personas que se hallan en el mismo caso que el mencionado príncipe. Muchos hay que están prontos a abandonarlo todo por amor de Cristo, salvo algún pecado predilecto, y a causa de ese pecado se pierden por toda una eternidad. Cuando Juan Bautista habló en presencia de Herodes, este le oyó con gusto, y puso en práctica muchos de los preceptos que recibió; pero hubo algo que rehusó hacer: no quiso separarse de Herodías. Eso le costó a Herodes el alma.

Necesario es que nos consagremos a Dios sin reserva alguna si queremos que nos bendiga. Preciso es que nos sintamos día a día puestos a abandonar cualquiera cosa, por querida que nos sea, si obstruye el camino que ha de conducirnos a la salvación. Debemos estar prontos a cortarnos la mano derecha y a sacarnos un ojo, si fuere necesario; a hacer, en suma, cualquier sacrificio y romper cualquier ídolo. Se trata de la vida, sí, de la vida eterna, una sola abertura es suficiente para echar a pique un navío de grandes dimensiones; y un pecado dominante, asido con obstinación, es suficiente para hacer cerrar a un alma las puertas del cielo. El amor al dinero, anidado secretamente en el corazón, es suficiente para precipitar en el infierno a un hombre que, en otros particulares, haya seguido una conducta intachable.

Estos versículos nos enseñan, en tercer lugar, cuan difícil es que un rico se salve. Nuestro Señor nos enseña esto por medio de la solemne observación que hizo aludiendo al príncipe: «Cuan dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas -Porque más fácil cosa es entrar un camello por el ojo de una aguja que un rico entrar en el reino de Dios..

De esta verdad se encuentran ejemplos a cada paso. Pero ya se hallan juntas la gracia divina y las riquezas. «No muchos poderosos, no muchos nobles son llamados.» 1Co_1:26. Por una parte las riquezas inclinan al que las posee al orgullo, la obstinación, la molicie y el amor al mundo. Por otra, rara vez se habla a los ricos con debida franqueza, mas, antes bien, se les agasaja y adula. «Los que aman al rico son muchos.» Pro_14:20. Pocas personas se atreven a decirle la verdad sin rodeos ni arribajes. Se le encomian en demasía buenas cualidades; y se le doran, atenúan y disimulan sus malas cualidades. De donde resulta que, en tanto que su corazón está repleto de las cosas de este mundo, tiene los ojos de tal manera anublados que no puede percibir sus propias faltas.

Guardémonos de envidiar a los ricos y de codiciar sus riquezas. No sabemos qué nos sucedería si nuestros deseos fuesen cumplidos. El dinero, que es objeto de tantos desvelos; el dinero, que es el ídolo de tanta gente; el dinero decimos presenta una valla insalvable entre millares de personas y el cielo «Los que quieren ser ricos caen en tentación y en lazo.» Feliz el que puede decir de todo corazón en sus oraciones: «No me des pobreza ni riquezas» Feliz el que está contento de lo presente. 1Ti_6:9; Pro_30:8; Heb_13:5.

Estos versículos nos enseñan, por último, cuan poderosa es la gracia de Dios. Se advierte esta verdad en las palabras que nuestro Señor dirigió a los que oyeron su observación relativamente a los ricos. Le preguntaron: «¿Y quién podrá ser salvo?» La respuesta de nuestro Señor es bien satisfactoria: «Lo que es imposible acerca de (ó para con) los hombres, posible es acerca de (ó para con) Dios.» Mediante la gracia divina el hombre puede servir a Dios en cualesquiera circunstancias.

La palabra de Dios contiene muchos ejemplos que aclaran esta doctrina. Abrahán, David, Ezequías, Josafat, Josías y Daniel fueron todos hombres ricos. Sin embargo, todos ellos sirvieron a Dios y obtuvieron la salvación. La gracia divina les fue suficiente, y lograron vencer todas las tentaciones que los acechaban. Su Señor todavía vive, y lo que por ellos hizo, puede hacerlo por otros. El puede en cualquier tiempo poner a los hombres acaudalados en capacidad de seguir a Cristo.

No vayamos, pues, a suponer que nuestras circunstancias puedan impedirnos obtener la salvación. Nada importa en dónde vivamos siempre que nuestra ocupación sea honrada. Nada importa a cuanto monte nuestra renta, o sí estamos llenos de riquezas u oprimidos de miseria. Es de la gracia divina, y no de nuestra posición, que depende nuestra salvación-. El dinero no puede impedir nuestra entrada en el cielo si de corazón amamos y obedecemos a Dios. Con la ayuda de Cristo obtendremos la victoria. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» Phi_4:13.

Lucas 18:28-34

Notemos primeramente, en estos versículos, que promesa tan halagüeña y tan satisfactoria hace nuestro Señor a todos los creyentes que hacen sacrificios por amor suyo. «Nadie hay,» dice, « que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho mas en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna..

Esta promesa es bien particular. No se refiere al galardón que en el otro mundo obtendrá el creyente, a la corona inmarcesible de gloria. Se refiere a la vida presente.

La expresión «mucho más» no debe entenderse en sentido literal; significa que los beneficios que el creyente obtendrá del Señor Jesucristo, serán más que equivalentes a todo lo que haya abandonado. Sentirá tanta paz, tanta esperanza, tanto gozo, tanto consuelo, tanto sosiego en la comunión con el Padre y con el Hijo, que lo que haya perdido quedará más que compensado con lo que gane. En una palabra, nuestro Señor Jesucristo será para el más precioso que sus bienes, sus parientes o sus amigos. La historia comprueba que, en todos tiempos, los justos han visto cumplida esta promesa.

Centenares de hombres podrían decir en todos los siglos de la iglesia si sus pérdidas no fueron más que compensadas con la gracia de Cristo. «Han gozado de paz, confiando en Jesús.» Isa_26:3. Han podido gloriarse en las tribulaciones y hallar contentamiento en las flaquezas, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por amor de Cristo. Rom_5:3; 2Co_12:10. Y en las épocas más calamitosas han podido alegrarse con gozo inefable y lleno de gloria; y han tenido por honra el padecer afrentas por el nombre de Jesús. Los amigos muchas veces resultan desleales; los ofrecimientos dé los reyes no siempre son cumplidos; y las riquezas desaparecen como el humo, mas Cristo jamás deja burladas nuestras esperanzas.

Acojamos esta verdad con entusiasmo. No nos desalentemos ante los obstáculos que obstruyan nuestro paso. Lo que los creyentes necesitamos es fe práctica y constante en las palabras de Cristo. La fuente de agua viva está siempre a nuestro alcance, durante nuestra peregrinación en el desierto de este mundo; y sin embargo, por falta de fe, muchas veces sucede que no la vemos y que nos desmayamos en el camino. Gen_21:19.

Notemos, en seguida, la predicción clara y terminante que nuestro Señor hizo respecto de su muerte. Dijo a los discípulos cómo seria entregado a los gentiles, y escarnecido, e injuriado y escupido.

La frecuencia con que nuestro Señor predijo su muerte es una prueba bastante concluyente de la importancia de dicho acontecimiento. Bien sabía que ese era el objeto principal de su venida al mundo; que iba a dar Su vida en rescate de muchos; que iba a ofrecer Su alma en propiciación de nuestros pecados, y a sobrellevar en un madero el peso de nuestras culpas. Procuremos formarnos una idea adecuada de un hecho de tan gran trascendencia Que siempre que pensemos en Jesús meditemos en su crucifixión. La base de toda verdad relativa a Jesucristo es esta: que siendo aún pecadores, El murió por nosotros.

Cristo manifestó su amor hacia los pecadores en su sincero y firme propósito de morir por ellos. Desde sus más tiernos años sabía que iba a ser crucificado. En cuanto a lo que ocurrió durante su pasión, lo había previsto todo, hasta los más minuciosos detalles. El había apurado el acíbar de una angustiosa expectativa. Y sin embargo jamás se desvió ni un paso de la senda que se había trazado. Estaba angustiado hasta que todo fuera cumplido. Luk_12:50. Nosotros no alcanzamos a conocer tan grande amor: es indecible, inescrutable. En él podemos confiar sin temor, pues si Jesús nos amó de tal manera, antes de que le hubiésemos entregado el corazón, es bien seguro que después que hayamos creído, no dejará de amarnos.

La serenidad que conservó nuestro Señor Jesucristo, a vista de su muerte, debiera servir de ejemplo a toda la cristiandad a semejanza suya bebamos sin murmurar el amargo cáliz que nuestro Padre celestial nos presente, y digamos: «No se haga mi voluntad, mas la tuya.» Quien confíe en nuestro Señor Jesucristo no tiene por qué temer al sepulcro. «El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la ley; mas a Dios gracias, que nos dio la victoria por nuestro Señor Jesucristo.» 1Co_15:57 y 58.

Notemos, finalmente, cuán difícil era para los apóstoles entender todo lo relativo a la muerte de Cristo. Cuando nuestro Señor predijo sus padecimientos, «ellos nada de estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta; y no entendían lo que se decía..

Pasajes como estos se leen con cierta mezcla de lástima y de sorpresa. Nos admiramos de la ignorancia y ceguedad de estos hombres. Nos maravillamos que a vista de anuncios tan explícitos y de tipos tan claros como los de la ley de Moisés, viesen la gloria de Jesús, pero no sus sufrimientos; su corona, pero no su cruz.

Pero ¿no es un hecho que la muerte expiatoria de Cristo ha sido siempre motivo de ofensa para la orgullosa naturaleza humana? ¿Se ignora acaso que, aun el día de hoy, después de que Cristo ha resucitado de entre los muertos y ascendido a la gloria, la historia de la cruz es para muchos una insensatez, y que se rechaza por gran número de personas la doctrina de la sustitución de Cristo? En vez de sorprendernos de que estos discípulos no comprendieron la predicción que acerca de su muerte hizo nuestro Señor, haríamos bien en dirigir los ojos en torno nuestro. Pena sentiríamos al ver que millares de hombres, que se llaman cristianos, no saben que significa la muerte de Cristo.

Estemos alerta, pues atravesamos una época en que abundan por todas partes falsas doctrinas respecto de la muerte del Redentor. Recordemos que Cristo crucificado es realmente el cimiento sobre el cual estriban todas nuestras esperanzas, y que su muerte expiatoria ha dado vida a nuestras almas. No pretendamos agregar cosa alguna al sacrificio del Calvario, como lo hacen los católicos romanos. Su valor era infinito. Nada puede aumentarlo. Digamos como S. Pablo: « Lejos esté de mí el gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.» Gal_6:14.

Lucas 18:35-43

El milagro referido en estos versículos es sobre manera instructivo: fue uno de los muchos hechos maravillosos que demostraron al mundo que Jesús había sido enviado por el Padre. Pero lo que es todavía, más, en él se revelan ciertas verdades espirituales que merecen atenta consideración.

Percibimos en este pasaje, en primer lugar, cuan importante es emplear diligentemente perseguir la consecución de un objeto con los medios que se hayan puesto a nuestro alcance. Se nos habla de cierto ciego que estaba sentado junto al camino mendigando. En vez de permanecer en su casa en la inacción, habla buscado el paraje donde su desdicha llamase más la atención pública; y la narración que tenemos a la vista demuestra que obró discretamente. Estando cerca del camino oyó decir qué Jesús pasaba, e inmediatamente imploró su misericordia en alta voz. No perdamos de vista esta verdad: que si ese desgraciado no se hubiera sentado entonces junto al camino, habría tal vez permanecido ciego hasta la hora de su muerte.

Quienquiera que desee obtener la salvación hará bien en traer a la memoria la conducta de este ciego, y emplear con empeño y constancia todos los medios de gracia. Bien hará en sentarse junto al camino, es decir, donde quiera que se lea la palabra y se predique el Evangelio y se congregue el pueblo de Dios. Esperar qué la gracia divina penetre en nuestros corazones, aunque todos los domingos permanezcamos en nuestras habitaciones sin hacer nada, y sin ir a los lugares en que se celebra el culto, es presunción y no fe, cierto es que Dios ha dicho: «Tendré misericordia del que tendré misericordia.» Más también es cierto que, por lo regular, Dios se apiada de los que emplean los medios ordinarios que ha establecido. Es cierto que algunas veces los que no buscan a Cristo le hallan; pero también es cierto que los que lo buscan de veras siempre le hallan. El que profana el domingo, descuida la lectura de la Biblia y rehúsa orar, está por tales actos desdeñando la misericordia y labrando la perdición de su alma. De tales personas no puede decirse con verdad, que se sientan junto al camino.

En este pasaje podemos ver, también, un ejemplo que pone en claro nuestro deber acerca de la oración. Se nos refiere que cuando el ciego supo que Jesús pasaba dio voces diciendo: « Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí.» También se nos refiere que cuando algunos lo reñían para que callase, él clamaba mucho más. Sintiendo como sentía el peso de su aflicción, no le faltaron palabras con que expresar sus deseos, y la censura de personas para quienes los sufrimientos de un ciego eran desconocidos, no fueron parte a hacerlo callar. Clamaba porque sufría, y su perseverancia fue premiada: ese mismo día recibió la vista.

Ahora bien, lo que el ciego hizo para obtener alivio de sus padecimientos corporales, es lo que nosotros debemos hacer para lograr la paz de nuestras almas. Nuestra necesidad es mucho más apremiante. El dominio del pecado es una desgracia más grande que la falta de la vista. Los labios que pueden expresar las necesidades del cuerpo pueden sin duda expresar las del alma. Empecemos a orar si jamás hemos orado. Oremos con más sinceridad y fervor si desde tiempo atrás hemos orado. Jesús, hijo de David, no está lejos de nosotros y puede todavía oír nuestra voz. Imploremos su misericordia y no dejemos que nada acalle nuestro clamor.

Este pasaje nos presenta, además, un ejemplo consolador de la bondad y compasión de Cristo. Se nos dice que cuando el ciego continuaba su ruego, nuestro Señor se detuvo y mandó que se lo trajesen. El iba a Jerusalén a morir; asuntos de grande importancia le ocupaban la mente; y, no obstante, se dignó detenerse para dirigir palabras de ternura a un desdichado. Le preguntó lo que quería, y él contestó ansiosamente: «Señor, que vea.» Jesús le dijo al punto: «Ve, tu fe te ha hecho salvo.» Acaso esa fe era pequeña y estaba mezclada con muchos errores; pero había impelido al hombre a dirigirse a Jesús y a seguir gritando a despecho de las amonestaciones que se le hacían. Y, como acudió con fe, nuestro Señor no lo rechazó.

Pasajes como este se encuentran en el Evangelio para consuelo de todos los que se sienten apesarados por sus pecados.

Acaso tales personas reconozcan al acercarse a Jesús que son muy culpables. Más ¿vienen a Cristo de todo corazón, cargados de sus pecados? ¿Piensan de veras en dejar de confiar en vanos remedios para encomendar sus almas en manos de Jesús? Si así fuere, no tienen por qué temer. Jesús ha dicho: «Al que a mí viene no le echo fuera..

Finalmente, en este pasaje se nos enseña por medio de un ejemplo, cómo debe comportarse el que ha recibido bendiciones de manos de Cristo. Cuando el ciego recibió la vista siguió a Jesús glorificando a Dios. Se sentía profundamente agradecido, y se propuso dar a conocer su gratitud haciéndose discípulo de nuestro Señor. Bien que los fariseos pensasen mal de nuestro Señor y los Saduceos hiciesen irrisión de su doctrina: nada de esto pudo detenerlo. Por experiencia sabía quien era Jesús, y podía decir con verdad: « Habiendo yo sido ciego, ahora veo..

El amor acompañado de gratitud es la fuente de donde mana la obediencia del cristiano. Para que un hombre tome la cruz, y confiese a Jesús ante el mundo y se consagre a su servicio, es necesario que reconozca que a él le debe el perdón, la paz y la esperanza de que goza.

Antes de dar fin a este pasaje escudriñemos nuestros corazones. Si deseamos saber si somos cristianos examinemos nuestra vida, ¿Cuáles son nuestras aspiraciones y nuestros propósitos? El hombre que realmente ha consagrado su corazón a Jesús se conoce por la tendencia dominante de su vida.

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