Lucas 18: Incansables en la oración

En este pasaje podemos ver, también, un ejemplo que pone en claro nuestro deber acerca de la oración. Se nos refiere que cuando el ciego supo que Jesús pasaba dio voces diciendo: « Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí.» También se nos refiere que cuando algunos lo reñían para que callase, él clamaba mucho más. Sintiendo como sentía el peso de su aflicción, no le faltaron palabras con que expresar sus deseos, y la censura de personas para quienes los sufrimientos de un ciego eran desconocidos, no fueron parte a hacerlo callar. Clamaba porque sufría, y su perseverancia fue premiada: ese mismo día recibió la vista.

Ahora bien, lo que el ciego hizo para obtener alivio de sus padecimientos corporales, es lo que nosotros debemos hacer para lograr la paz de nuestras almas. Nuestra necesidad es mucho más apremiante. El dominio del pecado es una desgracia más grande que la falta de la vista. Los labios que pueden expresar las necesidades del cuerpo pueden sin duda expresar las del alma. Empecemos a orar si jamás hemos orado. Oremos con más sinceridad y fervor si desde tiempo atrás hemos orado. Jesús, hijo de David, no está lejos de nosotros y puede todavía oír nuestra voz. Imploremos su misericordia y no dejemos que nada acalle nuestro clamor.

Este pasaje nos presenta, además, un ejemplo consolador de la bondad y compasión de Cristo. Se nos dice que cuando el ciego continuaba su ruego, nuestro Señor se detuvo y mandó que se lo trajesen. El iba a Jerusalén a morir; asuntos de grande importancia le ocupaban la mente; y, no obstante, se dignó detenerse para dirigir palabras de ternura a un desdichado. Le preguntó lo que quería, y él contestó ansiosamente: «Señor, que vea.» Jesús le dijo al punto: «Ve, tu fe te ha hecho salvo.» Acaso esa fe era pequeña y estaba mezclada con muchos errores; pero había impelido al hombre a dirigirse a Jesús y a seguir gritando a despecho de las amonestaciones que se le hacían. Y, como acudió con fe, nuestro Señor no lo rechazó.

Pasajes como este se encuentran en el Evangelio para consuelo de todos los que se sienten apesarados por sus pecados.

Acaso tales personas reconozcan al acercarse a Jesús que son muy culpables. Más ¿vienen a Cristo de todo corazón, cargados de sus pecados? ¿Piensan de veras en dejar de confiar en vanos remedios para encomendar sus almas en manos de Jesús? Si así fuere, no tienen por qué temer. Jesús ha dicho: «Al que a mí viene no le echo fuera..

Finalmente, en este pasaje se nos enseña por medio de un ejemplo, cómo debe comportarse el que ha recibido bendiciones de manos de Cristo. Cuando el ciego recibió la vista siguió a Jesús glorificando a Dios. Se sentía profundamente agradecido, y se propuso dar a conocer su gratitud haciéndose discípulo de nuestro Señor. Bien que los fariseos pensasen mal de nuestro Señor y los Saduceos hiciesen irrisión de su doctrina: nada de esto pudo detenerlo. Por experiencia sabía quien era Jesús, y podía decir con verdad: « Habiendo yo sido ciego, ahora veo..

El amor acompañado de gratitud es la fuente de donde mana la obediencia del cristiano. Para que un hombre tome la cruz, y confiese a Jesús ante el mundo y se consagre a su servicio, es necesario que reconozca que a él le debe el perdón, la paz y la esperanza de que goza.

Antes de dar fin a este pasaje escudriñemos nuestros corazones. Si deseamos saber si somos cristianos examinemos nuestra vida, ¿Cuáles son nuestras aspiraciones y nuestros propósitos? El hombre que realmente ha consagrado su corazón a Jesús se conoce por la tendencia dominante de su vida.

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