Lucas 18: Incansables en la oración

La frecuencia con que nuestro Señor predijo su muerte es una prueba bastante concluyente de la importancia de dicho acontecimiento. Bien sabía que ese era el objeto principal de su venida al mundo; que iba a dar Su vida en rescate de muchos; que iba a ofrecer Su alma en propiciación de nuestros pecados, y a sobrellevar en un madero el peso de nuestras culpas. Procuremos formarnos una idea adecuada de un hecho de tan gran trascendencia Que siempre que pensemos en Jesús meditemos en su crucifixión. La base de toda verdad relativa a Jesucristo es esta: que siendo aún pecadores, El murió por nosotros.

Cristo manifestó su amor hacia los pecadores en su sincero y firme propósito de morir por ellos. Desde sus más tiernos años sabía que iba a ser crucificado. En cuanto a lo que ocurrió durante su pasión, lo había previsto todo, hasta los más minuciosos detalles. El había apurado el acíbar de una angustiosa expectativa. Y sin embargo jamás se desvió ni un paso de la senda que se había trazado. Estaba angustiado hasta que todo fuera cumplido. Luk_12:50. Nosotros no alcanzamos a conocer tan grande amor: es indecible, inescrutable. En él podemos confiar sin temor, pues si Jesús nos amó de tal manera, antes de que le hubiésemos entregado el corazón, es bien seguro que después que hayamos creído, no dejará de amarnos.

La serenidad que conservó nuestro Señor Jesucristo, a vista de su muerte, debiera servir de ejemplo a toda la cristiandad a semejanza suya bebamos sin murmurar el amargo cáliz que nuestro Padre celestial nos presente, y digamos: «No se haga mi voluntad, mas la tuya.» Quien confíe en nuestro Señor Jesucristo no tiene por qué temer al sepulcro. «El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la ley; mas a Dios gracias, que nos dio la victoria por nuestro Señor Jesucristo.» 1Co_15:57 y 58.

Notemos, finalmente, cuán difícil era para los apóstoles entender todo lo relativo a la muerte de Cristo. Cuando nuestro Señor predijo sus padecimientos, «ellos nada de estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta; y no entendían lo que se decía..

Pasajes como estos se leen con cierta mezcla de lástima y de sorpresa. Nos admiramos de la ignorancia y ceguedad de estos hombres. Nos maravillamos que a vista de anuncios tan explícitos y de tipos tan claros como los de la ley de Moisés, viesen la gloria de Jesús, pero no sus sufrimientos; su corona, pero no su cruz.

Pero ¿no es un hecho que la muerte expiatoria de Cristo ha sido siempre motivo de ofensa para la orgullosa naturaleza humana? ¿Se ignora acaso que, aun el día de hoy, después de que Cristo ha resucitado de entre los muertos y ascendido a la gloria, la historia de la cruz es para muchos una insensatez, y que se rechaza por gran número de personas la doctrina de la sustitución de Cristo? En vez de sorprendernos de que estos discípulos no comprendieron la predicción que acerca de su muerte hizo nuestro Señor, haríamos bien en dirigir los ojos en torno nuestro. Pena sentiríamos al ver que millares de hombres, que se llaman cristianos, no saben que significa la muerte de Cristo.

Estemos alerta, pues atravesamos una época en que abundan por todas partes falsas doctrinas respecto de la muerte del Redentor. Recordemos que Cristo crucificado es realmente el cimiento sobre el cual estriban todas nuestras esperanzas, y que su muerte expiatoria ha dado vida a nuestras almas. No pretendamos agregar cosa alguna al sacrificio del Calvario, como lo hacen los católicos romanos. Su valor era infinito. Nada puede aumentarlo. Digamos como S. Pablo: « Lejos esté de mí el gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.» Gal_6:14.

Lucas 18:35-43

El milagro referido en estos versículos es sobre manera instructivo: fue uno de los muchos hechos maravillosos que demostraron al mundo que Jesús había sido enviado por el Padre. Pero lo que es todavía, más, en él se revelan ciertas verdades espirituales que merecen atenta consideración.

Percibimos en este pasaje, en primer lugar, cuan importante es emplear diligentemente perseguir la consecución de un objeto con los medios que se hayan puesto a nuestro alcance. Se nos habla de cierto ciego que estaba sentado junto al camino mendigando. En vez de permanecer en su casa en la inacción, habla buscado el paraje donde su desdicha llamase más la atención pública; y la narración que tenemos a la vista demuestra que obró discretamente. Estando cerca del camino oyó decir qué Jesús pasaba, e inmediatamente imploró su misericordia en alta voz. No perdamos de vista esta verdad: que si ese desgraciado no se hubiera sentado entonces junto al camino, habría tal vez permanecido ciego hasta la hora de su muerte.

Quienquiera que desee obtener la salvación hará bien en traer a la memoria la conducta de este ciego, y emplear con empeño y constancia todos los medios de gracia. Bien hará en sentarse junto al camino, es decir, donde quiera que se lea la palabra y se predique el Evangelio y se congregue el pueblo de Dios. Esperar qué la gracia divina penetre en nuestros corazones, aunque todos los domingos permanezcamos en nuestras habitaciones sin hacer nada, y sin ir a los lugares en que se celebra el culto, es presunción y no fe, cierto es que Dios ha dicho: «Tendré misericordia del que tendré misericordia.» Más también es cierto que, por lo regular, Dios se apiada de los que emplean los medios ordinarios que ha establecido. Es cierto que algunas veces los que no buscan a Cristo le hallan; pero también es cierto que los que lo buscan de veras siempre le hallan. El que profana el domingo, descuida la lectura de la Biblia y rehúsa orar, está por tales actos desdeñando la misericordia y labrando la perdición de su alma. De tales personas no puede decirse con verdad, que se sientan junto al camino.

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