Lucas 18: Incansables en la oración

2. Con niños deben engrosarse constantemente las filas de la iglesia de Dios. Formarán una parte considerable de los moradores del cielo. Existen buenas razones para confiar en que se salven. «Cuando el pecado abundó, superabundó la gracia.» El número de los que mueren antes de tener uso de razón, es grande sobre manera; y por lo tanto, bien podemos suponer que en el reino de los justos habrá gran número de niños.

No dudemos, pues, de que los niños formarán una fracción importante de la iglesia de Dios, una fracción que el Gran Jefe no quiere que quede en abandono. Señalémosles desde su más temprana edad el sendero de la virtud, y hagamos penetrar en su corazón la semilla de la Palabra Divina, bien seguros de que algún día germinará, crecerá y producirá opimos frutos.

Estemos persuadidos de que ellos piensan, sienten y reflexionan más de lo que a primera vista parece ; y que el Espíritu Santo obra con tanta eficacia en ellos como en la gente de edad más avanzada. Más, ante todo, intercedamos por ellos con Jesús, y pidámosle que los acoja bajo su protección y amparo.

Lucas 18:18-27

Tres veces se narra en los evangelios la incidencia que acabamos de transcribir. Mateo, Marcos y Lucas fueron inspirados por el Espíritu Santo para referirla. Este es un hecho que merece especial atención, pues demuestra la importancia del suceso. Cuando Dios quiso enseñar a Pedro cual era su deber para con los gentiles, le presentó una visión que se repitió tres veces. Actos 10:16.

Estos versículos nos dan a conocer, en primer lugar, hasta qué punto arrastra la ignorancia a algunos hombres. Se nos dice que un príncipe preguntó a nuestro Señor: «¿Qué haré para poseer la vida eterna?» Jesús conocía a fondo el corazón de su interlocutor, y le dio la respuesta más adecuada para sacar a luz sus verdaderos sentimientos. Le trajo a la memoria los diez mandamientos, y le enumeró los principales preceptos de la segunda tabla de la ley. Al punto se dejó ver la ceguedad espiritual del príncipe. «Todas estas cosas,» dijo él, « he guardado desde mi juventud.» Una respuesta que revele más ignorancia es imposible concebir. El que la dio tenia, evidentemente, conocimiento muy escaso de sí mismo, de Dios y de la ley.

Y ¿es este, por ventura, un suceso aislado, único en su clase? ¿Hemos de suponer que no existen hoy personas que se parezcan a ese príncipe? Mucho nos tememos que hay millares de hombres en las congregaciones cristianas que no tienen ni la idea más remota de la naturaleza espiritual de la ley de Dios, y que, por consiguiente, no reconocen su propia culpabilidad. Es que ignoran que Dios exige pureza de corazón, y que podemos quebrantar los mandamientos de pensamiento, aunque en nuestras acciones externas nos conformemos a ellos. Psa_51:6; Mat_5:21-28. Despojarnos de semejante error es uno de los actos indispensables para nuestra salvación. Es preciso que el Espíritu Santo ilumine nuestro entendimiento; y que aprendamos a conocernos a nosotros mismos. Ninguno de los que hayan recibido la luz del Divino Espíritu dirá jamás que ha guardado todos los mandamientos desde su juventud. Bien al contrario, exclamará como Pablo: «La ley es espiritual; mas yo soy carnal.» «Yo sé que en mí no mora cosa buena.» Rom_7:14 y 18.

Estos versículos nos enseñan, en segundo lugar, cuan perjudicial al alma es un pecado dominante. Los deseos del príncipe eran buenos y lícitos. Lo que el quería era vida eterna. a primera vista parece que no había por qué no enseñarle el sendero de la salvación y contarlo luego en el número de los discípulos. Más, por desgracia, había algo que él amaba más que la vida eterna: ese algo era el dinero. Cuando Cristo lo invitó a que abandonase todo lo que poseía sobre la tierra, y a que buscase un tesoro en el cielo, no tuvo fe suficiente para obedecer. El amor al dinero era su pecado dominante.

Tropiezos de esta naturaleza son harto comunes en la iglesia cristiana. Pocos son los ministros del Evangelio que no conozcan algunas personas que se hallan en el mismo caso que el mencionado príncipe. Muchos hay que están prontos a abandonarlo todo por amor de Cristo, salvo algún pecado predilecto, y a causa de ese pecado se pierden por toda una eternidad. Cuando Juan Bautista habló en presencia de Herodes, este le oyó con gusto, y puso en práctica muchos de los preceptos que recibió; pero hubo algo que rehusó hacer: no quiso separarse de Herodías. Eso le costó a Herodes el alma.

Necesario es que nos consagremos a Dios sin reserva alguna si queremos que nos bendiga. Preciso es que nos sintamos día a día puestos a abandonar cualquiera cosa, por querida que nos sea, si obstruye el camino que ha de conducirnos a la salvación. Debemos estar prontos a cortarnos la mano derecha y a sacarnos un ojo, si fuere necesario; a hacer, en suma, cualquier sacrificio y romper cualquier ídolo. Se trata de la vida, sí, de la vida eterna, una sola abertura es suficiente para echar a pique un navío de grandes dimensiones; y un pecado dominante, asido con obstinación, es suficiente para hacer cerrar a un alma las puertas del cielo. El amor al dinero, anidado secretamente en el corazón, es suficiente para precipitar en el infierno a un hombre que, en otros particulares, haya seguido una conducta intachable.

Estos versículos nos enseñan, en tercer lugar, cuan difícil es que un rico se salve. Nuestro Señor nos enseña esto por medio de la solemne observación que hizo aludiendo al príncipe: «Cuan dificultosamente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas -Porque más fácil cosa es entrar un camello por el ojo de una aguja que un rico entrar en el reino de Dios..

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