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Lucas 18: Incansables en la oración

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Jesús les contó otra parábola sobre la necesidad de ser constantes en la oración y no desanimarse:

-En cierta ciudad había un juez que no tenía temor de Dios ni respetaba a nadie. Y en aquella ciudad vivía una viuda que iba a ver al juez con frecuencia para pedirle que le hiciera justicia en un pleito que tenía con uno que le hacía la vida imposible. El juez no le hizo caso durante bastante tiempo; pero llegó un momento en que se dijo para sus adentros: « Es verdad que yo no tengo temor de Dios ni respeto a nadie; pero esta viuda no deja de fastidiarme, de modo que le haré justicia, no sea que acabe por hacerme polvo del todo»-. Y el Señor insistió-: ¡Fijaos lo que acabó por decir aquel juez tan malvado! ¿Y creéis que Dios no les hará justicia a sus amigos que se lo piden día y noche? ¿Creéis que le dará largas al asunto? ¡Os aseguro que se dará prisa a hacerles justicia! Pero, cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿quedará algo de fe en la Tierra?

Esta parábola tiene dos personajes:

(i) El juez, que parece no haber sido un juez judío. Todas los pleitos judíos ordinarios se llevaban a los ancianos, y no a los tribunales públicos. Según la ley judía, si se llevaba una causa a litigio, un solo hombre no constituía un tribunal. Había siempre tres Jueces: uno por cada una de las partes, y otro independiente.

Este juez parece haber sido uno de los magistrados pagados nombrados por Herodes o los Romanos, y que eran ellos mismos un caso; a menos que el demandante tuviera influencia o dinero para sobornar al juez, no podía esperar que se decidiera su pleito. Se decía que estos Jueces pervertían la justicia «por un plato de lentejas» Hasta se hacían chistes con su nombre, que era dayyané-guezerot, que quería decir Jueces de faltas, y lo cambiaban por dayyané-guezelot, que quería decir «Juecesbandidos».

(ii) La viuda era el símbolo de todos los pobres y marginados. Estaba claro que, como no tenía recursos de ninguna clase, no podía esperar que tal juez le hiciera justicia. Pero tenía un arma: la insistencia. Es posible que lo que el juez temiera fuera la violencia física. La palabra que hemos traducido como « no sea que acabe por hacerme polvo del todo» puede querer decir « me ponga un ojo morado». Se le podía cerrar el ojo a un juez así de dos maneras: o sobornándole, o pegándole un puñetazo. El caso es que la insistencia consiguió su objeto.

Esta parábola se parece a la del Amigo Importuno (Luk_11:5-10 ). No compara a Dios con un juez injusto, sino le contrasta con tal persona. Jesús está diciendo: « Si al fin y al cabo se puede hacer que un juez rapaz e injusto le haga justicia a una viuda por cansancio, ¡cuánto más Dios, que es un Padre amante, les dará a sus hijos lo que necesitan!

Eso es verdad, pero no tenemos por qué suponer que vamos a obtener siempre lo que pidamos. A menudo un padre tiene que negarse a darle a su hijo lo que le pide, especialmente cuando sabe que aquello le va a hacer más mal que bien. Así es Dios.

Nosotros no sabemos lo que nos reserva el futuro; sólo Dios lo sabe, y por tanto sólo Dios sabe si aquello va a ser para nuestro bien ala larga. Por eso Jesús nos dice que no tenemos que desanimarnos en la oración, y por eso dijo que no sabía si quedaría fe en la Tierra cuando El viniera otra vez. No nos cansaremos nunca de orar, y nunca nos faltará la fe si, una vez que le hemos hecho a Dios nuestras oraciones y peticiones, añadimos la perfecta oración: «¡Hágase tu voluntad!»

EL PECADO DEL ORGULLO

Lucas 18:9-14

También les dijo Jesús una parábola a los que presumían de buenos y despreciaban a los demás:

-Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo se puso en pie, y empezó a orar de una manera que más parecía que estaba hablando consigo mismo que con Dios: «¡Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, injustos, adúlteros, y menos como ese publicano! Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano, etc., etc.» Pero el publicano se puso al final de todo, y no se atrevía ni a levantar la vista, sino que se daba sinceros golpes de pecho y decía: «Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.» Os aseguro -siguió diciendo Jesús- que el publicano se fue a su casa en paz con Dios más que el fariseo; y es que, el que se chulea con Dios se hunde hasta lo más bajo; pero al que es humilde, Dios le tiende la mano y le levanta.

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