Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

Durante siglos, los líderes religiosos judíos fueron agregando reglas a la Ley de Dios. Por ejemplo, la Ley de Dios decía que el sábado era día de reposo (Exo_20:10-11). Pero los líderes religiosos agregaron a ese mandamiento uno que decía: «No sanarás en el día de reposo» porque eso es «trabajo». Siete veces Jesús curó personas en sábado. Al hacerlo, desafiaba a aquellos líderes religiosos a mirar bajo sus reglas lo que debían ser sus verdaderos propósitos: honrar a Dios mediante la ayuda al necesitado. ¿Hubiera agradado a Dios si Jesús no hubiera ayudado a aquella gente necesitada?

Lucas 13:1-5

El asesinato de los galileos a que alude el primer versículo de este pasaje, es un acontecimiento sobre el cual no sabemos nada de cierto. Relativamente a las razones que tuvieran algunas de los oyentes de nuestro Señor para hacer alusión a él, solo podemos formar conjeturas. Más, sea de esto lo que fuere, Jesús se valió de esta oportunidad para hablar a los circunstantes respecto de sus almas. Como lo hacía de costumbre, se refirió al acontecimiento y aplicándolo a lo que se proponía enseñar, mandó a sus interlocutores que examinasen su corazón y pensasen en que estado estaban sus relaciones con Dios. Es como si les hubiera dicho: «¿Qué os va en que esos galileos murieran asesinados? Considerad vuestros hechos. A menos que os arrepintáis, todos vosotros pereceréis también..

Notemos primeramente en estos versículos como estamos mucho más dispuestos a hablar de la muerte de los demás, que de la nuestra.

La muerte de los galileos fue, sin duda, asunto general de conversación en Jerusalén, y en toda la Judea. Ya podemos imaginarnos que todos sus pormenores y circunstancias fueron repetidos por millares de hombres que no pensaban en el fin de su propia existencia. Lo mismo sucede hoy día: un asesinato, una muerte repentina, un naufragio, un accidente de ferrocarril, se apoderan de los ánimos de toda una población, y están en boca de todos los que encontramos de día en día. Y sin embargo, a esas mismas personas les disgusta hablar de su propia muerte y de la suerte que les espera más allá del sepulcro. Tal es la naturaleza humana en todos los siglos. En lo que toca a religión, todos están dispuestos a hablar de los demás más bien que de sí mismos.

El estado de nuestras propias almas debiera ser lo que primero ocupara nuestra atención. Con sobra de razón se ha dicho que la verdadera religión empieza siempre por el «Yo.» El hombre convertido piensa primero, en todo caso, en su propio corazón, en su propia vida, en sus propios merecimientos, en sus propios pecados. ¿Llega a sus oídos la noticia de una muerte repentina? El se dice para sí: «¿Habría estado yo preparado para tal evento?» ¿Le refieren algún crimen horroroso? Se pregunta: «¿Han sido perdonados mis pecados, y me he arrepentido de mis culpas?» ¿Sabe que algunos hombres irreligiosos están cometiendo toda clase de pecados? Se interroga: «¿Quién me ha hecho diferir de ellos?»»¿Qué sino la gracia de Dios ha podido librarme de seguir las mismas sendas?» Aspiremos a pensar siempre de este modo. Tomemos interés en todo lo que acaezca en torno de nosotros; tengamos piedad y compasión de todos los que son víctimas de la violencia o de una muerte repentina; más no olvidemos hacer un examen de conciencia y fijar en la memoria las lecciones que nos enseñe la experiencia de los demás.

Observemos, además, en estos versículos de que manera tan explícita nuestro Señor proclama la necesidad universal del arrepentimiento. Dos veces dice con ahínco: «Antes si no os arrepintiereis todos pereceréis así..

La verdad que estas palabras expresan, es uno de los principios fundamentales del cristianismo. «Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gracia de Dios.» Todos nosotros hemos nacido en el pecado, y en nuestro estado natural no podemos agradar a Dios. Dos cosas son absolutamente indispensables para la salvación de cada uno de nosotros: el arrepentimiento y la fe en el Evangelio. Sin arrepentimiento delante de Dios y sin fe en nuestro Señor Jesucristo, ninguno puede ser salvo.

En las Sagradas Escrituras se nos explica de una manera clara e inequívoca la naturaleza del verdadero arrepentimiento. Empieza por la percepción del pecado; crea en seguida pesar por las culpas cometidas; y después impele al penitente a confesarlas ante Dios. El cambio de vida y el odio al pecado dan a conocer a los demás hombres que realmente ha habido arrepentimiento; más la fe viva en nuestro Señor Jesucristo es su más importante distintivo.

Que el arrepentimiento es necesario para la salvación, ninguno que escudriñe las escrituras y medite sobre el asunto podrá dudarlo. Sin arrepentimiento no puede haber perdón de los pecados. Toda persona que ha sido perdonada ha sido también penitente. De los que han sido lavados en la sangre del Redentor no ha habido uno que no haya percibido sus pecados sentido pesar por ellos. Sin el arrepentimiento no estaremos jamás en aptitud de entrar en el cielo. No podríamos ser felices si llegáramos al reino de la Gloria con un corazón que amara aún el pecado, pues no sentiríamos júbilo en la sociedad de los santos y de los ángeles, y nuestro ánimo no se encontraría en estado de gozar una eternidad de pureza. Que estas verdades se graben profundamente en nuestro corazón. Si hemos de salvarnos, preciso es que nos sintamos arrepentidos y que tengamos fe.

Terminemos este tema haciéndonos esta solemne pregunta «¿Hemos arrepentido?» Vivimos en un país cristiano; pertenecemos a una iglesia cristiana; tenemos ceremonias y culto cristianos; y con nuestros oídos hemos oído hablar del arrepentimiento centenares de veces; más ¿nos hemos arrepentido? ¿Percibimos realmente cuan grande es nuestra propia culpabilidad? ¿Sentémonos contritos por nuestros pecados? ¿Hemos confesado a Dios nuestras culpas e implorado perdón ante el trono de la gracia? ¿Hemos cesado de hacer mal y abandonado nuestras malas costumbres? ¿Aborrecemos de todo corazón todo lo que sea contrario a los preceptos de Dios? Estas son cuestiones serias y merecen grave consideración. El asunto de que tratamos no es insignificante. En él se nos va nada menos que la vida, la vida eterna. Si morimos impenitentes y sin que nuestro corazón haya sido renovado, sería mejor que nunca hubiéramos nacido.

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