Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

(i) Jesús declaró que la entrada en el Reino no es automática, sino el resultado y la recompensa de la lucha. «Vosotros haced el máximo esfuerzo para entrar», les dijo. En el original griego se usa aquí la palabra de la que deriva la castellana agonía. El esfuerzo que hay que hacer para entrar debe ser tan intenso que bien se puede describir como una agonía de alma y espíritu.

Corremos un cierto riesgo. Es fácil creer que, una vez que nos hemos entregado a Jesucristo, ya estamos dentro y nos podemos sentar tranquilamente como si hubiéramos llegado a la meta. No hay tal en la vida cristiana. Si uno no está avanzando continuamente es que está retrocediendo.

La vida cristiana es como una escalada en la que vamos siguiendo senderos hacia una cima que no se alcanza en este mundo. De dos nobles escaladores que murieron en el Everest se dijo: «La última vez que se vieron iban hacia la cima.» En la tumba de un guía alpino que murió en una ladera se inscribió: «Murió escalando.» Para el cristiano la vida es un constante ir hacia adelante y hacia arriba.

(ii) En lo que confiaban esas personas se vio en su respuesta: «¡Pero si hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas!» Hay algunos que creen que basta con haber vivido en una civilización cristiana. Se consideran diferentes de los paganos ciegos e ignorantes. Pero la persona que vive en una llamada civilización cristiana no es cristiana por eso. Sin duda disfruta de muchas de sus ventajas; está beneficiándose de un capital que otros han acumulado; pero no hay razón para conformarse, sino más bien para aceptar el desafío: «¿Qué has hecho tú para iniciar todo esto? ¿Qué has hecho para conservarlo y desarrollarlo?» No podemos vivir de una bondad prestada.

(iii) Habrá sorpresas en el Reino de Dios. Los que ocupan puestos importantes en este mundo puede que no tengan mucha importancia en el siguiente; y otros en los que nadie se fija aquí, puede que sean los príncipes en el mundo venidero. Se cuenta de una señora que estaba acostumbrada a muchos lujos y a que la trataran con respeto. Se murió y, cuando llegó al Cielo, vino un ángel para guiarla a su casa. Pasaron por delante de muchos palacios estupendos, y la mujer esperaba que cualquiera de ellos fuera el suyo. Salieron de la calle principal del Cielo y recorrieron las afueras, donde las casas eran mucho más modestas; y por último llegaron a una que no era mucho más que una chabola. « Esa es tu casa», le dijo el ángel guía. «¿Qué? -protestó la mujer-. ¡Esa no puede ser mi casa!» «Lo siento -le dijo el ángel=, pero eso es todo lo que pudimos construirte con los materiales que nos mandaste desde abajo.»

La posición en el Cielo no es como en la Tierra. Los primeros de la Tierra resultarán los últimos, y los últimos de aquí serán los primeros en el Cielo.

VALOR Y TERNURA

Lucas 13:31-35

Aquel mismo día vinieron unos fariseos a decirle: -¡Sal huyendo de aquí, que Herodes te quiere matar!

-Id a decirle a ese zorro de mi parte -les respondió Jesús-: Toma nota de que estoy echando a los demonios y curando a los enfermos hoy y mañana, hasta que acabe mi labor pasado mañana. Así es que hoy y mañana y pasado tengo que seguir adelante, porque un profeta no puede morir fuera de Jerusalén. ¡Ay, Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los enviados de Dios! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como reúne la gallina a sus polluelos debajo de las alas, pero tú no me dejaste! Daos cuenta de que vuestra morada se va a quedar desierta. Os aseguro que ya no me veréis más hasta que llegue el momento en que digáis: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Este es uno de los pasajes más interesantes del evangelio de Lucas por lo que nos permite saber del trasfondo de la vida de Jesús.

(i) A primera vista parece que nos da información sorprendente acerca de algunos fariseos que no eran hostiles a Jesús. Aquí aparecen unos que le advierten del peligro y le aconsejan que se ponga a salvo. Es verdad que los evangelios nos dan una imagen unilateral de los fariseos. Los mismos judíos sabían que había buenos y malos fariseos. Los dividían en siete categorías:

(a) Los fariseos del hombro. Llevaban sus buenas obras al hombro y las hacían para que los vieran.

(b) Los fariseos de espera-un-poco. Siempre podían encontrar una razón para dejar una buena acción para mañana.

(c) Los fariseos con cardenales. Ningún rabino judío debía dejarse ver hablando con una mujer en la calle, aunque fuera su mujer, o su madre, o su hermana. Pero algunos fariseos llegaban más lejos: ni siquiera miraban a una mujer en la calle, y hasta andaban con los ojos cerrados para no verlas. Así es que se iban dando trompazos con las esquinas, y luego exhibían los cardenales como señales de piedad extraordinaria.

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