Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

Esta es una ilustración que Jesús tomó de su propio hogar. En aquellos días el pan se cocía en las casas. La levadura no era más que un pellizco de la masa anterior que había acabado de fermentar. La levadura simbolizaba para los judíos una influencia mala, porque identificaban la fermentación con la putrefacción. Jesús habría visto a su madre María meter un poco de levadura en la masa, y que toda la masa cambiaba de aspecto. «Así -dijo- es como viene mi Reino.»

Esta parábola se puede interpretar de dos maneras. Según la primera, se obtienen las siguientes enseñanzas:

(i) El Reino del Cielo surge de unos principios muy pequeños. El trozo de levadura era muy pequeño, pero cambió el carácter de toda la masa. Sabemos que una persona puede ser un foco de problemas o de paz en una junta o en un departamento. El Reino del Cielo empieza con las vidas dedicadas de hombres y mujeres individuales. Donde vivimos o trabajamos puede que seamos los únicos cristianos practicantes. En ese caso, nuestra misión es ser la levadura del Reino allí.

(ii) El Reino del Cielo no se ve cómo obra. No vemos cómo obra la levadura, pero está realizando su labor de una manera continua. El Reino está en camino. Todo el que sepa un poco de Historia se dará cuenta. Séneca, el más alto pensador latino, llegó a decir: «Ahorcamos a un perro peligroso; matamos a un toro acorneador; le metemos el cuchillo a las reses enfermas para que no contagien a todo el rebaño; a los niños que nacen débiles o deformes, los ahogamos.» En el año 60 d C. eso era corriente. Ya no seguimos esas normas, porque el Reino sigue avanzando lenta pero imparablemente.

(iii) El Reino del Cielo obra de dentro afuera. Mientras la levadura estaba fuera, de la masa, no podía influir; tenía que estar dentro. Nunca podremos cambiar a nadie desde fuera. Las casas, las condiciones y las cosas materiales nuevas no cambian más que la superficie. La misión del Evangelio es hacer nuevas a las personas. Cuando aparecen nuevas criaturas el mundo no puede por menos de cambiar. Por eso es por lo que la Iglesia es la institución más importante del mundo: porque es la fábrica donde se producen los hombres nuevos.

(iv) El poder del Reino viene de fuera. La masa no tiene poder para cambiarse. Ni nosotros tampoco. Lo hemos intentado y hemos fracasado. Para cambiar la vida necesitamos un poder fuera y más allá de nosotros. Necesitamos al Autor de la Vida, que está siempre dispuesto a darnos el secreto de la vida victoriosa.

La segunda interpretación de esta parábola señala el hecho de que, lejos de ser algo imperceptible, la acción de la levadura está a la vista, porque la masa se pone como a hervir y a burbujear. Según esto, la levadura representa el poder disturbador del Evangelio. En Tesalónica se decía de los cristianos: «¡Ya están aquí estos que están poniendo el mundo patas arriba!» (Act_17:6 ). La verdadera religión no es una droga que nos desmarca de la realidad y nos adormece para que aceptemos los males contra los que hay que luchar. El Evangelio es lo más revolucionario del mundo. Produce una revolución en la vida individual y en la sociedad. Unamuno decía: «Y Dios no te dé paz, y sí gloria.» El Reino del Cielo es la levadura que nos llena al mismo tiempo de la paz de Dios y de un descontento divino que no tendrá reposo hasta que los males de la Tierra sean barridos por el poder revolucionario y transformador del Evangelio.

EL RIESGO DE QUEDARSE FUERA

Lucas 13:22-30

De camino hacia Jerusalén Jesús iba pasando por pueblos y aldeas en los que aprovechaba para enseñar. Uno le dijo -unía vez:

-Señor, ¿son muy pocos los que se van a salvar?

-Vosotros haced el máximo esfuerzo para entrar, aunque sea por la puerta trasera -les dijo Jesús-. Porque os aseguro que muchos van a querer estar dentro, y no lo van a conseguir. Una vez que el Cabeza de familia se haya levantado a cerrar la puerta de la casa, aunque empecéis a llamar desde fuera y a suplicarle: «¡Señor, Señor, ábrenos!», Él os contestará: «¡Yo no sé de dónde sois vosotros!» A lo mejor entonces os ponéis a decir: «¡Pero si hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas!» Pero os dirá: «¡Os repito que no sé de dónde habéis salido! ¡Largo de aquí todos vosotros, que no sois más que mala gente!» Allí todo será llorar y rechinar los dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios, y os veáis excluidos. Porque llegarán otros de Oriente, de Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios; pero, fijaos bien lo que os digo: hay quienes parecen los últimos, y van a estar los primeros; y quienes se creen con más derecho que nadie, y van a estar al final de todo.

Cuando ese hizo la pregunta, es probable que diera por sentado que el Reino de Dios era para los judíos, y que los gentiles se quedarían fuera. La respuesta de Jesús le habrá dejado alucinado.

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