Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

Por entonces estaban allí unos que le contaron a Jesús la matanza que había ordenado Pilato de ciertos galileos, cuya sangre se mezcló con la de los sacrificios que habían ido a ofrecer. Jesús les dijo:

-¿Creéis que a esos galileos les pasó todo aquello porque eran más pecadores que el resto de los galileos? Pues Yo os digo que no. Más aún: os advierto que si no cambiáis de vida, todos vais a sucumbir lo mismo que ellos. ¿O creéis que la torre de Siloé les cayó encima a aquellos dieciocho, y los mató, porque habían acumulado más culpas que todos los demás habitantes de Jerusalén? Pues Yo os digo que no; y os lo advierto: si no cambiáis de vida, todos vais a sucumbir exactamente igual.

Aquí se hace referencia a dos desastres de los que no tenemos otra información, así es que no podemos más que hacer conjeturas.

En primer lugar, el asunto de los galileos a los que asesinó Pilato en medio de sus sacrificios. Como ya hemos visto, los galileos eran bastante propensos a meterse en líos políticos, porque se inflamaban fácilmente. Por aquel tiempo Pilato había tenido serios problemas. Había decidido que Jerusalén necesitaba renovar y mejorar su provisión de agua. Propuso financiar la construcción con parte del dinero del templo. Era una buena causa, y el gasto estaba más que justificado. Pero ante la mera sugerencia de que se usara el dinero del templo, los judíos se rebelaron. Cuando empezaron a reunirse multitudes, Pilato ordenó a sus soldados que se mezclaran con la gente llevando mantos por encima de su uniforme militar para disimularlo. Se les dijo que llevaran porras en vez de espadas. A la señal convenida tenían que caer sobre la multitud y dispersarla. Así se hizo; pero los soldados aplicaron más violencia de la convenida y conveniente, y murió bastante gente. Es casi seguro que habría galileos mezclados en el asunto. Sabemos que Pilato y Herodes estaban enemistados, y sólo se reconciliaron cuando Pilato le mandó a Jesús a Herodes para que le juzgara (Luk_23:6-12 ). Puede que fuera este incidente de aquí el que produjo la enemistad.

En cuanto a los dieciocho que murieron cuando se les cayó encima la torre de Siloé, todavía sabemos menos. La versión Reina-Valera les aplica la palabra culpables, y la palabra original quiere decir literalmente deudores, que, como era corriente en hebreo y aparece en la Oración Dominical, quería decir lo mismo. Pero es posible que ahí esté la clave. Se ha sugerido que eran hombres que habían aceptado trabajar para Pilato en aquel odiado acueducto; y en ese caso, el dinero que ganaban pertenecía a Dios y había que devolvérselo, porque se le había robado; y puede que se hubiera corrido la voz entre la gente de que se les había caído encima la torre porque se habían prestado a hacer un trabajo que Dios no aprobaba.

Pero hay más que un problema histórico en este pasaje. Los judíos consideraban que el pecado y el sufrimiento estaban inseparablemente unidos. Hacía mucho, Elifaz le había dicho a Job: «Recapacita ahora: ¿qué inocente se ha perdido jamás?» (Job_4:7 ). Esa era una doctrina demoledora y cruel, como Job sabía muy bien; y Jesús la negó rotundamente en el plano individual. Como todos sabemos muy bien, son a menudo los más buenos los que tienen que sufrir más.

Pero Jesús siguió diciendo que, si los que le estaban escuchando no se arrepentían, también perecerían. ¿Qué quería decir? Una cosa está fuera de toda duda, y es que Jesús previó y predijo la destrucción de Jerusalén, que sucedió el año 70 d C. (cp. Luk_21:21-24 ). Jesús sabía muy bien que si los judíos seguían con sus intrigas, revoluciones, conspiraciones y ambiciones políticas, sencillamente iban a cometer un suicidio nacional; Jesús sabía que, a fin de cuentas, Roma iba a intervenir y acabar con la nación; y eso fue lo que sucedió. Así que lo que Jesús quería decir era que si la nación judía seguía buscando un reino terrenal y rechazando el Reino de Dios sólo podía tener un fin.

Si lo tomamos así, nos deja, a primera vista, en una situación paradójica: no podemos decir que el sufrimiento del individuo sea la consecuencia inevitable del pecado, pero sí podemos decir que el pecado y el desastre nacionales están íntimamente relacionados. La nación que escoge el mal camino acabará sufriendo por ello. Pero el caso del individuo es muy diferente. No es una unidad aislada, sino unida con otros en la solidaridad de la vida. A menudo puede que uno objete, hasta enérgicamente, al curso que está tomando su nación; pero, cuando llegan las consecuencias de esa decisión nacional, no puede escapar a ellas. El individuo se ve involucrado a menudo en una situación de la que no es personalmente responsable, y si sufre no es por su culpa; pero la nación es una unidad, y escoge su propia política y cosecha su fruto. Siempre es peligroso atribuir el sufrimiento humano al pecado humano; pero es indudable que la nación que se rebela contra Dios va camino del desastre.

EL EVANGELIO DE LA NUEVA OPORTUNIDAD Y LA AMENAZA DE LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Lucas 13:6-9

Jesús les contó una parábola:

-Érase un hombre que tenía una higuera en medio de la viña; y venía a ver si daba fruto, pero nada. Así es que le dijo al viñador: «Llevo tres años viniendo a recoger el fruto de esta higuera, y no da ni un higo; así que, córtala, porque no hace más que esquilmar la tierra de alrededor.» Pero el viñador le contestó: « Señor, déjala todavía este año, para que yo la cave y abone bien; y si después da fruto, bien; y si no, la cortas.»

Aquí tenemos una parábola que irradia gracia, pero que está preñada de advertencias al mismo tiempo.

(i) La higuera estaba en una situación privilegiada. No era raro ver higueras y otros frutales en las viñas. La buena tierra escaseaba, y había que aprovecharla bien; la higuera de esta historia tenía buenas posibilidades, pero no las aprovechaba. Repetidamente, directa e indirectamente Jesús nos recuerda que se nos va a juzgar por las oportunidades que hayamos tenido. C. E. M. Joad dijo una vez: «Tenemos poderes de dioses, y los usamos como escolares irresponsables.» Nunca ha habido una generación a la que se le confiara más que a la nuestra y, por tanto, será la que tenga que responder de más.

(ii) La parábola nos enseña que la inutilidad invita al desastre. Se ha pretendido que todo el proceso de la evolución en este mundo consiste en producir cosas útiles, y que lo útil irá de fortaleza en fortaleza, mientras que lo inútil será eliminado. La pregunta más inquietante que se nos puede dirigir es: «¿Para qué has servido tú en este mundo?»

(iii) Además, la parábola nos enseña que lo que no hace más que recibir no debe sobrevivir. La higuera estaba chupando la sustancia y esquilmando la tierra a su alrededor, y a cambio no producía nada. Ahí estaba su pecado. En última instancia no hay más que dos clases de personas en el mundo: los que sacan más de lo que aportan, y los que aportan más de lo que sacan.

En cierto sentido, todos estamos en deuda con la vida. Entramos gracias a que alguien arriesga su vida para dárnosla, y no habríamos podido sobrevivir a no ser por el cuidado de los que nos amaban. Hemos heredado una civilización cristiana y una libertad por las que otros dieron la vida. Tenemos la obligación de dejar las cosas mejor que las encontramos.

«Me moriré cuando sea -decía Abraham Lincoln-, pero quiero que se diga de mí que arranqué una ortiga y planté una flor donde pensaba que podía crecer.» Una vez un estudiante estaba viendo bacterias al microscopio; podía ver nacer una generación de seres microscópicos, y luego morir, y otra generación que nacía y tomaba el lugar de la anterior. Veía lo que no había visto nunca: cómo se suceden las generaciones. «Después de lo que he visto dijo-, me comprometo a no ser un eslabón débil.» Para cumplir ese compromiso tenemos que aportar a la vida por lo menos tanto como sacamos de ella.

(iv) La parábola nos presenta el evangelio de la segunda oportunidad. Es normal que la higuera tarde tres años en alcanzar la madurez, y si no da fruto entonces es probable que no lo dé nunca. Pero a esta higuera se le dio otra oportunidad.

Jesús suele darnos oportunidad tras oportunidad. Pedro y Marcos y Pablo nos darían encantados su testimonio. Dios es infinitamente amable con el que cae y se levanta otra vez.

(v) Pero la parábola también deja bien claro que hay una última oportunidad. Si desaprovechamos oportunidad tras oportunidad, si recibimos en vano la llamada y el desafío de Dios, llegará el día, no en que Dios nos cierre la puerta, sino en que nosotros mismos nos la cerremos a fuerza de no querer entrar. ¡Que Dios nos libre de esa condición!

LA MISERICORDIA ES MÁS QUE LA LEY

Lucas 13:10-17

Un sábado estaba Jesús enseñando en una sinagoga, y estaba allí una mujer que llevaba dieciocho años bajo la influencia de un espíritu de enfermedad que la tenía tan encorvada que le era imposible ponerse derecha. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:

-Mujer, ya estás libre de tu enfermedad.

Y puso sus manos sobre ella, y ella se puso derecha en seguida y empezó a dar gloria a Dios.

Pero el presidente de la sinagoga se puso furioso porque Jesús había obrado una curación el día de reposo, y empezó a decirle a la gente:

-Hay seis días de la semana en los que hay que trabajar, y en cualquiera de ellos podéis venir a que se os cure, ¡pero no el sábado!

-¡Farsante! -le cortó Jesús-. ¿Es que todos vosotros no desatáis del pesebre a vuestras vacas o borricos para llevarlos a beber los sábados? Y a esta hija de Abraham, a la que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no se la podía soltar de su atadura hoy porque es sábado ?

Cuando Jesús decía estas cosas, todos sus adversarios se quedaban chafados; pero la gente corriente se lo pasaba muy bien con todas las cosas gloriosas que hacía Jesús.

Esta es la última vez que se nos dice que Jesús estuvo en una sinagoga. Está claro que a estas alturas las autoridades ya le tenían marcado para pillarle en alguna palabra o acción por la que pudieran condenarle. Jesús sanó a una mujer que no había podido ponerse derecha en dieciocho años; y entonces intervino el presidente de la sinagoga. No tuvo valor para decírselo, á Jesús en la cara, sino dirigió sus protestas al público, aunque iban contra Jesús. Jesús había obrado una curación en sábado; técnicamente, eso era hacer un trabajo, así es que había quebrantado el sábado. Pero Él contestó a sus oponentes con los argumentos de estos. Los rabinos denunciaban la crueldad con los animales, y aun en sábado era perfectamente legal soltar a los animales de los establos para llevarlos a beber. Y Jesús les preguntó: « Si se puede desatar a un animal para llevarlo a beber el sábado, Dios ve bien el que se desate a esta pobre mujer de su enfermedad en sábado.»

(i) El presidente de la sinagoga y sus semejantes eran personas que amaban más el sistema que a la gente. Les parecía más importante que se cumplieran sus leyecillas que que se curara a una mujer.

Uno de los grandes problemas de la civilización y del desarrollo es la relación del individuo con el sistema. En tiempo de guerra el individuo no cuenta. Deja de ser una persona para convertirse en un número de un conjunto por edad, trabajo que puede hacer, etc. Se mete en el mismo saco a un grupo de hombres, no como individuos, sino como munición viva; se los designa con una terrible palabra: « prescindibles» . Una persona se convierte en un mero artículo en una estadística.

En el Evangelio, el individuo está por encima del sistema. Se puede decir que sin el Evangelio no puede haber democracia, porque el Evangelio es lo único que garantiza y defiende el valor de la persona individual. Si se llegan a desterrar de la vida política y económica los principios cristianos, no quedará nada que pueda mantener a raya el estado totalitario en el que el individuo se pierde en el sistema y existe, no por sí, sino por y para el sistema.

Lo sorprendente es que el culto del sistema también suele invadir la iglesia. Hay muchos eclesiásticos -sería un error llamarlos cristianos- que están más interesados en métodos de gobierno eclesiástico que en el culto a Dios y el servicio a los hombres. Trágicamente es verdad que la mayor parte de los problemas y conflictos de las iglesias se producen por cuestiones legalistas de procedimiento.

En el mundo y en la iglesia corremos siempre peligro de amar el sistema más que a las personas.

(ii) La intervención de Jesús en este asunto deja suficientemente claro que no es la voluntad de Dios que ningún ser humano sufra ni un momento más de lo que sea absolutamente necesario. La ley judía establecía que era legal el ayudar a alguien el sábado si estaba en peligro de muerte. Si Jesús hubiera pospuesto la curación de aquella mujer hasta el día siguiente, nadie se lo habría criticado; pero para Él no se debe permitir que el sufrimiento continúe hasta mañana si se puede remediar hoy. Una y otra vez se pospone en la vida un buen proyecto hasta que se cumplan ciertos requisitos técnicos o legales. « El que da pronto da dos veces», decía un proverbio latino. No hay razón suficiente para dejar para mañana la ayuda que se puede prestar hoy.

EL IMPERIO DE CRISTO

Lucas 13:18, 19

Así es que Jesús les dijo:

-¿A qué se parece el Reino de Dios, y con qué lo compararía Yo? Es como una semillita de mostaza, que uno coge y la siembra en su huerto, y se pone a crecer y a crecer hasta que se hace tan grande como un árbol, y los pájaros vienen a hacer el nido en sus ramas.

Esta es una ilustración que Jesús usó más de una vez, con diferentes enseñanzas. En Oriente, la mostaza no es una planta de jardín, sino del campo. No se hace tan grande literalmente como un árbol, pero sí llega a alcanzar los dos metros, y un viajero cuenta que vio una de tres metros de altura, debajo de la cual cabía un caballo con su jinete. Es comente ver una nube de pájaros en estos arbustos, porque les encantan las semillitas negras de la mostaza.

LA LEVADURA DEL REINO

Lucas 13:20, 21

Jesús les dijo otra vez:

-¿Con qué compararía Yo el Reino de Dios? Es algo así como la levadura, que coge una mujer y la mete bien dentro entre tres medidas de harina hasta que toda la masa queda fermentada.

Esta es una ilustración que Jesús tomó de su propio hogar. En aquellos días el pan se cocía en las casas. La levadura no era más que un pellizco de la masa anterior que había acabado de fermentar. La levadura simbolizaba para los judíos una influencia mala, porque identificaban la fermentación con la putrefacción. Jesús habría visto a su madre María meter un poco de levadura en la masa, y que toda la masa cambiaba de aspecto. «Así -dijo- es como viene mi Reino.»

Esta parábola se puede interpretar de dos maneras. Según la primera, se obtienen las siguientes enseñanzas:

(i) El Reino del Cielo surge de unos principios muy pequeños. El trozo de levadura era muy pequeño, pero cambió el carácter de toda la masa. Sabemos que una persona puede ser un foco de problemas o de paz en una junta o en un departamento. El Reino del Cielo empieza con las vidas dedicadas de hombres y mujeres individuales. Donde vivimos o trabajamos puede que seamos los únicos cristianos practicantes. En ese caso, nuestra misión es ser la levadura del Reino allí.

(ii) El Reino del Cielo no se ve cómo obra. No vemos cómo obra la levadura, pero está realizando su labor de una manera continua. El Reino está en camino. Todo el que sepa un poco de Historia se dará cuenta. Séneca, el más alto pensador latino, llegó a decir: «Ahorcamos a un perro peligroso; matamos a un toro acorneador; le metemos el cuchillo a las reses enfermas para que no contagien a todo el rebaño; a los niños que nacen débiles o deformes, los ahogamos.» En el año 60 d C. eso era corriente. Ya no seguimos esas normas, porque el Reino sigue avanzando lenta pero imparablemente.

(iii) El Reino del Cielo obra de dentro afuera. Mientras la levadura estaba fuera, de la masa, no podía influir; tenía que estar dentro. Nunca podremos cambiar a nadie desde fuera. Las casas, las condiciones y las cosas materiales nuevas no cambian más que la superficie. La misión del Evangelio es hacer nuevas a las personas. Cuando aparecen nuevas criaturas el mundo no puede por menos de cambiar. Por eso es por lo que la Iglesia es la institución más importante del mundo: porque es la fábrica donde se producen los hombres nuevos.

(iv) El poder del Reino viene de fuera. La masa no tiene poder para cambiarse. Ni nosotros tampoco. Lo hemos intentado y hemos fracasado. Para cambiar la vida necesitamos un poder fuera y más allá de nosotros. Necesitamos al Autor de la Vida, que está siempre dispuesto a darnos el secreto de la vida victoriosa.

La segunda interpretación de esta parábola señala el hecho de que, lejos de ser algo imperceptible, la acción de la levadura está a la vista, porque la masa se pone como a hervir y a burbujear. Según esto, la levadura representa el poder disturbador del Evangelio. En Tesalónica se decía de los cristianos: «¡Ya están aquí estos que están poniendo el mundo patas arriba!» (Act_17:6 ). La verdadera religión no es una droga que nos desmarca de la realidad y nos adormece para que aceptemos los males contra los que hay que luchar. El Evangelio es lo más revolucionario del mundo. Produce una revolución en la vida individual y en la sociedad. Unamuno decía: «Y Dios no te dé paz, y sí gloria.» El Reino del Cielo es la levadura que nos llena al mismo tiempo de la paz de Dios y de un descontento divino que no tendrá reposo hasta que los males de la Tierra sean barridos por el poder revolucionario y transformador del Evangelio.

EL RIESGO DE QUEDARSE FUERA

Lucas 13:22-30

De camino hacia Jerusalén Jesús iba pasando por pueblos y aldeas en los que aprovechaba para enseñar. Uno le dijo -unía vez:

-Señor, ¿son muy pocos los que se van a salvar?

-Vosotros haced el máximo esfuerzo para entrar, aunque sea por la puerta trasera -les dijo Jesús-. Porque os aseguro que muchos van a querer estar dentro, y no lo van a conseguir. Una vez que el Cabeza de familia se haya levantado a cerrar la puerta de la casa, aunque empecéis a llamar desde fuera y a suplicarle: «¡Señor, Señor, ábrenos!», Él os contestará: «¡Yo no sé de dónde sois vosotros!» A lo mejor entonces os ponéis a decir: «¡Pero si hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas!» Pero os dirá: «¡Os repito que no sé de dónde habéis salido! ¡Largo de aquí todos vosotros, que no sois más que mala gente!» Allí todo será llorar y rechinar los dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios, y os veáis excluidos. Porque llegarán otros de Oriente, de Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios; pero, fijaos bien lo que os digo: hay quienes parecen los últimos, y van a estar los primeros; y quienes se creen con más derecho que nadie, y van a estar al final de todo.

Cuando ese hizo la pregunta, es probable que diera por sentado que el Reino de Dios era para los judíos, y que los gentiles se quedarían fuera. La respuesta de Jesús le habrá dejado alucinado.

(i) Jesús declaró que la entrada en el Reino no es automática, sino el resultado y la recompensa de la lucha. «Vosotros haced el máximo esfuerzo para entrar», les dijo. En el original griego se usa aquí la palabra de la que deriva la castellana agonía. El esfuerzo que hay que hacer para entrar debe ser tan intenso que bien se puede describir como una agonía de alma y espíritu.

Corremos un cierto riesgo. Es fácil creer que, una vez que nos hemos entregado a Jesucristo, ya estamos dentro y nos podemos sentar tranquilamente como si hubiéramos llegado a la meta. No hay tal en la vida cristiana. Si uno no está avanzando continuamente es que está retrocediendo.

La vida cristiana es como una escalada en la que vamos siguiendo senderos hacia una cima que no se alcanza en este mundo. De dos nobles escaladores que murieron en el Everest se dijo: «La última vez que se vieron iban hacia la cima.» En la tumba de un guía alpino que murió en una ladera se inscribió: «Murió escalando.» Para el cristiano la vida es un constante ir hacia adelante y hacia arriba.

(ii) En lo que confiaban esas personas se vio en su respuesta: «¡Pero si hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas!» Hay algunos que creen que basta con haber vivido en una civilización cristiana. Se consideran diferentes de los paganos ciegos e ignorantes. Pero la persona que vive en una llamada civilización cristiana no es cristiana por eso. Sin duda disfruta de muchas de sus ventajas; está beneficiándose de un capital que otros han acumulado; pero no hay razón para conformarse, sino más bien para aceptar el desafío: «¿Qué has hecho tú para iniciar todo esto? ¿Qué has hecho para conservarlo y desarrollarlo?» No podemos vivir de una bondad prestada.

(iii) Habrá sorpresas en el Reino de Dios. Los que ocupan puestos importantes en este mundo puede que no tengan mucha importancia en el siguiente; y otros en los que nadie se fija aquí, puede que sean los príncipes en el mundo venidero. Se cuenta de una señora que estaba acostumbrada a muchos lujos y a que la trataran con respeto. Se murió y, cuando llegó al Cielo, vino un ángel para guiarla a su casa. Pasaron por delante de muchos palacios estupendos, y la mujer esperaba que cualquiera de ellos fuera el suyo. Salieron de la calle principal del Cielo y recorrieron las afueras, donde las casas eran mucho más modestas; y por último llegaron a una que no era mucho más que una chabola. « Esa es tu casa», le dijo el ángel guía. «¿Qué? -protestó la mujer-. ¡Esa no puede ser mi casa!» «Lo siento -le dijo el ángel=, pero eso es todo lo que pudimos construirte con los materiales que nos mandaste desde abajo.»

La posición en el Cielo no es como en la Tierra. Los primeros de la Tierra resultarán los últimos, y los últimos de aquí serán los primeros en el Cielo.

VALOR Y TERNURA

Lucas 13:31-35

Aquel mismo día vinieron unos fariseos a decirle: -¡Sal huyendo de aquí, que Herodes te quiere matar!

-Id a decirle a ese zorro de mi parte -les respondió Jesús-: Toma nota de que estoy echando a los demonios y curando a los enfermos hoy y mañana, hasta que acabe mi labor pasado mañana. Así es que hoy y mañana y pasado tengo que seguir adelante, porque un profeta no puede morir fuera de Jerusalén. ¡Ay, Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los enviados de Dios! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como reúne la gallina a sus polluelos debajo de las alas, pero tú no me dejaste! Daos cuenta de que vuestra morada se va a quedar desierta. Os aseguro que ya no me veréis más hasta que llegue el momento en que digáis: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Este es uno de los pasajes más interesantes del evangelio de Lucas por lo que nos permite saber del trasfondo de la vida de Jesús.

(i) A primera vista parece que nos da información sorprendente acerca de algunos fariseos que no eran hostiles a Jesús. Aquí aparecen unos que le advierten del peligro y le aconsejan que se ponga a salvo. Es verdad que los evangelios nos dan una imagen unilateral de los fariseos. Los mismos judíos sabían que había buenos y malos fariseos. Los dividían en siete categorías:

(a) Los fariseos del hombro. Llevaban sus buenas obras al hombro y las hacían para que los vieran.

(b) Los fariseos de espera-un-poco. Siempre podían encontrar una razón para dejar una buena acción para mañana.

(c) Los fariseos con cardenales. Ningún rabino judío debía dejarse ver hablando con una mujer en la calle, aunque fuera su mujer, o su madre, o su hermana. Pero algunos fariseos llegaban más lejos: ni siquiera miraban a una mujer en la calle, y hasta andaban con los ojos cerrados para no verlas. Así es que se iban dando trompazos con las esquinas, y luego exhibían los cardenales como señales de piedad extraordinaria.

(d) Los fariseos de la joroba. Andaban doblados con una falsa y rastrera humildad.

(e) Los fariseos de la contabilidad. Siempre estaban apuntando sus buenas obras, como llevando la cuenta de Debe y Haber con Dios.

(f) Los fariseos tímidos y temerosos. Siempre estaban obsesionados con la ira de Dios. Su religión los perseguía más que los ayudaba.

(g) Los fariseos que amaban a Dios. Seguían el ejemplo de Abraham y vivían la fe y el amor.

Tal vez había seis fariseos malos por cada uno bueno; pero este pasaje nos hace ver que también había fariseos que admiraban y respetaban a Jesús.

(ii) Este pasaje nos muestra a Jesús hablando del rey de Galilea Herodes Antipas, que quería poner fin a su carrera. Para los judíos, el zorro representaba tres cosas: se le consideraba el más astuto de los animales; el más destructivo; el símbolo de la bajeza y de la insignificancia.

Hacía falta valor para llamar zorro al Rey. El reformador inglés Latimer estaba predicando una vez en la Abadía de Westminster, y Enrique VIII estaba presente. En el púlpito, se decía: «¡Latimer, Latimer, Latimer: Cuidado con lo que dices! ¡El Rey de Inglaterra está aquí!» Pero inmediatamente se dijo: «¡Latimer, Latimer, Latimer: Cuidado con lo que dices! ¡El Rey de Reyes está aquí!» Por su fidelidad al Rey de Reyes murió en la hoguera en el reinado de María Estuardo.

Jesús recibía órdenes de Dios, y no estaba dispuesto a abreviar su misión un día para agradar a ningún rey humano.

(iii) El llanto por Jerusalén es de suma importancia, porque es otro de los pasajes que nos hacen ver lo poco que sabemos de la vida de Jesús. Está claro que no habría hablado así si no hubiera ofrecido su amor a Jerusalén más de una vez; pero los primeros tres evangelios no nos hablan de tales visitas. Una vez más comprobamos que los evangelios no nos dan más que un boceto de la vida de Jesús.

Nada duele tanto como ir a alguien para ofrecerle amor y que le reciba a uno con burla y desprecio. No hay mayor tragedia en la vida que darle a alguien el corazón sólo para que se lo destroce a uno. Eso es lo que le sucedió a Jesús con Jerusalén; pero Él sigue viniendo a los hombres, y le siguen rechazando. ¿Qué se puede esperar si se rechaza el amor de Dios, si se desprecia una Salvación tan grande y tan costosa?

Lucas 13:1-35

13.1-5 Quizás Pilato dio muerte a los galileos porque pensó que se rebelaron en contra de Roma; a lo mejor los que murieron al caer la torre de Siloé trabajaban para los romanos en un acueducto. Los fariseos, que se oponían a usar la fuerza para enfrentar a Roma, dirían que los galileos buscaron la muerte por rebelarse. Los zelotes, un grupo revolucionario antirromano, manifestarían que los obreros del acueducto merecían morir por su cooperación. Jesús aclaró que ni los galileos ni los obreros debieran culparse por su calamidad. En cambio, cada cual debiera preocuparse por su día de juicio.

13.5 Cuando una persona muere en un trágico accidente o sobrevive a él milagrosamente, no es una medida disciplinaria. Todos moriremos, es parte de la vida. Pero Jesús ha prometido al que cree en El que no perecerá, sino que tendrá vida eterna (Joh_3:16).

13.6-9 A menudo en el Antiguo Testamento, un árbol con fruto simboliza la vida piadosa (véanse, por ejemplo, Psa_1:3 y Jer_17:7-8). Jesús subrayó lo que le sucedería a la otra clase de árbol, aquel que ocupó tiempo y espacio y no produjo nada para el paciente agricultor.

Esta era una manera de advertir a sus oyentes de que Dios no iba a tolerar para siempre esta infecundidad. Luk_3:9 incluye la versión de Juan el Bautista sobre el mismo tema. ¿Disfruta usted del trato especial de Dios sin dar nada a cambio? Si no, responda a la paciencia del agricultor y prepárese a dar fruto para Dios.

13.10-17 ¿Por qué sanar se consideraba trabajo? Los líderes religiosos lo veían como parte de la profesión de un médico y estaba prohibido practicar la medicina en el día de reposo. El principal de la sinagoga no vio más allá de la Ley a la compasión de Jesús para sanar a esta mujer encorvada. Jesús lo avergonzó junto con los demás líderes al señalar su hipocresía. Podían desatar su ganado y cuidar de él, pero no querían regocijarse cuando se liberaba una vida del poder de Satanás.

13.15, 16 Los fariseos ocultaron tras su juego de leyes evitar las obligaciones del amor. Nosotros también podemos usar la letra de la Ley para evadir nuestra obligación de cuidar a otros (por ejemplo, dar nuestro diezmo con regularidad, pero luego no ayudar a un vecino necesitado). La necesidad de la gente es más importante que las leyes. Dedique tiempo para ayudar a las personas con amor, aunque comprometa su imagen pública.

13.16 En nuestro mundo caído, la enfermedad es común. Sus causas son variadas: nutrición inadecuada, contacto con la fuente de infección, falta de defensas e, incluso, ataque directo de Satanás. Sin importar la causa inmediata de nuestra enfermedad, podemos ubicar su fuente original en el diablo, autor de todo lo malo en nuestro mundo. La buena nueva es que Jesús es más poderoso que cualquier demonio o enfermedad. Muchas veces El nos da sanidad física y cuando vuelva pondrá fin a toda enfermedad, lesión e impedimento físico.

13.18-21 La expectación general en los oyentes de Jesús era que el Mesías vendría como un gran rey y líder para liberarlos de Roma y restaurar la gloria inicial de Israel. Pero Jesús dijo que su reino empezaba sin alborotos, como la pequeña semilla de mostaza que crece y se convierte en un árbol inmenso, o como la levadura que se agrega a la masa para convertirla en pan. El Reino de Dios avanza poco a poco hacia el exterior hasta que todo el mundo se transforme.

13.22 Esta es la segunda vez que Lucas nos recuerda que Jesús intencionalmente iba a Jerusalén (la anterior aparece en 9.51). Aun cuando sabía que estaba en camino hacia la muerte, continuó predicando a grandes multitudes y sanando. La perspectiva de la muerte no varió la misión de Jesús.

13.24, 25 Hallar la salvación requiere más concentración y esfuerzo de lo que muchas personas esperan invertir. Es obvio que no podemos salvarnos solos ni hay manera en que podamos hacer algo en favor de Dios. Debemos esforzarnos en «entrar por la puerta angosta» en un deseo diligente de conocer a Dios y procurar con fervor establecer una relación sin importar el costo. Debemos cuidar de no pasar por alto esta acción porque la puerta no estará abierta para siempre.

13.26, 27 El Reino de Dios no necesariamente lo poblará la gente que esperamos encontrar allí. Muchos líderes religiosos muy respetables que proclaman lealtad a Jesús no estarán allí porque en secreto eran moralmente corruptos.

13.27 La gente deseaba saber quién se salvaría. Jesús explicó que a pesar de que muchos saben algo acerca de Dios, solo algunos han aceptado su perdón. Escuchar sus palabras o admirar sus milagros no es suficiente, es fundamental dar la espalda al pecado y confiar en Dios para recibir su salvación.

13.29 El Reino de Dios incluirá gente de todas partes del mundo. El rechazo de Israel hacia Jesús como el Mesías no detendrá el plan de Dios. El verdadero Israel incluye a todas las personas que creen a Dios. Este es un hecho importante para Lucas al dirigir su mensaje a una audiencia gentil (véanse también Rom_4:16-25; Gal_3:6-9).

13.30 Habrán muchas sorpresas en el Reino de Dios. Algunos que ahora desprecian, se honrarán después; algunos influyentes aquí se quedarán afuera de las puertas del Reino. A muchas personas «sobresalientes» (a los ojos de Dios) de esta tierra, el resto del mundo virtualmente las pasa por alto. Lo que le importa a Dios no es la popularidad terrenal, nivel social, riqueza, herencia ni poder, sino nuestra entrega a Dios. ¿Cómo conjuga sus valores con lo que la Biblia dice que debemos valorar? Ponga a Dios en primer lugar y se unirá a la gente de todo el mundo que estará en la fiesta en el reino de los cielos.

13.31-33 A los fariseos no les interesaba proteger a Jesús de algún peligro. Trataban de atraparlo. Los fariseos urgían a Jesús a que se fuera no porque temían a Herodes, sino porque no querían que se quedara en Jerusalén. Pero ni Herodes ni los fariseos podían determinar la vida, obra y muerte de Jesús. Dios mismo planeó y dirigió la vida de Jesús, y su misión se reveló en el tiempo de Dios y de acuerdo a su plan.

13.33, 34 ¿Por qué Jesús consideró a Jerusalén? Jerusalén, la ciudad de Dios, simbolizaba toda la nación. Era la ciudad más grande de Israel y la capital espiritual y política de la nación. Judíos alrededor del mundo la visitaban a menudo. Pero Jerusalén tenía la fama de rechazar a los profetas que Dios enviaba (1Ki_19:10; 2Ch_24:19; Jer_2:30; Jer_26:20-23) y rechazaría al Mesías como lo hizo con sus antecesores.

SIETE MILAGROS EN EL DIA DE REPOSO

  1. Jesús ordena al demonio que salga de un hombre: Mar_1:21-28
  2. Jesús sana a la suegra de Pedro: Mar_1:29-31
  3. Jesús sana a un paralítico en el pozo de Betesda: Joh_5:1-18
  4. Jesús sana al hombre de la mano seca: Mar_3:1-6
  5. Jesús restaura a una mujer encorvada: Luk_13:10-17
  6. Jesús sana a un hombre hidrópico: Luk_14:1-6
  7. Jesús sana a uno que nació ciego: Joh_9:1-16

Durante siglos, los líderes religiosos judíos fueron agregando reglas a la Ley de Dios. Por ejemplo, la Ley de Dios decía que el sábado era día de reposo (Exo_20:10-11). Pero los líderes religiosos agregaron a ese mandamiento uno que decía: «No sanarás en el día de reposo» porque eso es «trabajo». Siete veces Jesús curó personas en sábado. Al hacerlo, desafiaba a aquellos líderes religiosos a mirar bajo sus reglas lo que debían ser sus verdaderos propósitos: honrar a Dios mediante la ayuda al necesitado. ¿Hubiera agradado a Dios si Jesús no hubiera ayudado a aquella gente necesitada?

Lucas 13:1-5

El asesinato de los galileos a que alude el primer versículo de este pasaje, es un acontecimiento sobre el cual no sabemos nada de cierto. Relativamente a las razones que tuvieran algunas de los oyentes de nuestro Señor para hacer alusión a él, solo podemos formar conjeturas. Más, sea de esto lo que fuere, Jesús se valió de esta oportunidad para hablar a los circunstantes respecto de sus almas. Como lo hacía de costumbre, se refirió al acontecimiento y aplicándolo a lo que se proponía enseñar, mandó a sus interlocutores que examinasen su corazón y pensasen en que estado estaban sus relaciones con Dios. Es como si les hubiera dicho: «¿Qué os va en que esos galileos murieran asesinados? Considerad vuestros hechos. A menos que os arrepintáis, todos vosotros pereceréis también..

Notemos primeramente en estos versículos como estamos mucho más dispuestos a hablar de la muerte de los demás, que de la nuestra.

La muerte de los galileos fue, sin duda, asunto general de conversación en Jerusalén, y en toda la Judea. Ya podemos imaginarnos que todos sus pormenores y circunstancias fueron repetidos por millares de hombres que no pensaban en el fin de su propia existencia. Lo mismo sucede hoy día: un asesinato, una muerte repentina, un naufragio, un accidente de ferrocarril, se apoderan de los ánimos de toda una población, y están en boca de todos los que encontramos de día en día. Y sin embargo, a esas mismas personas les disgusta hablar de su propia muerte y de la suerte que les espera más allá del sepulcro. Tal es la naturaleza humana en todos los siglos. En lo que toca a religión, todos están dispuestos a hablar de los demás más bien que de sí mismos.

El estado de nuestras propias almas debiera ser lo que primero ocupara nuestra atención. Con sobra de razón se ha dicho que la verdadera religión empieza siempre por el «Yo.» El hombre convertido piensa primero, en todo caso, en su propio corazón, en su propia vida, en sus propios merecimientos, en sus propios pecados. ¿Llega a sus oídos la noticia de una muerte repentina? El se dice para sí: «¿Habría estado yo preparado para tal evento?» ¿Le refieren algún crimen horroroso? Se pregunta: «¿Han sido perdonados mis pecados, y me he arrepentido de mis culpas?» ¿Sabe que algunos hombres irreligiosos están cometiendo toda clase de pecados? Se interroga: «¿Quién me ha hecho diferir de ellos?»»¿Qué sino la gracia de Dios ha podido librarme de seguir las mismas sendas?» Aspiremos a pensar siempre de este modo. Tomemos interés en todo lo que acaezca en torno de nosotros; tengamos piedad y compasión de todos los que son víctimas de la violencia o de una muerte repentina; más no olvidemos hacer un examen de conciencia y fijar en la memoria las lecciones que nos enseñe la experiencia de los demás.

Observemos, además, en estos versículos de que manera tan explícita nuestro Señor proclama la necesidad universal del arrepentimiento. Dos veces dice con ahínco: «Antes si no os arrepintiereis todos pereceréis así..

La verdad que estas palabras expresan, es uno de los principios fundamentales del cristianismo. «Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gracia de Dios.» Todos nosotros hemos nacido en el pecado, y en nuestro estado natural no podemos agradar a Dios. Dos cosas son absolutamente indispensables para la salvación de cada uno de nosotros: el arrepentimiento y la fe en el Evangelio. Sin arrepentimiento delante de Dios y sin fe en nuestro Señor Jesucristo, ninguno puede ser salvo.

En las Sagradas Escrituras se nos explica de una manera clara e inequívoca la naturaleza del verdadero arrepentimiento. Empieza por la percepción del pecado; crea en seguida pesar por las culpas cometidas; y después impele al penitente a confesarlas ante Dios. El cambio de vida y el odio al pecado dan a conocer a los demás hombres que realmente ha habido arrepentimiento; más la fe viva en nuestro Señor Jesucristo es su más importante distintivo.

Que el arrepentimiento es necesario para la salvación, ninguno que escudriñe las escrituras y medite sobre el asunto podrá dudarlo. Sin arrepentimiento no puede haber perdón de los pecados. Toda persona que ha sido perdonada ha sido también penitente. De los que han sido lavados en la sangre del Redentor no ha habido uno que no haya percibido sus pecados sentido pesar por ellos. Sin el arrepentimiento no estaremos jamás en aptitud de entrar en el cielo. No podríamos ser felices si llegáramos al reino de la Gloria con un corazón que amara aún el pecado, pues no sentiríamos júbilo en la sociedad de los santos y de los ángeles, y nuestro ánimo no se encontraría en estado de gozar una eternidad de pureza. Que estas verdades se graben profundamente en nuestro corazón. Si hemos de salvarnos, preciso es que nos sintamos arrepentidos y que tengamos fe.

Terminemos este tema haciéndonos esta solemne pregunta «¿Hemos arrepentido?» Vivimos en un país cristiano; pertenecemos a una iglesia cristiana; tenemos ceremonias y culto cristianos; y con nuestros oídos hemos oído hablar del arrepentimiento centenares de veces; más ¿nos hemos arrepentido? ¿Percibimos realmente cuan grande es nuestra propia culpabilidad? ¿Sentémonos contritos por nuestros pecados? ¿Hemos confesado a Dios nuestras culpas e implorado perdón ante el trono de la gracia? ¿Hemos cesado de hacer mal y abandonado nuestras malas costumbres? ¿Aborrecemos de todo corazón todo lo que sea contrario a los preceptos de Dios? Estas son cuestiones serias y merecen grave consideración. El asunto de que tratamos no es insignificante. En él se nos va nada menos que la vida, la vida eterna. Si morimos impenitentes y sin que nuestro corazón haya sido renovado, sería mejor que nunca hubiéramos nacido.

Si todavía no nos hubiéramos arrepentido, hagámoslo sin tardanza, pues de ello tendremos que dar cuenta. «Arrepentíos, pues y convertíos» fueron las palabras de Pedro a los judíos que habían crucificado a nuestro Señor. Hechos 8.22. «Arrepiéntete y ruega a Dios,» fue la exhortación dirigida a Simón el Mago cuando estaba «en hiel de amargura y en prisión de iniquidad..

Todo nos estimula a arrepentirnos. Cristo nos invita; en las Escritura se nos prometen bendiciones; gloriosas aseveraciones de que Dios tiene voluntad de recibirnos abundan en la Santa palabra; y «hay gozo en el cielo cuando un pecador se arrepiente.» Levantémonos pues, y dirijámonos a Dios.

Si ya nos hemos arrepentido repitamos ese acto hasta el fin de nuestra vida. En tanto que estemos revestidos de este cuerpo mortal, tendremos pecados que confesar y culpas que lamentar. Arrepintámonos y humillémonos más profundamente cada año. Que cada vez que llegue nuestro cumpleaños aborrezcamos más el pecado y amemos más a Cristo. Un sabio santo de la antigüedad dijo: «Espero llevar mi arrepentimiento hasta a la puerta misma del cielo..

Lucas 13:6-9

La parábola que acabamos de citar humilla a la vez que conmueve. El cristiano que la oiga y no sienta pena y dolor por el estado en que se encuentra la cristiandad, debe de carecer de fe y piedad.

Este pasaje nos enseña, en primer lugar, que Dios exige una fidelidad proporcionada a los privilegios espirituales que concede.

Nuestro Señor enseñó esta verdad, comparando a la iglesia judaica de su época con «una higuera plantada en una viña» Tal era exactamente la posición que Israel ocupaba en el mundo. Las leyes y los ritos mosaicos habían contribuido a la par con la situación geográfica de su suelo, a separarlos de las otras naciones. Dios se dignó favorecerlos con revelaciones que no hizo a ningún otro pueblo. Se les concedieron prerrogativas de que jamás gozaron Nínive, Babilonia, Grecia o Roma. No era sino justo y razonable que por medio de sus frutos, es decir, de sus hechos, dieran alabanza a Dios. Naturalmente se hubiera creído que habría habido más fe, y contricción, y santidad y devoción en el pueblo de Israel que en las naciones paganas; y esto era lo que Dios esperaba. El dueño de la higuera «vino a buscar fruto..

Más, si queremos aprovechar lo que la parábola nos enseña, debemos dirigir los ojos más allá de la iglesia judaica para ver que sucede en las iglesias cristianas. Ellas poseen conocimientos, verdades, doctrinas y preceptos de los cuales los paganos nada saben. Cuán grande es su responsabilidad: ¿No es justo que Dios espere que produzcan fruto? Vivimos en una tierra donde circula la Biblia, donde se disfruta la libertad y donde se oye predicar el Evangelio.

Cuán grandes no son las ventajas de que gozamos comparadas con las de los chinos o los indostaníes. No olvidemos por un solo momento que Dios espera que produzcamos buenos frutos.

Estas son verdades importantísimas. Hay pocas cosas que el hombre olvide con tanta facilidad como la relación íntima que existe entre un privilegio y la responsabilidad que de él resulta. Muy prontos estamos a hacer uso de las bendiciones que el cielo nos concede; pero rara vez recordamos que tenemos que dar cuenta a Dios de todo lo que recibimos y que a cualquiera que fue dado mucho, mucho le será vuelto a demandar.

Este pasaje nos enseña, en segundo lugar, que es peligroso no dar fruto cuando se goza de grandes privilegios religiosos. El Señor nos enseña esto de una manera muy notable. Nos dice como se quejó el dueño de la higuera estéril de que no diese fruto: «He aquí tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo hallo.» También nos dice como mandó destruir el árbol para que no sirviese de estorbo en el huerto: «Córtalo, ¿Por qué hará inútil aun la tierra?» En seguida representa al viñero intercediendo por la higuera y pidiendo que la deje permanecer algún tiempo más. «Señor, déjala aún este año.» Y concluye la parábola poniendo en boca del viñero estas palabras: «Y si hiciere fruto, bien; si no, la cortarás después..

Esta parábola implica una admonición para todas las iglesias cristianas. Si sus ministros no enseñan sanas doctrinas, y sus miembros no viven santamente, están en gran riesgo de perderse. Dios los observa constantemente y lleva cuenta de todas sus acciones. Acaso sean muy fieles en el cumplimiento de ritos y ceremonias. Acaso sean árboles cubiertos de las hojas del culto, los servicios y los sacramentos. Pero si carecen de los frutos del espíritu, serán considerados como estorbos en el huerto del Señor. A menos que se arrepientan serán cortados. Así sucedió con la iglesia judaica cuarenta años después de la ascensión de nuestro Señor; así ha sucedido con las iglesias de África; y así es de temerse que acontecerá con otras muchas hasta el fin del mundo.

Pero la admonición dirigida a los cristianos no convertidos es todavía más clara. En toda congregación donde se oye predicar el Evangelio hay muchos que se encuentran al borde de un abismo. Han estado creciendo por mucho tiempo en la parte más fértil de la viña del Señor, y sin embargo no han producido fruto. Han oído predicar fielmente el Evangelio centenares de domingos, y sin embargo, jamás lo han abrazado, ni tomado la cruz y seguido a Cristo. Tal vez no cometen aquellos pecados que el mundo llama graves, pero por otra parte, no hacen nada en Gloria de Dios. Nada hay en su religión que sea de un carácter positivo. A cada uno de ellos el Dueño de la viña podría con razón decir: «He aquí muchos años ha que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala, es un estorbo en la viña.» Hay millares de cristianos de respetabilidad que se encuentran en estas circunstancias, y que no saben absolutamente cuan cerca están del abismo de perdición. No olvidemos por un momento que contentarnos con ir a la iglesia a oír predicar, en tanto que nuestras vidas son estériles en bienes, es una conducta altamente ofensiva a Dios. Nos exponemos a que nos arroje de sí repentina e irremediablemente.

Esta parábola nos enseña, por último, cuánto debemos a la Gloria de Dios y a la intercesión de Cristo. No es dable inferir otra cosa de la súplica del viñero: «Señor, déjala aún este año.» Ahí se contempla como en un espejo la bondad de Dios, y la mediación de Cristo.

Con razón se ha dicho que la misericordia es el atributo predilecto de Dios. El poder, la justicia, la pureza, la santidad, la sabiduría, la inmutabilidad, son todos atributos de Dios y han sido manifestados al mundo de mil maneras diversas, tanto en sus obras como en su Palabra. Pero si hay un atributo que se complazca en ejercer respecto al hombre más que otro, ese atributo es la misericordia. «Dios es amador de misericordia.» Mic. 7.18 La misericordia divina basada en la mediación del Salvador que estaba por venir, fue lo que hizo que Adán y Eva no fueran arrojados al infierno el día de su caída. La misericordia ha sido el atributo por medio del cual Dios ha tolerado por tanto tiempo un mundo pecador y no ha descendido a castigarlo. Y es por la misericordia divina que aún hoy día los pecadores viven tanto tiempo, y no son arrebatados cuando se encuentran entregados a la maldad. Nosotros no tenemos, tal vez, ni la más mínima idea de cuantas bendiciones recibimos de la clemencia de Dios. El último día pondrá de manifiesto ante la humanidad entera que todos son deudores a la misericordia de Dios y a la mediación de Cristo. Aún los que son condenados a la miseria eterna sabrán que, debido a la misericordia de Dios, no fueron consumidos largo tiempo antes del día de su muerte. Por lo que toca a los que se salvan, la misericordia manifestada en el nuevo testamento, o sea, la nueva alianza, será todo lo que tiene que alegra a su favor.

Ahora bien, ¿producimos buenos frutos o somos infecundos? Esta es, sobre todo, la cuestión que más nos interesa. ¿Qué ofrecemos en la presencia de Dios cada año? Vivamos de tal manera que produzcamos buenos frutos.

Lucas 13:10-17

Estos versículos nos presentan un caso notable en que los medios de gracia fueron usados con solicitud. En ellos se nos refiere lo que aconteció a una «mujer que tenía espíritu de enfermedad diez y ocho años había, y andaba agobiada, así que en ninguna manera podía enhestarse.» No sabemos quien fuera dicha mujer. Como nuestro Señor dijo que era hija de Abrahán, nos inclinamos a creer que fue una verdadera creyente; pero su historia y su nombre nos son desconocidos. Lo único que sabemos es que cuando Jesús estaba enseñando en una de las sinagogas en sábado, ella se hallaba presente. Las enfermedades no le servían de pretexto para ausentarse de la casa de Dios. A despecho de sus sufrimientos, concurría al lugar donde la palabra y el día del Señor eran venerados, y donde el pueblo de Dios acostumbraba reunirse. ¡Y a la verdad que por esta acción fue bendecida! Sus afanes fueron abundantemente recompensados. Vino a la sinagoga oprimida de tristeza, y regresó a su hogar llena de júbilo.

El comportamiento de esta pobre judía puede con razón hacer ruborizar de vergüenza a muchos cristianos que se encuentran en el pleno goce de su salud.

Cuántos hombres llenos de vigor dejan que causas insignificantes les impidan de concurrir a la casa de Dios. Cuantos hay que pasan el domingo en la ociosidad, o tomando parte en diversiones, o haciendo negocios y miran con desprecio a los que santifican ese día. Cuantos hay que piensan que han hecho mucho cuando concurren a la iglesia una vez cada domingo, y creen que concurrir dos veces es un exceso de celo que raya en fanatismo.

¡Cuántos hay que se alegran cuando terminan los servicios divinos porque producen ellos aburrimiento! Cuán pocos son lo que piensan del mismo modo que David cuando dijo: «Yo me alegraré con los que me decía: A la casa de Jehová iremos.» ¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Ahora bien, ¿cómo se explica esto? ¿Por qué es que hay tan pocos que se parezcan a la mujer de quien venimos hablando? La respuesta es corta: es que hay pocos que tengan un corazón dispuesto a servir a Dios. «El ánimo carnal es enemistad contra Dios.» Tan luego como un hombre se convierte, desaparece todo obstáculo para tomar parte en el culto público; y el que ha sido renovado por el Espíritu Santo no tiene inconveniente alguno en santificar el sábado.

Querer es poder.

No olvidemos que el grado de veneración en que tengamos el domingo es un signo que indica el estado en que se encuentran nuestras almas. El que no sienta gusto en dedicar a Dios un día de cada semana, no es digno de entrar en el cielo.

El cielo no es otra cosa que un domingo eterno. Si en este mundo no podemos sentir placer en pasar unas pocas horas adornado a Dios, es bien claro que no podremos sentir placer en pasar del mismo modo toda una eternidad. ¡Felices los que imiten a la mujer que sanó a Jesús! En vida obtendrán las bendiciones del cielo, y cuando mueran la Gloria eterna.

En estos versículos se nos revela también el poder infinito de Cristo. Cuando vio a la enferma la llamí, y le dijo: «Mujer libre eres de tu enfermedad,» y le puso encima las manos, y ella quedó sana. Al punto una enfermedad que había durado dieciocho años desapareció ante el Señor de la vida. «Y luego se enderezó y glorificaba a Dios..

No debemos dudar que por medio de este gran milagro se quiso dar consuelo y esperanza a todos los afligidos por la enfermedad del pecado. Para Cristo nada hay imposible. El puede hacer enderezar a hombres que por «dieciocho años» hayan estado encorvados bajo el peso de sus apetitos, del pecado y del mundo. El puede hacer que miren al cielo y contemplen el reino de Dios pecadores que por largo tiempo han tenido los ojos fijos en las cosas terrestres.

Nada es demasiado difícil para el Señor. El puede crear, transformar, renovar, demoler, edificar y estimular con un poder irresistible. Aquel que hizo el mundo de la nada vive todavía y permanece inmutable. Acojamos esta verdad y no la olvidemos jamás. Ni perdamos la esperanza de obtener nuestra salvación. Tal vez nuestros pecados sean innumerables. Acaso hayamos pasado un largo período de nuestra vida en pasatiempos frívolos o aún entregados al libertinaje; más ¿queremos acudir a Cristo para encomendarle nuestras almas? Si así fuere, hay esperanza. El puede sanarnos radicalmente y decirnos: «Libres sois de vuestra enfermedad.» No perdamos la esperanza de la salvación de hombre alguno, en tanto que viva; antes bien, encomendémoslo a Dios noche y día. Tal vez tengamos parientes por quienes, a causa de su maldad, abriguemos pocas esperanzas. Pero no debemos desesperanzarnos. No hay paciente que Cristo no pueda curar. Cualquiera que sienta en el cuerpo el contacto de su mano «se endereza y glorifica a Dios.» Perseveremos en la oración y no desmayemos. Las siguientes palabras de Job son dignas de encomio: «Yo conozco que todo lo puedes.» Jesús puede salvar perpetuamente.

Vemos, por último, en estos versículos como Jesús reitera y defiende la recta observancia del sábado. El príncipe de la sinagoga en la cual fue curada la enferma, acusó a ésta de haber quebrantado el sábado; y dio así lugar a que nuestro Señor le dirigiese una reprensión severa pero justa: «Hipócrita, ¿cada uno de vos no desata en sábado su buey o su asno del pesebre, y le lleva a beber?» Si era permitido atender a las necesidades de los brutos en sábado, cuanto más no debía serlo atender a los de los seres racionales. Si tratando bien a los bueyes y asnos no se violaba la santidad del sábado, mucho menos se violaría con un acto de caridad hacia una hija de Abrahán.

Nuestro Señor sienta este mismo principio en otras partes del Evangelio. El nos enseña que con el mandamiento de abstenerse de hacer algo obra alguna en el día de sábado no se quiso excluir en manera alguna las obras de misericordia. El sábado fue creado para provecho del hombre, no para su daño; para promover su más alta dicha y no para privarlo de cosa alguna que real y verdaderamente redundase en bien suyo. No exige nada que no se encuentre dentro de los límites de la justicia y de la prudencia.

Pidamos a Dios que nos ayude a comprender que deberes surgen del precepto respecto del sábado. De todos los mandamientos que Dios ha dado no hay uno que sea tan esencial como éste para la felicidad del hombre; y, por otra parte, no hay tampoco uno que sea tan mal comprendido ­que se viole y menosprecie tanto. Establezcamos, como guía, dos reglas para la observancia del sábado: primera, no hacer obra alguna que no sea absolutamente necesaria, segunda, santificar el día y dedicarlo a Dios. No nos desviemos jamás de estas reglas. La experiencia ha demostrado que hay una relación o correspondencia muy íntimas entre la observancia del sábado y la piedad cristiana.

Lucas 13:18-21

Hay algo señaladamente interesante en las parábolas que contienen estos versículos. Dos veces fueron pronunciadas por nuestro Señor, y en dos ocasiones distintas. Este hecho solo bastaría para hacernos fijar más seriamente la atención en lo que enseñan. Encierran un caudal de verdades experimentales y proféticas.

La parábola del grano de mostaza simboliza el progreso que el Evangelio hace en el mundo.

Los comienzos del Evangelio fueron muy humildes ­como los del grano de mostaza arrojado en el huerto. Al principio el cristianismo parecía ser una religión tan débil, desdeñada e impotente, que no podía existir por mucho tiempo. Su fundador vivió como pobre en el mundo y murió como un malhechor en la cruz. El número de sus primeros prosélitos era muy reducido, quizá no pasaba de mil cuando nuestro Señor dejó el mundo. Los primeros predicadores eran pescadores y publicanos, y casi todos ignorantes e iliteratos. El lugar donde estos empezaron su misión en un país despreciado, llamado Judea, pequeña provincia tributaria del vasto imperio romano. La principal doctrina iba sin duda a despertar el odio del corazón depravado: «Cristo crucificado era escándalo para los judíos, en insensatez para los griegos.» Sus primeros pasos atrajeron sobre los discípulos persecución de todas partes. Fariseos y saduceos; judíos y gentiles; idólatras ignorantes y filósofos altaneros ­todos estaban de acuerdo en el odio y la oposición al cristianismo. En todas partes se hablaba contra la nueva secta. Y entiéndase que estas no son meras aserciones sin fundamento alguno, sino hechos históricos que nadie puede negar. La religión del Evangelio empezó, a la verdad, como un grano de mostaza.

Pero el progreso del Evangelio, después que la semilla fue arrojada en la tierra, fue grande y no interrumpido. «El grano de mostaza creció y se hizo un árbol.» A despecho de la persecución, la oposición y la violencia, el cristianismo prosperó y se difundió gradualmente. Año tras año el número de los fieles se iba aumentando. Año tras año la idolatría desapareciera a su paso. De ciudad en ciudad, de nación en nación la nueva fe era proclamada y recibida. De lugar en lugar, en casi todo el mundo conocido, se formaban iglesias. Acá un predicador, allá un misionero se presentaban a reemplazar los que morían.

Emperadores romanos y filósofos paganos, unas veces con la fuerza, otras con argumentos, se esforzaron en vano por contener el progreso del cristianismo.

Con igual éxito, podrían haber intentado detener las olas del mar o impedir el nacimiento del sol. En pocos siglos la religión del escarnecido Nazareno, la religión que tuvo su principio en la cámara alta de Jerusalén, se habían extendido por todo el mundo civilizado. Fue abrazada por casi toda la Europa, por gran parte de Asia, y por toda la parte septentrional de África. Las palabras proféticas de la parábola citada se cumplieron al pie de la letra. El grano de mostaza «creció y se hizo un árbol grande, y las aves del cielo se alojaron en sus ramas.» Todo sucedió como Nuevo Testamento Señor Jesucristo lo había anunciado.

Que esta parábola nos enseñe a no desesperar de ninguna obra cristiana porque sus comienzos sean débiles y pequeños. Puede imaginarse tal vez que un solo ministro en una villa grande y privada de los auxilios religiosos, un solo misionero en medio de millares de paganos salvajes, un solo reformador en medio de una iglesia degenerada y corrompida no puedan hacer por sí solos mucho bien. En concepto del hombre la obra puede parecer muy grande y los medios para llevarla a cabo muy pequeños. Más no nos dejemos preocupar de semejantes ideas. Tengamos presente la parábola del grano de mostaza y no desmayemos. Cuando el deber nos llama con acentos inequívocos, no debemos detenernos a hacer cálculos, ni a averiguar que dirán los demás hombres o cuantos estarán a nuestro favor. Es menester que tengamos fe firme en que un hombre solo, contando con la semilla de la verdad divina, puede, a semejanza de Knox y de Lutero, transformar toda una nación. Si Dios está con él, nadie podrá oponérsele. A despecho de los hombres y de los espíritus infernales, la semilla que siembre se hará un árbol grande.

La parábola de la levadura simboliza el progreso del Evangelio en el corazón del creyente.

Los primeros cambios que la gracia obra en el corazón del cristiano son por lo general muy pequeños. Es como el pedazo de levadura mezclado con la masa.

Una sola cláusula de un sermón, o un solo versículo de la Santa Escritura; la palabra de reconvención dirigida por un amigo, o una observación casual sobre asuntos religiosos; un tratado recibido de manos de un extraño, o un pequeño favor hecho por un cristiano; algunas de estas circunstancias dan principio al renacimiento del hombre. Las primeras manifestaciones de la vida espiritual son, a menudo, extremadamente débiles, tan débiles, en verdad, que no son conocidas, sino de aquel que las experimenta, y aún de él no son bien conocidas. Unos pocos pensamientos serios y remordimientos de conciencia; un deseo de orar con fervor y sinceridad y no por mera ceremonia; la consagración al estudio privado de la Biblia, la afición a los medios de gracia, un interés mayor en asuntos religiosos; una repugnancia creciente a los malos amigos y las malas costumbres, estos o algunos de ellos son los síntomas que indican que la gracia divina ha penetrado en el corazón de un hombre. Tal vez los hombres del mundo no los perciban, o los creyentes ignorantes no hagan caso de ellos, o aún los cristianos de experiencia no los conozcan; sin embargo, ellos marcan los primeros pasos dados en la obra de la conversión.

Y la obra de la gracia no permanece estacionaria una vez que haya empezado. Gradualmente leuda toda la masa. Como la levadura, una vez introducida, no puede separarse de la sustancia con que ha sido mezclada. Poco a poco ejerce su influjo sobre la conciencia, los afectos, el entendimiento y la voluntad, hasta que el hombre siente su dominio en todo su ser, y experimenta una conversión completa. En algunos casos el progreso es, sin duda, más rápido que entre otros, y los resultados son más palpables; pero siempre que el Espíritu Santo empiece a obrar en el corazón de un individuo, todo el modo de ser de éste, experimenta, tarde o temprano un cambio radical. Cambia en gustos, inclinaciones y aspiraciones. «Lo viejo se pasó; he aquí todo es hecho nuevo.» 2Cor. 5.17. Nuestro Señor Jesucristo dijo que así sucedería, y la experiencia confirma sus palabras.

Que esta parábola nos enseñe a no desperdiciar en asuntos religiosos «el día de los pequeños principios.» Zac. 4.10. El hombre tiene siempre que gatear antes de caminar, y caminar antes de correr. Si percibimos en un hermano algún germen de gracia, demos gracias a Dios y tengamos esperanza. La levadura de la gracia, una vez inoculada en el corazón, leudará toda la masa. «El que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.» Fil.

1.6 Preguntémonos si en nuestros corazones ha empezado la obra de la gracia. ¿Estamos satisfechos con experimentar ciertas compunciones y deseos vagos ¿O sentimos interiormente la progresión gradual de esos fenómenos de crecimiento, de aumento, de desarrollo y de fermentación? Que solo esto nos satisfaga.

La verdadera obra del Espíritu Santo no puede permanecer estacionaria. Menester es que toda la masa se leude.

Lucas 13:22-30

Uno de estos versículos contiene una pregunta de alta trascendencia. Se nos refiere como un hombre preguntó a nuestro Señor: «¿Son pocos los que se salvan?.

No sabemos quien fuera el que hizo la pregunta. Bien pude haber sido alguno de aquellos judíos que hacían alarde de su piedad, y a quines se había enseñado a creer que no había esperanza para los incircuncisos, y que la salvación era solo para los hijos de Abrahán. O bien pudo ser uno de aquellos que hacían burla de la religión y que gastaban el tiempo en discutir cuestiones raras y especulativas. Más, sea de esto lo que fuere, no hay duda que la pregunta que hizo fue de altísima importancia.

El que quiera saber cuántos se salvan bajo la nueva alianza solo necesita consultar la Biblia y su curiosidad quedará satisfecha. En el Sermón del Monte encontrará estas solemnes palabras: «Porque la puerta es estrecha y angosto el camino que lleva a la vid; Y POCOS SON LO QUE LA HALLAN.» Mat.

7.14. Solo tiene que mirar en derredor de sí y confrontar las acciones de los hombres con la palabra de Dios, y pronto decidirá, si procede con imparcialidad, que son pocos los que se salvan. Esta es una verdad terrible. Ante ella nuestras almas se llenas naturalmente de espanto; pero tanto la Escritura como los hechos la confirman. La salvación ha sido ofrecida a todos los hombres sin excepción. De parte de Dios no ha obstáculo alguno. Jesús tiene voluntad de recibir a los pecadores; más los pecadores no quieren acudir a Cristo, y por lo tanto, pocos se salvan.

En estos versículos se encuentra también una admirable exhortación. Cuando le preguntaron a Jesús si pocos eran los que se salvaban, dijo: «Porfiad a entrar por la puerta angosta.» El dirigió estas palabras a todos sus oyentes. No le pareció que sería bueno satisfacer por medio de una respuesta directa la curiosidad del que hizo la pregunta; y prefirió más bien exhortarlo a él y a todos los circunstantes a que cumpliesen con su deber más próximo. Al prestar la debida atención a sus almas, obtendrían la respuesta. Al procurar entrar por la puerta angosta, verían si los que se salvan son pocos o muchos.

Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos que no hay duda alguna sobre cual sea nuestro deber en materias religiosas. La puerta es angosta; la obra es grande; los enemigos del alma son numerosos; es preciso que estemos alerta y seamos activos; no podemos esperar a nadie. Ni hemos de detenernos a preguntar que están haciendo los demás, y si muchos de nuestros vecinos, parientes y amigos están sirviendo a Cristo. La incredulidad y la indecisión de otros no pueden servirnos de excusa en el último día. Jamás debemos hacer el mal por seguir la corriente popular. Ya nos acompañen al cielo pocos o muchos, el precepto es claro y terminante: «Porfiad a entrar por la puerta angosta..

Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado a entender que, cualquiera que sean las creencias religiosas de los demás, nosotros tenemos que dar cuenta a Dios de los esfuerzos que hayamos hecho. Ni hemos de continuar en nuestra maldad, escudándonos con la vana excusa de que no podemos hacer nada hasta que Dios no nos mueva. Tócanos a nosotros acercarnos a él haciendo uso de los medios de gracia. ¿Cómo podemos hacer esto?, es cuestión con que no tenemos nada que ver. Es solo por medio de la obediencia que puede resolverse el gran problema. El precepto es expreso e inequívoco: «Porfiad a entrar por la puerta angosta..

Vemos en seguida, en estos versículos la descripción de una terrible solemnidad. Se nos dice como llegará tiempo en que «el padre de familias se levantará y cerrara la puerta;»en que algunos entrarán al reino de Dios, y otros quedarán fuera para siempre. No puede haber duda sobre cual será el significado de estas palabras. Se refiere a la segunda venida de Jesús y al día del juicio.

Llegará un día en que Dios no tendrá ya más clemencia de los pecadores. La puerta de la misericordia que ha estado abierta por tanto tiempo será al fin cerrada. La fuente donde se limpia toda impureza, todo pecado, será cegada. El trono de la gracia desaparecerá, y en su lugar será erigido el trono de la justicia. Todos los impenitentes e incrédulos serán para siempre arrojados de la presencia de Dios.

Pero también habrá un día en que los que crean en Jesucristo recibirán su galardón. El Padre de familias de la morada celestial convocará a sus siervos, y le dará a cada uno una corona inmarcesible de Gloria. Estos se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob, y vivirán en sosiego, libres del trabajo que cansa y de las luchas que atormentan. Morarán con Jesús y con los santos en el reino de los cielos, y allí no penetrarán jamás el pecado, la muerte, la tristeza, el mundo o el demonio. La humanidad comprenderá entonces que «el que sembrare justicia tendrá galardón firme.

En estos versículos vemos, finalmente, una profecía que conmueve. Nuestro Señor dice que el día de su segunda venida muchos procurarán entrar, más no podrán. Ellos golpearán a la puerta, diciendo: «Señor, Señor, ábrenos;» más no obtendrán entrada. Aún más, dirán con ansiedad: «Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste;» más sus súplicas serán vanas. Ellos recibirán esta respuesta solemne: «Os digo que no os conozco de donde seáis: apartaos de mi todos los obreros de iniquidad.» La profesión de fe y un conocimiento histórico de Jesucristo no bastarán para salvar a los que han sido esclavos del pecado y del mundo.

Hay algo de singular en el lenguaje con que nuestro Señor expresó la profecía de que hablamos. Nos revela la terrible verdad que algunos se apercibirán de que están en el error cuando sea demasiado tarde para arrepentirse. Si, llegará día en que será ya demasiado tarde para arrepentirse y para creer; para sentir contricción de corazón y para orar; para pensar en la salvación y para desear el cielo. Millares de hombres saldrán de su indiferencia en el otro mundo para aceptar verdades que en la tierra rehusaron creer. La tierra es el único lugar del universo donde existe la infidelidad. El infierno mismo, en su sentido abstracto, no es otra cosa que un conjunto de verdades reconocidas demasiado tarde.

Un examen detenido de este pasaje debiera ponernos en condición de apreciar las cosas que nos rodean en lo que valen. El dinero, y los placeres, el rango, y la grandeza, ocupan al presente el primer lugar en el mundo. La oración, la fe, una vida piadosa, la obediencia a Cristo son cosas que se miran con desdén y se ponen en ridículo. Pero llegará un día en que suceda de otro modo.

Los postreros serán primeros, y los primero, postreros. Preparemos para ese día.

Y en este lugar conviene preguntarnos si somos de los «muchos» o de los «pocos.» ¿Hemos luchado y lidiado contra el pecado, el mundo y el demonio? ¿Estamos preparados para cuando el Padre de familias cierre la puerta? El hombre que pueda contestar estas preguntas satisfactoriamente es un cristiano verdadero.

Lucas 13:31-35

Estos versículos nos enseñan que estamos completamente bajo poder de Dios. Nuestro Señor Jesucristo nos inculca esta lección por medio de la respuesta que dio a los que le suplicaron que partiera porque Herodes lo quería matar. él dijo: «He aquí echo fuera demonios y acabo sanidades hoy y mañana.» Todavía no ha llegado la hora en que había de partir del mundo. Aún no había consumado su obra. En tanto que no llegase esa hora, Herodes no podía causarle daño alguno. En tanto que esa obra no fuese consumada, de nada serviría a sus enemigos forjar armas contra él.

Hay algo en las palabras de nuestro Señor que llama la atención de todo cristiano verdadero. En ellas se trasluce un modo de ser que haríamos bien en imitar.

Nuestro Señor habló, sin duda, con labios proféticos de lo que había de suceder después. él sabía cuando tendría lugar su muerte, y no ignoraba tampoco que todavía no era tiempo. El conocimiento de las cosas futuras no ha sido concedido a los creyentes en nuestra época; más, sin embargo no debemos pasar por alto lo que las palabras citadas nos enseñan. Debemos, hasta cierto punto, aspirar a estar animados del mismo espíritu que animaba a Jesús. Debemos esforzarnos por tener una confianza firme y serena en los acontecimientos futuros y por poseer un corazón que no tema «la mala fama,» sino que sea impasible, incontrastable y confiado en el Señor. Salmo 112.7 El asunto es delicado; pero merece consideración por estar íntimamente ligado con nuestra felicidad. No hemos de ser, como los mahometanos, fatalistas y amantes de la inacción; ni, como los estoicos, estatus sin animación, sin sensaciones. No hemos de dejar de hacer uso de los medios que estén a nuestro alcance, no de prepararnos para ese mundo invisible que se llama el provenir. Sin embargo, cuando hayamos hecho todo lo que nos sea posible, debemos tener en cuenta que, si bien nosotros tenemos deberes que cumplir, es Dios quien dirige los acontecimientos, nos toca, pues, encomendárselo todo a la divina providencia y no aferrarnos demasiado por el estado de nuestra salud, o la prosperidad de nuestra familia, o nuestra condición pecuniaria, o el buen éxito de tales o cuales planes. Haciéndolo así obtendremos tranquilidad de espíritu. Cuántas veces no nos asustamos por cosas que jamás suceden. Feliz el hombre que sigue las huellas de nuestro Señor y dice: «Yo obtendré todo lo que sea para mi bien. Viviré en la tierra hasta que mi misión en ella sea consumada, y no un minuto más. Partiré de este mundo cuando esté preparado para entrar en el cielo, y no antes de que eso se verifique. Ni aún todos los poderes del mundo reunidos pueden arrebatarme la vida sin el permiso de Dios; ni todos los médicos pueden conservármela cuando Dios quiera que yo deje de existir..

¿Hay algo en esta conducta que esté fuera del alcance del hombre? ¡Indudablemente que no! Los creyentes están bajo una alianza cuyos efectos, ordenados de antemano, son infalibles. Hasta los cabellos de sus cabezas han sido contados. Sus pasos han sido dirigidos por el Señor. Todo lo que le sucede contribuye a su bienestar. Cuando les acaece alguna desgracia es para su bien. Cuando les sobreviene alguna enfermedad es con algún sabio designio. Las Escrituras dicen que todas las cosas son suyas: la vida, la muerte, el presente, el porvenir. 2 Sam 23.5; Mateo 10.30; Salmo 37.23; Rom. 8.28; Heb. 12.10; Juan 11.4; 1Cor. 3.22. En la vida del creyente nada ocurre por casualidad, acaso o accidente. El cristiano solo necesita una cosa para gozar de calma o tranquilidad: una fe activa. Pidamos a Dios diariamente que nos conceda esa fe. Hay pocos en verdad que la hayan experimentado. La fe de la mayor parte de los creyentes es intermitente. Es por falta de fe constante y no interrumpida que hay tan pocos que puedan decir como Cristo: «Caminará hoy y mañana, y no moriré hasta que mi obra no sea consumada..

En estos versículos se deja ver, por otra parte, cuan grande es la compasión de Cristo para con los pecadores. Examínense si no las palabras que pronunció acerca de Jerusalén. él sabía bien cuan perversa era esa ciudad. él sabía que crímenes habían sido cometidos allí anteriormente. él sabía los padecimientos que le esperaban. Y, sin embargo, aún a esa Jerusalén dice: «Cuántas veces quise juntar tus hijos como la gallina recoge su nidada debajo de sus alas; y no quisiste..

Mucho dolor causa al Señor el hecho de que los pecadores continúen en su maldad: «Vivo yo, dijo él, que no quiero la muerte del impío.» Que los que todavía no se hayan convertido tengan presente esta verdad. No solo causan pesar a sus padres, vecinos y amigos. Hay un Ser superior a todos estos a quien causan profundo dolor con su conducta: ese Ser es Cristo.

Nuestro Señor tiene voluntad de salvar a los pecadores. «No desea que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.» 2Pedro 3.9. «El quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.» 1 Tim 2.4. Este es un gran principio evangélico, aunque confunde a los teólogos superficiales y de espíritu menguado. Pero ¿qué dice la Escritura? Las palabras que tenemos delante de nosotros, así como el texto que acabamos de citar, son claras y terminantes. «Quise juntar tus hijos, dice Jesús, y no quisiste.» La obstinación del desdichado infiel y no la voluntad de Cristo, es la causa de que aquel se pierda para siempre. Cristo quiere salvarlo; pero él no quiere ser salvo.

Atesoremos esta verdad en nuestro corazón para que produzca fruto a su tiempo. Estemos convencidos que si fuéramos arrojados al lugar del eterno tormento, la culpa es nuestra. No podemos atribuir nuestra desgracia a Dios Padre, ni a Jesucristo, el Redentor, ni al Espíritu Santo, el Consolador. Las promesas que el Evangelio contiene son amplias y universales en su aplicación. La buena voluntad que Cristo tiene de salvar a los pecadores ha sido expresada de una manera inequívoca. Sus palabras serán una acusación contra nosotros: «Y no queréis venir a mi para que tengáis vida..

Teniendo presente el pasaje transcrito al principio de este capítulo cuidemos de no pretender saber más de lo que enseña la Escritura, pues cosa peligrosa es «saber más de lo que está escrito.» Nuestra salvación dimana exclusivamente de Dios. Solo los elegidos serán finalmente salvos. «Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere.» Juan 6.44. pero nuestra perdición, si fuéramos condenados, depende solo de nosotros. Lo que nos acaezca será el resultado de nuestra propia elección. Ligada con estos dos principios hay una verdad que jamás debemos abandonar. Sin duda hay algo que también es en extremo misterioso. Nuestro entendimiento es demasiado limitado ahora para abarcarlo todo. Pero en la otra vida lo comprenderemos. Algún día veremos la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre en completa consonancia. Entre tanto, cualesquiera que sean nuestras dudas, no dudamos de la buena voluntad que de salvarnos tiene Cristo.

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