Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

Mucho dolor causa al Señor el hecho de que los pecadores continúen en su maldad: «Vivo yo, dijo él, que no quiero la muerte del impío.» Que los que todavía no se hayan convertido tengan presente esta verdad. No solo causan pesar a sus padres, vecinos y amigos. Hay un Ser superior a todos estos a quien causan profundo dolor con su conducta: ese Ser es Cristo.

Nuestro Señor tiene voluntad de salvar a los pecadores. «No desea que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.» 2Pedro 3.9. «El quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.» 1 Tim 2.4. Este es un gran principio evangélico, aunque confunde a los teólogos superficiales y de espíritu menguado. Pero ¿qué dice la Escritura? Las palabras que tenemos delante de nosotros, así como el texto que acabamos de citar, son claras y terminantes. «Quise juntar tus hijos, dice Jesús, y no quisiste.» La obstinación del desdichado infiel y no la voluntad de Cristo, es la causa de que aquel se pierda para siempre. Cristo quiere salvarlo; pero él no quiere ser salvo.

Atesoremos esta verdad en nuestro corazón para que produzca fruto a su tiempo. Estemos convencidos que si fuéramos arrojados al lugar del eterno tormento, la culpa es nuestra. No podemos atribuir nuestra desgracia a Dios Padre, ni a Jesucristo, el Redentor, ni al Espíritu Santo, el Consolador. Las promesas que el Evangelio contiene son amplias y universales en su aplicación. La buena voluntad que Cristo tiene de salvar a los pecadores ha sido expresada de una manera inequívoca. Sus palabras serán una acusación contra nosotros: «Y no queréis venir a mi para que tengáis vida..

Teniendo presente el pasaje transcrito al principio de este capítulo cuidemos de no pretender saber más de lo que enseña la Escritura, pues cosa peligrosa es «saber más de lo que está escrito.» Nuestra salvación dimana exclusivamente de Dios. Solo los elegidos serán finalmente salvos. «Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere.» Juan 6.44. pero nuestra perdición, si fuéramos condenados, depende solo de nosotros. Lo que nos acaezca será el resultado de nuestra propia elección. Ligada con estos dos principios hay una verdad que jamás debemos abandonar. Sin duda hay algo que también es en extremo misterioso. Nuestro entendimiento es demasiado limitado ahora para abarcarlo todo. Pero en la otra vida lo comprenderemos. Algún día veremos la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre en completa consonancia. Entre tanto, cualesquiera que sean nuestras dudas, no dudamos de la buena voluntad que de salvarnos tiene Cristo.

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