Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

Un examen detenido de este pasaje debiera ponernos en condición de apreciar las cosas que nos rodean en lo que valen. El dinero, y los placeres, el rango, y la grandeza, ocupan al presente el primer lugar en el mundo. La oración, la fe, una vida piadosa, la obediencia a Cristo son cosas que se miran con desdén y se ponen en ridículo. Pero llegará un día en que suceda de otro modo.

Los postreros serán primeros, y los primero, postreros. Preparemos para ese día.

Y en este lugar conviene preguntarnos si somos de los «muchos» o de los «pocos.» ¿Hemos luchado y lidiado contra el pecado, el mundo y el demonio? ¿Estamos preparados para cuando el Padre de familias cierre la puerta? El hombre que pueda contestar estas preguntas satisfactoriamente es un cristiano verdadero.

Lucas 13:31-35

Estos versículos nos enseñan que estamos completamente bajo poder de Dios. Nuestro Señor Jesucristo nos inculca esta lección por medio de la respuesta que dio a los que le suplicaron que partiera porque Herodes lo quería matar. él dijo: «He aquí echo fuera demonios y acabo sanidades hoy y mañana.» Todavía no ha llegado la hora en que había de partir del mundo. Aún no había consumado su obra. En tanto que no llegase esa hora, Herodes no podía causarle daño alguno. En tanto que esa obra no fuese consumada, de nada serviría a sus enemigos forjar armas contra él.

Hay algo en las palabras de nuestro Señor que llama la atención de todo cristiano verdadero. En ellas se trasluce un modo de ser que haríamos bien en imitar.

Nuestro Señor habló, sin duda, con labios proféticos de lo que había de suceder después. él sabía cuando tendría lugar su muerte, y no ignoraba tampoco que todavía no era tiempo. El conocimiento de las cosas futuras no ha sido concedido a los creyentes en nuestra época; más, sin embargo no debemos pasar por alto lo que las palabras citadas nos enseñan. Debemos, hasta cierto punto, aspirar a estar animados del mismo espíritu que animaba a Jesús. Debemos esforzarnos por tener una confianza firme y serena en los acontecimientos futuros y por poseer un corazón que no tema «la mala fama,» sino que sea impasible, incontrastable y confiado en el Señor. Salmo 112.7 El asunto es delicado; pero merece consideración por estar íntimamente ligado con nuestra felicidad. No hemos de ser, como los mahometanos, fatalistas y amantes de la inacción; ni, como los estoicos, estatus sin animación, sin sensaciones. No hemos de dejar de hacer uso de los medios que estén a nuestro alcance, no de prepararnos para ese mundo invisible que se llama el provenir. Sin embargo, cuando hayamos hecho todo lo que nos sea posible, debemos tener en cuenta que, si bien nosotros tenemos deberes que cumplir, es Dios quien dirige los acontecimientos, nos toca, pues, encomendárselo todo a la divina providencia y no aferrarnos demasiado por el estado de nuestra salud, o la prosperidad de nuestra familia, o nuestra condición pecuniaria, o el buen éxito de tales o cuales planes. Haciéndolo así obtendremos tranquilidad de espíritu. Cuántas veces no nos asustamos por cosas que jamás suceden. Feliz el hombre que sigue las huellas de nuestro Señor y dice: «Yo obtendré todo lo que sea para mi bien. Viviré en la tierra hasta que mi misión en ella sea consumada, y no un minuto más. Partiré de este mundo cuando esté preparado para entrar en el cielo, y no antes de que eso se verifique. Ni aún todos los poderes del mundo reunidos pueden arrebatarme la vida sin el permiso de Dios; ni todos los médicos pueden conservármela cuando Dios quiera que yo deje de existir..

¿Hay algo en esta conducta que esté fuera del alcance del hombre? ¡Indudablemente que no! Los creyentes están bajo una alianza cuyos efectos, ordenados de antemano, son infalibles. Hasta los cabellos de sus cabezas han sido contados. Sus pasos han sido dirigidos por el Señor. Todo lo que le sucede contribuye a su bienestar. Cuando les acaece alguna desgracia es para su bien. Cuando les sobreviene alguna enfermedad es con algún sabio designio. Las Escrituras dicen que todas las cosas son suyas: la vida, la muerte, el presente, el porvenir. 2 Sam 23.5; Mateo 10.30; Salmo 37.23; Rom. 8.28; Heb. 12.10; Juan 11.4; 1Cor. 3.22. En la vida del creyente nada ocurre por casualidad, acaso o accidente. El cristiano solo necesita una cosa para gozar de calma o tranquilidad: una fe activa. Pidamos a Dios diariamente que nos conceda esa fe. Hay pocos en verdad que la hayan experimentado. La fe de la mayor parte de los creyentes es intermitente. Es por falta de fe constante y no interrumpida que hay tan pocos que puedan decir como Cristo: «Caminará hoy y mañana, y no moriré hasta que mi obra no sea consumada..

En estos versículos se deja ver, por otra parte, cuan grande es la compasión de Cristo para con los pecadores. Examínense si no las palabras que pronunció acerca de Jerusalén. él sabía bien cuan perversa era esa ciudad. él sabía que crímenes habían sido cometidos allí anteriormente. él sabía los padecimientos que le esperaban. Y, sin embargo, aún a esa Jerusalén dice: «Cuántas veces quise juntar tus hijos como la gallina recoge su nidada debajo de sus alas; y no quisiste..

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