Lucas 13: El sufrimiento y el pecado

Emperadores romanos y filósofos paganos, unas veces con la fuerza, otras con argumentos, se esforzaron en vano por contener el progreso del cristianismo.

Con igual éxito, podrían haber intentado detener las olas del mar o impedir el nacimiento del sol. En pocos siglos la religión del escarnecido Nazareno, la religión que tuvo su principio en la cámara alta de Jerusalén, se habían extendido por todo el mundo civilizado. Fue abrazada por casi toda la Europa, por gran parte de Asia, y por toda la parte septentrional de África. Las palabras proféticas de la parábola citada se cumplieron al pie de la letra. El grano de mostaza «creció y se hizo un árbol grande, y las aves del cielo se alojaron en sus ramas.» Todo sucedió como Nuevo Testamento Señor Jesucristo lo había anunciado.

Que esta parábola nos enseñe a no desesperar de ninguna obra cristiana porque sus comienzos sean débiles y pequeños. Puede imaginarse tal vez que un solo ministro en una villa grande y privada de los auxilios religiosos, un solo misionero en medio de millares de paganos salvajes, un solo reformador en medio de una iglesia degenerada y corrompida no puedan hacer por sí solos mucho bien. En concepto del hombre la obra puede parecer muy grande y los medios para llevarla a cabo muy pequeños. Más no nos dejemos preocupar de semejantes ideas. Tengamos presente la parábola del grano de mostaza y no desmayemos. Cuando el deber nos llama con acentos inequívocos, no debemos detenernos a hacer cálculos, ni a averiguar que dirán los demás hombres o cuantos estarán a nuestro favor. Es menester que tengamos fe firme en que un hombre solo, contando con la semilla de la verdad divina, puede, a semejanza de Knox y de Lutero, transformar toda una nación. Si Dios está con él, nadie podrá oponérsele. A despecho de los hombres y de los espíritus infernales, la semilla que siembre se hará un árbol grande.

La parábola de la levadura simboliza el progreso del Evangelio en el corazón del creyente.

Los primeros cambios que la gracia obra en el corazón del cristiano son por lo general muy pequeños. Es como el pedazo de levadura mezclado con la masa.

Una sola cláusula de un sermón, o un solo versículo de la Santa Escritura; la palabra de reconvención dirigida por un amigo, o una observación casual sobre asuntos religiosos; un tratado recibido de manos de un extraño, o un pequeño favor hecho por un cristiano; algunas de estas circunstancias dan principio al renacimiento del hombre. Las primeras manifestaciones de la vida espiritual son, a menudo, extremadamente débiles, tan débiles, en verdad, que no son conocidas, sino de aquel que las experimenta, y aún de él no son bien conocidas. Unos pocos pensamientos serios y remordimientos de conciencia; un deseo de orar con fervor y sinceridad y no por mera ceremonia; la consagración al estudio privado de la Biblia, la afición a los medios de gracia, un interés mayor en asuntos religiosos; una repugnancia creciente a los malos amigos y las malas costumbres, estos o algunos de ellos son los síntomas que indican que la gracia divina ha penetrado en el corazón de un hombre. Tal vez los hombres del mundo no los perciban, o los creyentes ignorantes no hagan caso de ellos, o aún los cristianos de experiencia no los conozcan; sin embargo, ellos marcan los primeros pasos dados en la obra de la conversión.

Y la obra de la gracia no permanece estacionaria una vez que haya empezado. Gradualmente leuda toda la masa. Como la levadura, una vez introducida, no puede separarse de la sustancia con que ha sido mezclada. Poco a poco ejerce su influjo sobre la conciencia, los afectos, el entendimiento y la voluntad, hasta que el hombre siente su dominio en todo su ser, y experimenta una conversión completa. En algunos casos el progreso es, sin duda, más rápido que entre otros, y los resultados son más palpables; pero siempre que el Espíritu Santo empiece a obrar en el corazón de un individuo, todo el modo de ser de éste, experimenta, tarde o temprano un cambio radical. Cambia en gustos, inclinaciones y aspiraciones. «Lo viejo se pasó; he aquí todo es hecho nuevo.» 2Cor. 5.17. Nuestro Señor Jesucristo dijo que así sucedería, y la experiencia confirma sus palabras.

Que esta parábola nos enseñe a no desperdiciar en asuntos religiosos «el día de los pequeños principios.» Zac. 4.10. El hombre tiene siempre que gatear antes de caminar, y caminar antes de correr. Si percibimos en un hermano algún germen de gracia, demos gracias a Dios y tengamos esperanza. La levadura de la gracia, una vez inoculada en el corazón, leudará toda la masa. «El que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.» Fil.

1.6 Preguntémonos si en nuestros corazones ha empezado la obra de la gracia. ¿Estamos satisfechos con experimentar ciertas compunciones y deseos vagos ¿O sentimos interiormente la progresión gradual de esos fenómenos de crecimiento, de aumento, de desarrollo y de fermentación? Que solo esto nos satisfaga.

La verdadera obra del Espíritu Santo no puede permanecer estacionaria. Menester es que toda la masa se leude.

Lucas 13:22-30

Uno de estos versículos contiene una pregunta de alta trascendencia. Se nos refiere como un hombre preguntó a nuestro Señor: «¿Son pocos los que se salvan?.

No sabemos quien fuera el que hizo la pregunta. Bien pude haber sido alguno de aquellos judíos que hacían alarde de su piedad, y a quines se había enseñado a creer que no había esperanza para los incircuncisos, y que la salvación era solo para los hijos de Abrahán. O bien pudo ser uno de aquellos que hacían burla de la religión y que gastaban el tiempo en discutir cuestiones raras y especulativas. Más, sea de esto lo que fuere, no hay duda que la pregunta que hizo fue de altísima importancia.

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