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Lucas 11: Enséñanos a orar, Pedid y recibiréis

Tal conducta, por desgracia no puede atribuirse, solo a los fariseos. No han faltado hombres que, habiendo profesado el Cristianismo, hayan exaltado las cosas secundarias sobre las primarias, y que en su celo por la práctica de aquellas hayan descuidado estas completamente. Millares de personas hay el día de hoy que se afanan por concurrir diariamente a los servicios divinos, por guardar la cuaresma, por comulgar con frecuencia, por volverse hacia el Levante al entrar en la iglesia, y por que se celebren oraciones pomposas y se hagan rogativas públicas–pero eso es todo. Poco o nada saben de la práctica de deberes como la humildad, la caridad, la mansedumbre, la espiritualidad; la lectura de la Biblia, la devoción privada y el desprecio de los goces mundanos. Toman parte con ardor en todo pasatiempo. Se encuentran en toda diversión mundana: en las carreras, en la ópera, en el teatro y en el baile. En su vida diaria no manifiestan que los mueva el mismo ánimo que movía a Jesús. ¿Qué es esto sino seguir las huellas de los fariseos? Bien dice el sabio: «Nada hay nuevo debajo del sol.» Ecc_1:9. La generación de los que diezmaban la yerbabuena, pero pasaban por alto el juicio y el amor de Dios, no ha pasado todavía.

Vigilemos y roguemos para que Dios nos ayude a dar a cada deber religioso la atención que le corresponde. Guardémonos de darles a las cosas secundarias un lugar que no merecen, y de pasar por alto las cosas primarias. Por mucha importancia que demos al culto extenso del Cristianismo, no olvidemos la fe y las buenas obras. Cualquiera enseñanza que nos haga desdeñar estas, tiene en sí algo que es radicalmente deficiente.

Notemos, finalmente, qué falsedad y simulación caracterizan hipócritas. Nuestro Señor comparó a los fariseos con «sepulturas no parecen y los hombres que andan encima no lo saben.» y jactanciosos maestros de los Judíos estaban llenos de corrupción é impureza interiormente y en un grado que sus engañados oyentes no sabían.

El cuadro que se nos presenta a la vista causa cierto dolor y disgusto. Sin embargo, que representa los hechos tales como son, lo prueba la conducta de los hipócritas en todos los siglos de iglesia. ¿Qué diremos de las vidas de los frailes y las monjas que fueron descubiertas en la época de la reforma? Millares de los que se llamaban santos estaban sumergidos en toda clase de .corrupción. ¿Qué diremos de las vidas de ciertos jefes de sectas y herejías que han profesado un sistema de doctrinas señaladamente puras? No pocas veces ha acontecido que los mismos que proclamando libertad a los demás, han resultado ser siervos de la corrupción. La anatomía de la naturaleza humana es un estudio harto desagradable.

Constantemente se han hallado juntas la hipocresía y la inmoralidad de conducta.

Terminemos la consideración de este pasaje haciendo la firme resolución de velar y orar contra la hipocresía.

Cualesquiera que sean nuestras convicciones como cristianos, seamos ingenuos, sinceros y fervorosos. Huyamos de todo fingimiento, afectación y doblez en las cosas divinas, sabiendo que todo eso es aborrecible a los ojos de Cristo. Acaso seamos débiles, frágiles y flacos, y no alcancemos a cumplir nuestros deseos y aspiraciones; pero, de todos modos, si profesamos creer en Jesucristo, seamos sinceros.

Lucas 11:45-54

EL pasaje que tenemos a la vista ofrece un ejemplo de la fidelidad con que nuestro Señor trabajaba en bien de las almas de los hombres. Lo vemos intrépida y duramente reprender por sus pecados a los Judíos que explicaban la ley de Dios.

Esa caridad mal entendida que apellida malévolo al que dice a otro que está equivocado, no fue recomendada por nuestro Señor. Llama cada cosa por su nombre y sabía que enfermedades graves necesitan remedios heroicos. El quiso darnos a entender que nuestro mejor amigo no es el hombre que siempre está diciendo palabras cariñosas y dando asenso a todo lo que decimos, sino el que nos dice la verdad con mayor claridad.

Las palabras de nuestro Señor arriba trascritas nos enseñan, en primer lugar, cuan grande es el pecado de pretender enseñar a otros lo que nosotros mismos no practicamos. El dijo a los doctores de la ley: «Vosotros cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar; mas vosotros ni aun con un dedo tocáis la carga. «Ellos exigían que otros se sometiesen a cansadas ceremonias religiosas descuidaban. Tenían el descaro de imponer a las conciencias de los hombres yugos que ellos mismos se eximían de palabra, tenían una regla de conducta para sus creyentes y otra distinta para sí.

La severa amonestación que pronunció nuestro Señor tiene aplicación especial a determinadas clases de las personas que forman el gremio de la iglesia. Va dirigida a todos los que tengan a a su cargo la instrucción de la juventud; a todos los amos de casa; a todos los padres y las madres de familia, y sobre todo, a todos los clérigos y ministros del Evangelio. Que todos ellos noten bien las palabras de Jesús. Que se guarden de decir a otros que se empeñan en adoptar una línea de conducta que ellos mismos no siguen. Tal de proceder es, a lo menos, una inconsecuencia, No hay duda que en este mundo no podemos llegar a ser perfectos. Si nadie hubiera de prescribir reglas, o enseñar, o predicar en tanto que tuviese falta alguna, todo el edificio de la sociedad se tornaría confusión y ruinas. Pero sí tenemos derecho de exigir que haya alguna armonía o correspondencia entre las palabras del individuo y sus obras; entre sus doctrinas y sus hechos; entre su predicación y sus acciones.

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