Lucas 11: Enséñanos a orar, Pedid y recibiréis

Las bendiciones que resultan de un corazón sencillo son casi incalculables. El que lo posee puede hacer muchísimo bien a la humanidad. Es como un faro en medio de un mundo tenebroso. Refleja luz sobre centenares de personas a quienes no conoce. Todo su cuerpo es resplandeciente. En cada acto suyo puede percibirse el influjo de su maestro. Su piedad se manifiesta en toda su conducta. Su familia, sus criados, sus parientes, sus vecinas, sus amigos, sus enemigos, todos conocen sus inclinaciones, y todos tienen que confesar, de grado o por fuerza, que su religión es Dios.

Se hace sentir, y lo que es todavía mejor, el hombre, sencillo recibe un premio de no pequeño precio en las emociones internas de su alma. Se alimenta de algo que el mundo no conoce. Experimenta en creer un gozo y una tranquilidad que cristianos poco fervorosos jamás sienten. Tiene la faz vuelta hacia el sol y por esto su corazón jamás se entibia.

Oremos y trabajemos por que nuestro ojo sea sencillo y nuestro corazón ardiente. Si profesamos ser religiosos, seámoslo del todo, cristianos, seámoslo de una manera decidida. De esto depende nuestra paz interior así como también los buenos frutos de nuestras vidas. Nuestro ojo ha de ser sencillo si queremos que nto cuerpo sea resplandeciente.

Lucas 11:37-44

Notemos en este pasaje que nuestro Señor Jesucristo estaba pronto, cuando era necesario, a mezclarse en la sociedad de los no convertidos. Se nos refiere que le rogó un fariseo que comiese con él., Dicho hombre no pertenecía al número de sus discípulos; y sin embargo «Jesús entró y su sentó a la mesa..

La conducta que nuestro Señor observó en esta y otras ocasiones ha sido descrita para que sirva de ejemplo a todos los cristianos. Cristo es nuestro modelo, así como también nuestra propiciación. Hay circunstancias en que el siervo de Cristo tiene que hallarse en contacto con los irreligiosos y los hijos de este mundo. Ocasiones hay en que tal vez sea un deber relacionarse con ellos en el trato social, aceptar sus invitaciones y sentarse con ellos a la mesa. Nada, por supuesto, debe inducir al cristiano a tomar parte en los pecados que cometan en sus diversiones frívolas. Más no debe ser descortés: no debe separarse completamente de la sociedad de los no convertidos, y tornarse así en un ermitaño o asceta. Ha de tener presente que tanto en la sala de recibo, como en el pulpito, puede hacerse bien a nuestros semejantes.

Es preciso, no obstante, que no perdamos de vista una circunstancia cuando imitemos a nuestro Señor en este particular: cuidemos de que al mezclarnos en la sociedad de los no convertidos, estemos animados del mismo espíritu que animó a Jesús. Recordemos con cuanta libertad hablaba él de las cosas divinas. Recordemos la fidelidad con que denunciaba el pecado. No exceptuaba ni las faltas de los que le daban hospitalidad, si ocurría algo que la llamasen la atención hacia ellas. Entremos en sociedad animados de buenas intenciones, seguros de que nuestras creencias religiosas no sufrirán menoscabo ninguno. Si sentimos interiormente algún temor en imitar a Cristo en el círculo social, mejor es que no salgamos nuestras casas.

Notemos en segundo lugar, que la necedad es inseparable de la hipocresía. El fariseo a cuya mesa se sirvió la comida, se maravilló que Nuestro Señor no se hubiese lavado antes de comer. El creyó, como uno muchos de sus cofrades, que había algo de profanación en no lavarse, y que tal omisión indicaba impureza moral. Nuestro Señor, por su parte, le hizo saber que era insensatez dar tanta importancia al aseo del cuerpo, cuando se pasaba por alto la purificación del corazón; y le recordó que Dios contempla más nuestro interior, los secretos del alma, que nuestro cuerpo; y le hizo esta pregunta: «¿El que hizo lo de fuera no hizo también lo de dentro? El mismo Dios que hizo nuestros cuerpos perecederos fue nos dio corazón y alma.

No perdamos jamás de vista el hecho de que el estado de nuestros corazones es el asunto que preferentemente exige nuestro examen si queremos inquirir lo que somos en materias religiosas. Baños, ayunos, genuflexiones, posturas determinadas, flagelaciones de la carne, todo esto es completamente vano si el corazón es malo. La devoción externa, la cara seria, la cerviz inclinada hacia abajo, y oraciones en voz alta son abominables a los ojos de Dios, en tanto que nuestros corazones no hayan sido limpiados de su maldad y renovados por el Espirito Santo. No olvidemos esta admonición. La idea, de que el hombre puede ser verdaderamente devoto antes de convertirse, es un gran engaño del diablo contra el cual debemos estar alerta. Hay dos pasajes muy significativos que versan sobre este asunto. Uno es: «Del corazón mana la vida» Pro_4:23. El otro dice: «El hombre ve lo que está delante de sus ojos, mas Jehová ve el corazón.» Hay una pregunta siempre debiéramos hacernos al acercarnos a Dios: « ¿Qué ama nuestro corazón?.

Notemos, en tercer lugar, en este pasaje, cuan grosera es la inconsecuencia que a menudo manifiestan los hipócritas.

Nuestro Señor dijo a los fariseos: « Vosotros diezmáis la menta y la ruda, y toda hortaliza; mas el juicio y el amor de Dios pasáis de largo.» Ellos llevaban hasta el exceso el celo por pagar los diezmos para el servicio del templo, y sin embargo descuidaban los más claros deberes para con Dios y para con su prójimo. Eran escrupulosos en demasía respecto a todas las pequeñeces de la ley ceremonial; y, con todo, hacían a un lado los más sencillos principios de justicia para con el hombre y de amor para con Dios. Respecto de ciertos deberes tenían sumo cuidado de hacer aun más de lo necesario; respecto de otros no querían hacer nada absolutamente. En lo secundario eran celosos y fanáticos; mas en lo primordial no aventajaban a los paganos.

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