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Lucas 11: Enséñanos a orar, Pedid y recibiréis

Pastor Lionel

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Acaso gentes extrañas habiten nuestras casas y gocen de nuestro dinero. Tal vez nuestros mismos nombres sean arrojados al olvido. Sin embargo, no todo ha acabado., dentro de corto tiempo todos viviremos de nuevo: «Y la tierra echará los muertos» Isa. 26.19. Ni es de sorprenderse que muchos a semejanza de Félix, tiemblen cuando piensen en estas cosas.

Pero los que viven por la fe en el Hijo de Dios, como S. Pablo, deben levantar la cerviz llenos de gozo.

Lucas 11:33-36

Estas palabras de nuestro Señor nos enseñan cuan importante no es hacer buen uso de nuestros conocimientos y privilegios religiosos. Se nos recuerda que es lo que los hombres hacen cuando encienden una vela; que no la ponen en oculto ni debajo do un almud, sino sobre un candelero para que sea útil y alumbre. Cuando el hombre tiene delante de sí el Evangelio es como si Dios le hubiera presentado una vela encendida. No basta que lo oiga, y lo apruebe, y lo admire, y acepte las verdades que contiene: ha de recibirlo en el corazón y practicarlo en su conducta diaria. En tanto que no haga esto su alma no recibirá más provecho que la de un pagano de África que jamás haya oído el Evangelio. Tiene delante de sí una vela encendida, pero no hace buen uso de ella. Tal conducta es muy culpable. El haber descuidado la luz que Dios ofrece será una acusación grave en el último día.

Pero aun el que profesa apreciar la luz en su verdadero valor debe tener cuidado de no ser egoísta al usarla. Es su deber procurar que esa luz refleje hacia todos los que lo rodeen, y que otros lleguen al conocimiento de la verdad que él ha hallado tan benéfica. Su luz ha de resplandecer de tal modo en medio de los hombres que ellos vean a quién se la entregado y a quién sirve, y sean así inducidos a seguir su ejemplo y a hacerse discípulos del Señor.

Esa luz ha de ser para él como cosa prestada y por la cual es responsable. Ha de colocarla de tal manera que todos puedan verla, alumbrar y creer.

Guardémonos de menospreciar la luz que poseemos. El pecado que muchos cometen sobre este particular es mucho mayor ellos de lo que ellos suponen. Hay muchos hombres que se lisonjean que sus almas no se encuentran en muy mal estado porque no cometen actos escandalosos o bajos de inmoralidad, y son decentes y decorosos en su conducta. Mas ¿menosprecian el Evangelio? ¿Van a la iglesia tranquilamente año tras año, y no toman resolución alguna respecto al servicio de Cristo? Si así fuere, necesario es que sepan que su maldad es muy grande a los ojos de Dios. Poseer la luz, y no «caminar en la luz» es de suyo un gran pecado, Es desdeñar y tratar con indiferencia al Rey de reyes.

Evitemos ser egoístas en materias religiosas aun después que haber aprendido a apreciar la luz, es decir, la verdad en su intrínseco valor. Esforcémonos por que nuestros semejantes vean que hemos encontrado la «perla de gran precio» y queremos que ellos en la encuentren. Hay razón para abrigar sospechas respecto a las convicciones religiosas de un hombre cuándo este se muestra satisfecho de ir solo al cielo. El verdadero cristiano tiene siempre un corazón noble. Si es padre, anhela la salvación de sus hijos. Si es amo de casa, desea que sus criados se conviertan. Si es dueño de tierras, quiere que sus arrendatarios entren con él en el reino de Dios. ¡He aquí la verdadera religión! El cristiano que se contenta guardar para sí todo lo que sabe, todo lo que siente, todo lo cree, se encuentra en un estado espiritual muy débil y peligroso.

Estos versículos nos enseñan, en segundó lugar, cuánto vale un corazón sencillo y consagrado del todo al deber. Para ejemplificar esta lección nuestro Señor se sirve de las funciones del ojo en el cuerpo humano; y nos trae a la memoria que cuando el ojo es «sencillo» o está completamente sano, la acción del cuerpo recibe un influjo benéfico; y que, por el contrario, cuando el ojo es «malo,» o está viciado, afecta de una manera desagradable el bienestar y la actividad del hombre. En un país oriental, como la Palestina donde las enfermedades de los ojos son desgraciadamente muy comunes, el ejemplo tenia de suyo fuerza, especial.

Pero ¿en qué caso puede decirse que el corazón de un hombre sea sencillo en asuntos religiosos? ¿En qué se distingue el corazón sencillo? La cuestión es de inmensa importancia. Bueno sería para la iglesia y para el mundo si los corazones sencillos abundaran más.

Es corazón sencillo el que no solo ha experimentado el arrepentimiento y la conversión y ha sido renovado, sino que está ordinariamente y de la manera más poderosa y completa bajo el influjo del Espíritu Santo. El que posee tal corazón aborrece la indecisión, la duda y la tibieza en todo lo relativo a la religión. Contempla un gran espectáculo: Cristo muriendo por amor a los pecadores. Anímalo una grande aspiración: glorificar a Dios y hacer su voluntad. Le sostiene un gran deseo: agradar a Dios y obtener su aprobación. En comparación con ese espectáculo, esa aspiración, ese deseo, el hombre de corazón sencillo no conoce nada quo valga la pena de nombrarse. La alabanza y los beneficios de los hombres no valen nada para él. El reproche y la desaprobación pública son para él trivialidades ligeras como el viento.

«Una cosa deseo–una cosa hago–por una cosa vivo:» he aquí las palabras del hombre de corazón sencillo. Psa_27:4; Luk_10:42; Filip. 3:13. Tales fueron Abrahán y Moisés, David y Pablo, Lutero y Latimer. Todos ellos tuvieron sus debilidades y flaquezas, y sin duda cometieron algunos errores, mas todos ellos tuvieron este rasgo distintivo: que eran hombres completamente consagrados a su causa. En otras palabras, tenían corazones sencillos, y eran incuestionablemente siervos de Dios.

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