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Lucas 11: Enséñanos a orar, Pedid y recibiréis

Pastor Lionel

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Estos versículos nos enseñan primeramente, por medio de la parábola llamada generalmente del Amigo a medianoche, cuan importante es perseverar en la oración. En ella se nos hace presente cuánto puede lograr un hombre de otro a fuerza de importunidad. Aunque egoístas é indolentes por naturaleza, podemos, sin embargo ser estimulados a ponernos en actividad por medio de súplicas repetidas. El hombre que no quería dar tres panes a media noche en obsequio de la amistad, los dio al fin para evitar que se le molestara con más súplicas. La aplicación que puede hacerse de la parábola es clara y sencilla: si la importunidad puede tanto entre los hombres, cuántas mercedes no deberá de acarrearnos cuando la empleemos en nuestras oraciones.

Bueno será que recordemos la lección que en este lugar se nos inculca. Es más fácil dar principio al hábito de orar, que perseverar en él. Muchos que profesan ser cristianos han sido enseñados a orar en su juventud, y cuando entran en años abandonan la práctica. Millares hay que se acostumbran a orar por corto tiempo, después que han recibido un favor, ó, acaso, una visitación del cielo; y luego, poco a poco, su fervor se entibia, hasta que, por ultimo, dejan de orar completamente. Se desliza secretamente en la mente de los hombres la idea de que es inútil orar. No perciben que de ello resulta ningún beneficio palpable, y al fin se persuaden de que les irá igualmente bien sin orar. La indolencia y la incredulidad se apoderan de sus ánimos, y al cabo « disminuyen la oración delante del Señor.» Job_15:4.

Resistámonos a aceptar esa idea, en cuanto la sintamos asomar en nuestra alma. Resolvámonos a que, mediante la gracia de Dios, continuaremos orando, por deficientes y débiles que nos parezcan nuestras oraciones. No es sin objeto que la Biblia nos manda con tanta frecuencia «velar y orar,» y «orar sin cesar,» y «continuar en la oración,» y «orar siempre y no desmayar,» y «ser constantes en la oración.» Todas estas expresiones tienen el mismo significado: todas ellas nos aperciben de un peligro y nos prescriben un deber. Cuándo y de qué manera se han de contestar nuestras oraciones es asunto que debemos dejar a Dios; pero no tenemos por qué dudar que toda petición que hagamos sea contestada.

Expongamos ante Dios nuestras necesidades y nuestros deseos, de día en día, de semana en semana, de mes en mes.

Acaso la contestación no venga pronto como les sucedió a Ana y a Zacarías, 1Sa_1:27; Luk_1:13; pero aunque tarde, oremos sin cesar. Cuando sea llegada la hora la obtendremos sin tardanza.

También se nos enseña en estos versículos cuan amplias y halagüeñas son las promesas que Jesús hace a los que oraren.

Las palabras notables que las expresan nos son bien conocidas: «Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; tocad y os será abierto.» La solemne aseveración que sigue a estas palabras parece dar mayor certidumbre a lo ya prometido: «Porque todo aquel que pide recibe; y el que busca, halla; y al que toca es abierto.» El argumento penetrante con que termina el pasaje no deja excusa alguna a los infieles o incrédulos: « Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le pidieren de él?.

Hay pocas promesas en la Biblia tan amplias é ilimitadas como la que contiene este admirable pasaje. La última especialmente merece notarse. La iluminación del Espíritu Santo es sin duda el mayor don que Dios puede conceder al hombre. Si tenemos ese don, lo tenemos todo: vida, luz, esperanza y gloria. Si poseemos don, poseemos también el amor ilimitado de Dios Padre, la fe expiatoria de Dios Hijo, y plena comunión con todas las es personas de la santísima Trinidad. Si poseemos este don, tenemos también gracia y paz en la vida presente, y gloria y honra en el mundo venidero.

Y, sin embargo, ¡Jesús lo ofrece como un galardón que puede obtenerse por medio de la oración! Vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren a él..

Pocos pasajes hay en la Biblia que tan completamente como este dejen sin excusa al impenitente. Este dice que es débil y se halla desamparado; pero ¿pide que le den fuerza? Dice que es «malo y depravado;» pero ¿ruega que Dios lo haga bueno? Dice «que por sí mismo no puede hacer nada»; pero ¿toca a la puerta de la misericordia y suplica se le dé la gracia del Espíritu Santo? Preguntas son estas a las cuales es de temerse que muchos no pueden contestar afirmativamente; pues son lo que son, porque no quieren arrepentirse y convertirse. Nada obtienen, porque nada piden. No vienen a Cristo para conseguir la vida eterna; y, por lo tanto, permanecen «muertos en sus culpas y pecados..

Preguntémonos si sabemos qué es orar de veras. ¿Oramos algunas veces? ¿Oramos en nombre de Jesús y como pecadores menesterosos? ¿Sabemos qué es « pedir,» y «buscar,» y « tocar a la puerta» y luchar por medio de la oración como hombres que saben que en ello les va la vida y que han menester una respuesta? ¿O es que nos contentamos con repetir ciertas fórmulas y palabras, en tanto que nuestra mente divaga y nuestro corazón se encuentra frió? ¿Hemos aprendido, a la verdad, algo muy importante cuando sabemos que repetir oraciones o «rezar» no es orar? Si oramos, propongámonos firmemente no abandonar esa práctica, no acortar jamás nuestras oraciones. La oración es el instrumento que muestra el estado en que se encuentra el hombre para con Dios. Tan luego como empecemos a descuidar nuestras oraciones privadas podemos estar seguros de que adolecemos de algún mal moral. Cuando tal cosa sucede podemos saber que hay escollos a proa, que estamos en peligro inminente de un naufragio.

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