Lucas 1: La introducción de un historiador

Pastor Lionel

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LA PARADOJA DE LA BIENAVENTURANZA

Lucas 1:39-45

En seguida María lo dispuso todo y se puso en camino a toda prisa hacia un pueblo de los montes de Judá. Cuando llegó a la casa de Zacarías, entró y saludó a Elisabet.

Cuando oyó Elisabet el saludo de María, el niño se le agitó en el vientre, y el Espíritu Santo inundó todo su ser, y ella rompió a decirle a María en alta voz:

-¡Bendita seas más que todas las demás mujeres, y bendito sea el Niño que vas a tener! ¿Cómo es que se me concede a mí este honor de que venga a verme la madre de mi Señor? Tan pronto como penetró tu saludo en mis oídos, mi niño se puso a saltar de alegría en mis entrañas. ¡Bendita seas por haber creído que se cumplirá lo que Dios te ha anunciado!

Esta es una maravillosa exposición lírica de la bienaventuranza de María. En ninguna vida se ve más clara que en la suya la paradoja de la bienaventuranza. A María se le concedió la bienaventuranza de ser la madre del Hijo de Dios. Bien podía llenársele el corazón de una alegría trémula y maravillada por tan gran privilegio. Y sin embargo, esa misma bienaventuranza iba a ser como una espada que le atravesara el corazón; porque conllevaba el destino de ver un día a ese hijo clavado en una cruz.

La elección de Dios quiere decir, a menudo y al mismo tiempo, una cotona de felicidad y una cruz de angustia. La inquietante realidad es que Dios no escoge a una persona para darle tranquilidad y comodidad y disfrute egoísta, sino para una misión que requerirá todo lo que la mente y el corazón y las fuerzas puedan dar de sí. Dios escoge a una persona para usarla. Cuando Juana de Arco se dio cuenta que le quedaba poco tiempo, le dijo a Dios: «Ya no voy a durar más que un año. Úsame como quieras.»

Cuando somos conscientes de esta verdad, los dolores y las dificultades que conlleva el servicio de Dios dejan de ser tema de Lamentaciones y se convierten en nuestra gloria, porque todo lo sufrimos por Dios.

Cuando los dragones de Cromwell apresaron al covenanter Richard Cameron, le mataron, y le cortaron las manos, que eran muy hermosas, y se las mandaron a su padre con una nota burlona en la que le preguntaban si las reconocía.

-Son las de mi hijo -dijo el padre-, las de mi amado hijo. Buena es la voluntad del Señor que nunca podrá dañarnos a mí ni a los míos.

Las sombras de la vida están iluminadas por el sentir de que también ellas están en el plan de Dios. Miguel de Unamuno acuñó una bendición muy suya: «¡Y Dios no te dé paz, y sí gloria!»

Un gran predicador moderno decía: «Jesucristo no vino para hacer la vida fácil, sino para hacer grandes a los hombres.»

La paradoja de la bendición consiste en que le confiere a una persona al mismo tiempo la mayor felicidad y la mayor tarea del mundo.

UN HIMNO MARAVILLOSO

Lucas 1:46-56

Entonces dijo María:

– Con toda mi alma proclamo la grandeza de Dios, y mi espíritu se deleita en mi Dios y Salvador;porque ha condescendido a fijarse en esta su sierva, aunque es tan humilde mi condición. Desde ahora en adelante todos los que han de nacer me tendrán por bienaventurada, porque el Todopoderoso ha hecho maravillas conmigo, ¡santo es su Nombre!

Su misericordia acompaña en todas las edades a los que le honran con temor reverente.

Con su diestra ha obrado maravillas: ha dispersado a los arrogantes con todos sus proyectos, ha arrojado de sus tronos a los poderosos, y ha exaltado a los humildes; ha saciado a los hambrientos con alimentos deliciosos, y ha despachado a los ricos con las manos vacías. Ha venido en ayuda de su siervo Israel. Ha cumplido la promesa que había hecho a nuestros antepasados, cuando se comprometió a no desentenderse en su misericordia de Abraham y de sus descendientes nunca jamás.

Y se quedó María con Elisabet unos tres meses, y luego se volvió a su casa.

Este pasaje se ha convertido en uno de los grandes himnos de la Iglesia, el Magníficat. Nos recuerda a los Salmos del Antiguo Testamento, y se parece especialmente al cántico de Ana, de 1Sa_2:1-10 . Alguien la dicho que «la religión es el opio del pueblo»; pero Stanley Jones ha dicho que «el Magníficat es el documento más revolucionario del mundo.» Habla de tres de las revoluciones de Dios.

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