Lucas 10: Obreros para la cosecha

La cuarta recomendación que hizo nuestro Señor a los setenta es en cuanto al ánimo contento y apacible que debían manifestar. En donde quiera que se detuviesen cuando estuvieran viajando, habían de evitar el parecer volubles, veleidosos, o difíciles de agradar en cuanto al alimento y posada. Habían de «comer y beber» de lo que les dieran. No habían de «ir de casa en casa..

Instrucciones como estas van, sin duda, dirigidas primaria y especialmente a los ministros del Evangelio. Ellos son los que, sobre todos los demás hombres, deben tener cuidado en su manera de vivir de evitar el ánimo mundano. La sencillez en el alimento y en el manejo doméstico, y la conformidad con cualquier cosa, siempre que pueda conservarse ilesa la salud, deben ser los distintivos del «hombre de Dios.» Una vez que el predicador haya adquirido la reputación de gustar extraordinariamente de comer y beber, y de las comodidades mundanas, pierde en gran parte su influjo clerical. El sermón acerca de las «cosas invisibles « producirá poco efecto cuando la vida del que lo pronuncia recomienda las «cosas visibles..

Pero no debemos circunscribir estos preceptos de nuestro Señor a los ministros solamente. Ellos deben apelar a las conciencias de codos los fieles, y a todos los llamados por el Espíritu Santo, y que se hacen siervos de Dios. Deben recordarnos la necesidad de la sencillez, y del despego a la vanidad mundana en nuestra conducta diaria. Preciso es que nos guardemos de ocuparnos mucho acerca de nuestro alimento, y de nuestros muebles, y de nuestras casas, y da todas las cosas que contribuyen al bienestar del cuerpo. Preciso es que nos esforcemos en vivir como hombres que piensan preferentemente en el alma inmortal. Al pasar por el mundo debemos hacerlo como peregrinos que todavía no han llegado a su patria y no se cuidan de que clase de hospedaje se les dé por el camino. ¡Felices los que se consideran como peregrinos y extranjeros en esta vida, y cuyos mejores bienes son los venideros!

Lucas 10:8-16

Estos versículos comprenden la segunda parte de los preceptos dados por nuestro Señor Jesucristo a los setenta discípulos. Estos, lo mismo que los de la primera parte, tienen especial referencia a los ministros y a los maestros del Evangelio; pero contienen verdades que merecen seria atención de parte de todos los miembros de la iglesia de Cristo.

El primer punto que debemos notar es la sencillez de las nuevas que nuestro Señor mandó que proclamasen sus primeros mensajeros. Estas fueron: «Se ha allegado a vosotros el reino de Dios..

Necesario es considerar estas palabras como la sustancia de todo lo que los discípulos habían de decir. Difícilmente puede suponerse que no dijeran nada más que esta sola frase. Las palabras sin duda tenían mucha más significación para el judío que las oía en aquel entonces, del que producen al presente en nuestra mente. Al erudito israelita, sonarían como el anuncio de que la época del Mesías había llegado, que el Salvador prometido desde tan remotos tiempos, estaba para ser revelado; que el «Deseado de todas las naciones « iba a aparecer. Hag_2:7. De esto no cabe duda. Tal anuncio hecho inesperadamente por setenta hombres que estaban convencidos indudablemente de la verdad de lo que decían y que viajaban por en medio de un país densamente poblado no dejaría de llamar la atención y de despertar la curiosidad, sin embargo de todo esto el anuncio es extraordinario y singularmente sencillo.

Es de dudarse si el modo moderno de enseñar el Cristianismo como regla general, suficientemente sencillo. Es un hecho innegable que los razonamientos profundos y los argumentos complicados no son, generalmente hablando, los medios de que Dios se ve para convertir las almas. Exposiciones sencillas hechas con valor y con dignidad, y de tal manera que los que las hacen sientan crean lo que dicen, parecen producir mayor efecto en el corazón y en la conciencia del oyente. Padres y maestros de la juventud, ministros y misioneros, lectores de la Escritura y visitadores de distrito, todos haríais bien en acordaros de esto. No debemos afanarnos, como lo hacemos a menudo por defender, probar, demostrar, y discutir las doctrinas del Evangelio. Tal vez ni uno en cada ciento ha sido convertido de este modo. Lo que necesitamos son declaraciones más sencillas, claras, solemnes y fervorosas, de las verdades sencillas del Evangelio. Tales declaraciones, sin duda, aducirán fruto a su tiempo. Son saetas dirigidas por Dios que penetran con frecuencia en corazones que no hubieran sido conmovidos por el sermón más elocuente.

El segundo punto que debemos observar en estos versículos es la gran perversidad de los que desechan los ofrecimientos hechos en el Evangelio. Nuestro Señor afirmó «que para Sodoma había más remisión el día del juicio,»que para los que no reciben la predicación de sus discípulos. Y prosiguió diciendo, que el pecado de Corazin y de Betsaida, ciudades de Galilea, donde había predicado y hecho milagros, pero donde las gentes a pesar de esto no se habían arrepentido, era mayor que el pecado de Tiro y Sidón.

Aseveraciones como estas son solemnes. Ellas ponen en claro algunas verdades, que el hombre está muy pronto a olvidar. Ellas nos enseñan que todos serán juzgados según la luz espiritual de que hayan gozado, y que de aquellos que han poseído más prerrogativas religiosas, más será exigido. Muéstranos también cuan grande es la obstinación e incredulidad del corazón humano: fue posible que algunos oyeran a Cristo predicar, y presenciasen sus milagros, y sin embargo no se convirtiesen. Nos enseñan también que el hombre es responsable por el estado de su alma. Los quo rechazan el Evangelio, y permanecen impenitentes e incrédulos, no son simplemente objetos de piedad y compasión, sino también, con sumo grado, reos y culpables a los ojos de Dios. Dios los llamó, pero ellos no respondieron. Dios les habló, pero ellos no quisieron hacer caso. La condenación del infiel será estrictamente justa Su sangre caerá sobre su cabeza. El Juez Universal obrará con justicia.

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