Lucas 10: Obreros para la cosecha

(iv) El haber escuchado la Palabra de Dios conlleva una gran responsabilidad. Seremos juzgados según lo que hayamos tenido oportunidad de saber. A un niño se le consienten cosas que se condenarían en un adulto; a un salvaje se le perdonan cosas que se castigarían en un civilizado. La responsabilidad es la otra cara del privilegio.

(v) Es un error terrible el rechazar la invitación de Dios. En cierto sentido, todas las promesas de Dios que hayamos escuchado pueden convertirse en nuestra condenación. Si las recibimos, son nuestra mayor gloria; pero cada una de las que hemos rechazado será algún día un testigo en contra nuestra.

LA VERDADERA GLORIA DEL HOMBRE

Lucas 10:17-20

Los Setenta volvieron jubilosos, y le dijeron a Jesús: -¡Señor, hasta los demonios se nos sometían cuando actuábamos en tu nombre!

-Yo vi a Satanás caer del Cielo como un rayo -les contestó Jesús-. Fijaos bien: os he dado autoridad para pisotear a las serpientes y a los escorpiones y a todos los poderes del enemigo sin sufrir el menor daño; pero no os congratuléis de eso, sino de algo mucho mejor: ¡de que vuestro nombre está escrito en el Cielo!

A su vuelta, los Setenta estaban jubilosos por las maravillas que habían realizado en nombre de Jesús. y Él les dijo: «Yo vi a Satanás caer del Cielo como un rayo.» Eso es difícil de entender. Puede querer decir dos cosas. d(i) Puede querer decir: «Yo vi caer derrotadas las fuerzas e las tinieblas y del mal; el cuartel general de Satanás está asediado, y el Reino de Dios viene de camino.» Puede querer decir que Jesús sabía que Satanás y todos sus poderes habían recibido el golpe de muerte, aunque aún no se hubiera producido su conquista definitiva.

(ii) También puede ser una advertencia contra el orgullo. Fue el orgullo lo que hizo que Satanás se rebelara contra Dios, y en consecuencia fuera arrojado del Cielo, él, que había sido el jefe de los ángeles. Puede que Jesús les estuviera diciendo a los Setenta: «Habéis tenido vuestros triunfos; pero tened cuidado con el orgullo, porque cuando el jefe de los ángeles sucumbió al orgullo fue arrojado del Cielo.»

No cabe duda de que Jesús prosiguió advirtiendo a sus discípulos contra el orgullo y el pasarse dé confiados. Era cierto que se les había dado todo poder, pero su mayor gloria era que su nombre estaba escrito en el Cielo.

Siempre será la mayor gloria del hombre, no lo que él mismo ha hecho, sino lo que Dios ha hecho por él. Es posible que el descubrimiento del cloroformo le haya evitado al mundo más dolor que ningún otro descubrimiento médico. Una vez, alguien le preguntó a James Simpson, que fue el pionero en su uso: «¿Qué descubrimiento tuyo consideras el más grande?», esperando que le contestara «El cloroformo.» Pero contestó: «Mi mayor descubrimiento fue que Jesucristo es mi Salvador.» Hasta el hombre más grande sólo puede decir en la presencia de Dios:

No ya he de gloriarme jamás, oh Dios mío, de aquellos deberes que un día cumplí. Mi gloria era vana: confió tan sólo en Cristo y su sangre vertida por mí.

JOSÉ M. DE MORA

El orgullo bloquea el camino del Cielo; la humildad es el pasaporte a la presencia de Dios.

LA EXIGENCIA INSUPERABLE

Lucas 10:21-24

En aquel preciso momento, el Espíritu Santo hinchió de gozo el corazón de Jesús, que exclamó:

-¡Bendito seas, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra! ¡Gracias por haberles escondido todo esto a los que se creen muy inteligentes y muy listos y habérselo revelado a los pequeños! Sí, Padre: gracias porque las cosas son como a Ti te ha parecido que deben ser. El Padre me lo ha confiado absolutamente todo. Nadie conoce al Hijo más que el Padre; y tampoco nadie conoce al Padre más que el Hijo, y aquellos a los que el Hijo se Le quiere revelar-. Y, volviéndose a sus discípulos, prosiguió: -¡Qué afortunados son los ojos que ven lo que vosotros estáis viendo! Os aseguro que muchos profetas y reyes habrían dado cualquier cosa por ver lo que vosotros estáis viendo, y por oír lo que estáis oyendo, y no se les concedió.

Hay tres grandes pensamientos en este pasaje.

(i) El versículo 21 nos habla de la sabiduría de la sencillez. La mente sencilla podía recibir verdades que las mentes cultivadas no podían admitir. Una vez dijo Arnold Bennet: «La única manera de escribir un gran libro es escribirlo con los ojos de un niño que ve las cosas por primera vez.» Es posible pasarse de listo. Es posible ser tan erudito que los árboles no le dejan a uno ver el bosque. Alguien ha dicho que la prueba de un pensador verdaderamente grande es cuánto es capaz de olvidar. Después de todo, la fe evangélica no consiste en saberse todas las teorías acerca del Nuevo Testamento; y menos saberse todas las teologías o las cristologías; no consiste en saber acerca de Cristo, sino en conocer a Cristo; y para eso lo que hace falta no es sabiduría terrenal, sino gracia celestial.

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