Lucas 10: Obreros para la cosecha

Lucas 10:38-42

EL pequeño episodio que contienen estos versículos ha sido trasmitido solamente en el Evangelio de S. Lucas. Durante todos los siglos y todas las edades, la historia de Marta y María ofrecerá a la iglesia lecciones importantes. El pasaje arriba trascrito, en conexión con el capítulo undécimo del Evangelio de S. Juan, nos da bien a conocer el carácter y las costumbres de la familia que Jesús amaba.

Observemos, por una parte, cuan diferentes pueden ser los caracteres e índoles de los cristianos verdaderos. Las dos hermanas a quienes se refiere el pasaje, eran discípulas fíeles. Ambas habían creído, ambas habían sido convertidas; ambas habían reverenciado a Cristo en un tiempo en que pocos le tributaban honor; amaban a Jesús, y eran amadas por El. Empero eran las dos de genio muy distinto. Marta era activa, inquieta e impulsiva sus emociones eran intensas y hablaba francamente todo lo que sentía. María era sosegada, tranquila y contemplativa, sentía profundamente, mas decía menos de lo que sentía. Marta se alegró de ver a Jesús, cuando vino a su casa, y se ocupó en preparar recibimiento agradable. María, también, se alegró de verlo, su primer pensamiento fue sentarse a sus pies y escuchar sus abras. La gracia reinaba en los corazones de las dos, pero cada una manifestaba el efecto de la gracia en ocasiones diferentes, y de diversos modos.

Útil nos será recordar esta lección: No debemos esperar que dos los creyentes sean exactamente iguales entre sí; ni debemos por sentado que otros no poseen la gracia divina, a causa de que sus hechos o sus sentimientos no convengan en un todo con los nuestros. Cada una de las ovejas del rebaño de Cristo tiene dualidades que le son peculiares. Los árboles del jardín del Señor no son todos exactamente iguales. Todos los verdaderos siervos de Dios convienen en las cosas principales de la religión; todos son guiados por un mismo Espíritu; todos conocen sus pecados, y confían en Cristo; todos se arrepienten, creen, y son piadosos. Más, en materias de poca monta, muchas veces, difieren grandemente. No los despreciéis por este motivo. Habrá Martas y Marías hasta que el Señor venga por segunda vez.

Observemos por otra parte qué tentación tan peligrosa para nuestras almas pueden ser los cuidados de este mundo, si los dejamos que ocupen demasiado nuestra atención. Es claro según el tenor del pasaje que tenemos a la vista, que Marta se dejó extraviar en su deseo de preparar para el Señor un recibimiento adecuado. Su celo excesivo por las cosas perecederas hizo que olvidase por un tiempo las cosas eternas. «Marta empero se distraía en muchos servicios.» Bien luego, sin embargo, le remordió la conciencia cuando se halló sola preparando la mesa, y vio a su hermana sentada a los pies de Jesús, y escuchando Su palabra. Bajo el peso de una conciencia inquieta su genio perdió su equilibrio, y prorrumpió en abierta queja: «Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude.» Al decir esto, la buena mujer olvidó en mala hora quién era, y a quien hablando. Recibió una reprensión solemne, y tuvo que aprender; una lección que probablemente le causó impresión duradera: «¡He aquí cuan gran montón de leña enciende un poco de fuego»! ¡El principio de todo esto fue un exceso de ansiedad tocante a inocentes quehaceres de este mundo! La falta de Marta debe servir de admonición perpetua a los cristianos. Si deseamos progresar en la gracia, y gozar de dones espirituales debemos ser cautos respecto de los cuidados de este mundo. a menos que vigilemos y oremos constantemente, destruirán insensiblemente nuestra espiritualidad, y acarrearán ruina de nuestras almas. No es solo el pecado declarado o las contravenciones notorias de los mandamientos de Dios, lo que arrastra a los hombres a la perdición eterna. Es con mucha más frecuencia la atención excesiva a cosas en sí mismas lícitas, y el estar «solícitos respecto de muchos servicios» de la casa. ¡Parece tan justo cuidar de lo que es nuestro! ¡Parece tan propio atender a los deberes de nuestra posición! Es justamente en esto que consiste el peligro. Nuestras familias, nuestros negocios, nuestras ocupaciones diarias, nuestro trato en la sociedad, todo, todo, pueden servirnos de tentación, y separarnos de Dios.

Podemos descender al abismo de en medio de las cosas lícitas. Estemos alerta en esta materia. Observemos atentamente y con celo nuestras emociones y nuestros pensamientos, por temor de que caigamos repentinamente en pecado. Si amamos la vida eterna debemos sentir despego a los bienes de este mundo, y guardarnos de permitir que cosa alguna ocupe el primer lugar en nuestros corazones, salvo Dios. Escribamos mentalmente «veneno» sobre todos los bienes perecederos.

Usados con moderación son bendiciones del cielo, por los cuales debemos estar agradecidos. Permitirles ocupar nuestra mente de tal manera que tratemos con desprecio las cosas santas, es convertirlos en un mal positivo. Las ganancias y los placeres se compran muy caros, si para obtenerlos, arrojamos de nuestros pensamientos la eternidad, descuidamos la lectura de la Biblia, dejamos de oír el Evangelio, y acortamos nuestras oraciones. Un poco de polvo arrojado en el fuego que enciende nuestros corazones puede apagarlo.

Observemos, por otra parte, que reprensión tan solemne dio el a Marta. Cuál sabio médico El conoció la enfermedad que le estaba consumiendo, y al instante le aplicó el remedio amoroso, expuso la falta en que había incurrido su hija extraviada, y no omitió la corrección que requería. « Marta, dijo El, « cuidadosa estás y turbada respecto de muchas cosas; empero una cosa es necesaria.» ¡Justas son las amonestaciones de un amigo! ¡Esas cortas palabras fueron en verdad preciosas! Contienen en compendio un volumen de teología práctica.

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