Lucas 10: Obreros para la cosecha

Poseyendo como poseemos un Evangelio completo, cuidemos de no mirarlo con indiferencia. Las siguientes palabras son muy importantes: «Á cualquiera que fuere dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él.» Luk_12:48.

Lucas 10:25-28

En este pasaje debemos considerar con detención la solemne pregunta que se le hizo a nuestro Señor Jesucristo. Cierto doctor le preguntó: «¿Haciendo qué poseeré la vida eterna?» El móvil de este hombre fue evidentemente innoble. Hizo esta pregunta solo para «tentar « a nuestra Señor, e incitarle a que dijese algo de que sus enemigos pudieran asirse para acusarlo. Empero la cuestión que propuso fue sin duda de importancia suprema. Con preferencia a cualquiera otra, merece la atención de toda de criatura racional. Todos somos pecadores–pecadores mortales, y pecadores que hemos de ser juzgados después de la muerte. «¿Cómo serán perdonados nuestros pecados? ¿Cómo compareceremos ante Dios? ¿Cómo escaparemos de la condenación eterna? ¿Adonde huiremos de la ira que ha de venir? ¿Qué debemos hacer para salvarnos?» Preguntas son estas que personas de todos los rangos deben hacerse sin sentirse tranquilas hasta que hayan encontrado una respuesta favorable. Más, por desgracia, pocos se cuidan de considerar tales preguntas. Hay millares que están indagando constantemente: «¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? ¿Cómo ganaremos dinero? ¿Cómo podremos vivir felices? ¿Cómo podremos prosperar en el mundo?» Pocos, muy pocos son los que dedican algunos momentos para pensar en la salvación de sus almas. Tal asunto los disgusta, los incomoda y por tanto lo echan a un lado. Justas y verdaderas son aquellas palabras de nuestro Señor: «Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a perdición, y los que van por él son muchos.» Mat_7:13.

No vacilemos en hacernos la pregunta que dirigió a nuestro Señor el doctor de la ley. Antes bien, examinémosla con madurez y meditémosla hasta que se convierta en el objeto principal de nuestro pensamiento. No descansemos hasta que el Espíritu Santo no nos manifieste que estamos verdaderamente arrepentidos de nuestros pecados, que tenemos fe viva en la misericordia de Dios por mediación de Cristo, y que realmente estamos caminando en la senda de Dios. Así seremos herederos de la vida eterna. Así entraremos en el reino preparado para los hijos de Dios.

Observemos en segundo lugar en este pasaje el alto aprecio que nuestro Señor Jesucristo hace de la Biblia. El recomendó al doctor que consultase las Escrituras como única regla de fe y práctica. No le dijo en contestación a su pregunta: «¿Qué dice la iglesia judaica tocante a la vida eterna? ¿Qué creen los Escribas, y los Fariseos, y los sacerdotes? ¿Qué enseñan sobre esa materia las tradiciones de los ancianos?» Se valió de un medio mucho más sencillo, y más directo. El dijo al doctor de la ley: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?.

Que el principio contenido en estas palabras sea uno de los artículos fundamentales de nuestra religión. Que la Biblia, toda la Biblia, y únicamente la Biblia sea la regla de nuestra fe y práctica. Adoptando este principio entraremos en camino seguro. Puede ser que a veces nos parezca estrecho, que nuestra fe tenga que pasar por duras pruebas, mas Dios no nos dejará incurrir en errores graves. Si abandonamos dicho principio es como si penetráramos en un desierto sin sendas. No podemos responder de lo que haremos o creeremos. Echemos aquí el ancla. Tengamos esto siempre presente.

He aquí el puerto seguro. No importa nada quien sea el que diga algo en materia de religión, un padre de la iglesia, un obispo moderno, o un teólogo erudito. ¿Se encuentra eso en la Biblia? ¿Puede probarse con la Biblia? Si no, no hay que creerlo. Nada importa cuan bello y lúcido parezca tal o cual sermón o tal o cual libro religioso. ¿Es en manera alguna contraríe a la Escritura? Si lo es, debe desecharse con desprecio. ¿Qué dice la Escritura? Esta es la única regla y medida de la verdad religiosa. «A la ley, y al testimonio,» dice Isaías; «si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.» Isa_8:20.

En conclusión, debemos notar en este pasaje cuan claro era el conocimiento del deber hacia Dios y el hombre, que poseían los judíos en los dios de nuestro Señor. El doctor de la ley en contestación a la pregunta de nuestro Señor, dijo: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento, y a tu prójimo como a ti mismo.» Y bien dicho fue esto. Una descripción más clara del deber práctico cotidiano no podría hacerse en nuestros días por el cristiano más instruido.

Las palabras del doctor de la ley son muy instructivas bajo dos puntos de vista. Aclaran mucho dos materias respecto a las cuales abundan muchos errores. Por una parte nos muestran cuan grandes eran los conocimientos religiosos de que gozaban los Judíos; en posesión del Antiguo Testamento, comparados con los del mundo pagano. Una nación que tenía principios tales como los de que venimos hablando, tenía una grandísima ventaja sobre Grecia y Roma. Por otra parte las palabras del doctor nos manifiestan que una persona puede poseer muchos conocimientos en tanto que su corazón está lleno de maldad. En el presente caso se nos describe a un hombre que hablaba de amar a Dios con toda su alma, de amar a su prójimo como a sí mismo, y al mismo tiempo estaba «tentando» a Cristo, y tratando de causarle daño, y deseando justificarse a sí mismo, y pretendiendo probar que era caritativo. Guardémonos siempre de esta clase de religión. Los conocimientos cuando van acompañados de la dureza de corazón son peligrosos al alma. «Si sabéis estas cosas,» dice Jesús, «bienaventurados sois si las hiciereis..

Al terminar este pasaje aceptemos y atesoremos el elevado modelo de deber que contiene, y examinemos nuestros corazones y nuestras conciencias. ¿Amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y todas nuestras fuerzas, y todo nuestro entendimiento? ¿Amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos? ¿Donde está la persona que podría decir con perfecta veracidad: «Sí»? ¿Donde el hombre que no tenga que guardar silencio al oír estas preguntas? ¡Todos somos en verdad culpables en esta materia! El más santo de los hombres está lejos de ser perfecto. Pasajes como este deben enseñarnos la necesidad que tenemos de la sangre y justicia de Cristo. a él hemos de acudir si queremos comparecer sin temor ante el tribunal de Dios. De El debemos impetrar gracia para que el amor hacia Dios y hacia el hombre llegue a ser el principio regulador de nuestras vidas. A él debemos permanecer unidos para que no olvidemos nuestros principios, y para que mostremos al mundo que esos son nuestros principios.

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