Lucas 10: Obreros para la cosecha

Sin embargo, no olvidemos jamás que la soberanía de Dios no destruye la responsabilidad del hombre. El mismo Dios que hace todas las cosas según la deliberación de su voluntad, nos habla como a criaturas responsables; como a seres cuya sangre caerá sobre sus cabezas si se condenan. No podemos comprender bien su modo de obrar. Solo vemos en parte y comprendemos en parte.

Tranquilicémonos con la convicción de que el día del juicio lo pondrá en claro, y que el Juez Universal no dejará de hacer justicia. Entre tanto, recordemos que los ofrecimientos de Dios tocante a la salvación, son gratuitos, amplios, claros, e ilimitados, y que «en nuestras acciones ha de obedecerse aquella voluntad Dios que tenemos declarada expresamente en las Sagradas Escrituras.» (Artículo 17 de la Iglesia de Inglaterra)Si la verdad ha sido ocultada a unos y revelada a otros, estemos seguros de que hay razón para ello.

Debemos notar, en tercer lugar, el carácter de aquellos a los que se oculta la verdad, y él de aquellos a quienes se revela. Nuestro Señor dijo: «Tú escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños..

Es menester que no deduzcamos de estas palabras una doctrina errada. No vayamos a inferir que algunas personas en la tierra son naturalmente más merecedoras que otras de la gracia y salvación de Dios. Todas son igualmente pecadoras, y no merecen otra cosa que ira y condenación. Las palabras en cuestión son simplemente la enunciación de un hecho. La sabiduría de este mundo frecuentemente torna orgullosos a los hombres y aumenta su natural enemistad al Evangelio de Cristo. El que no se gloría de su saber, o tiene decantada moral en que apoyarse, halla regularmente muy pocas dificultades que vencer para venir al conocimiento de la verdad. Los publicanos y pecadores son muchas veces los primeros que entran en el reino de Dios, en tanto que los Escribas y Fariseos se quedan afuera.

Guardémonos de creernos rectos del prescindiendo del auxilio divino. Nada nos ofusca tanto la vista espiritual para percibir la belleza del Evangelio como la idea presuntuosa e ilusoria, que no somos tan ignorantes ni tan malos como otros, y que hemos adquirido un carácter intachable. Feliz el que ha aprendido a reputarse como, «cuitado, y miserable, y pobre, y ciego, y desnudo.» Rev_3:17. Conocer que somos malos, es el primer paso para volvernos realmente buenos. Reconocer que somos ignorantes es el principio de toda la sabiduría que salva. Debemos notar, en cuarto lugar, la majestad y dignidad de nuestro Señor Jesucristo. Se nos refiere que dijo: «Todas las cosas me son entregadas de mi Padre; y nadie sabe quien sea el Hijo, sino el Padre; ni quien sea el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo le quisiere revelar..

Estas son las palabras de uno que era «verdadero Dios de verdadero Dios,» y no mero hombre. No se nos dice de ningún patriarca, profeta, o apóstol, o santo, de siglo alguno, que hubiera usado palabras semejantes a estas. Descubren a nuestros ojos asombrados algo de la majestad de la naturaleza y persona de Señor. Dánoslo a conocer como Jefe sobre todas las cosas Rey de reyes: «Todas las cosas me son entregadas de mi Padre. Dánoslo a conocer como distinto del Padre, y no obstante enteramente uno con él y conociéndolo de una manera que «Nadie sabe quien sea el Hijo, sino el Padre; ni quien es el Padre sino el Hijo.» Dánoslo también a conocer como al Poderoso Ser que ha revelado el Padre a los hijos de los hombres, como al Dios que perdona la iniquidad y ama a los pecadores por amor a su Hijo: « Nadie conoce quien sea el Padre sino el Hijo, y, a quien el Hijo le quisiere revelar..

Encomendemos sin temor nuestras almas a nuestro Señor Jesucristo. él es «poderoso para salvar.» Aunque nuestros pecados muchos y muy graves, Cristo puede llevarlos todos. Difícil es la obra de la salvación, Cristo puede efectuarla. Si Cristo no fuera Dios así como también hombre, podríamos ciertamente desesperar. Pero con tal Salvador podemos empezar nuestra vida cristiana sin temor, y continuar llenos de esperanza, y aguardar la muerte y el juicio sin temor.

«Nuestro socorro está puesto sobre valiente.» Psa_89:19. Cristo el Señor de todo, el Dios bendito por siempre, no faltará a ninguno que en él confíe.

Observemos, finalmente, cuales son los privilegios de que gozan los que oyen el Evangelio de Cristo. Nuestro Señor dijo a Sus discípulos: «Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.» Probablemente no será sino hasta el día del juicio que los cristianos comprenderán toda la significación de estas palabras. Acaso no tenemos sino una idea muy vaga de las inmensas ventajas gozadas por los creyentes que han vivido desde que Cristo vino al mundo, comparadas con las de los creyentes que murieron antes de que Cristo naciera. La distancia que media entre el conocimiento de un justo del Antiguo Testamento y un creyente del tiempo de los apóstoles es mucho mayor de lo que creemos. Es la diferencia que existe entre el crepúsculo y el mediodía, entre el invierno y el verano, entre el entendimiento de un niño y el de un hombre de edad madura. No hay duda que los santos del Antiguo Testamento esperaban con fe la venida de un Salvador, y creían en la resurrección y en la vida futura. Pero la venida y muerte de Cristo hizo inteligibles infinitos pasajes de la Escritura que antes eran ininteligibles, y aclaró puntos dudosos que nunca habían sido explicados. En resumen, « todavía no estaba patente el camino para el lugar Santísimo, entre tanto que el primer tabernáculo estuviese aún en pié.» Heb_9:8.

El cristiano más humilde comprende cosas que David e Isaías nunca pudieron explicar.

Terminemos este pasaje con un sentimiento profundo de nuestro reconocimiento a Dios, y de nuestra gran responsabilidad por habérsenos concedido la luz del Evangelio. Tratemos de hacer buen uso de nuestros privilegios.

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