Lucas 10: Obreros para la cosecha

Meditemos estas verdades y guardémonos de la incredulidad. No solo el pecado descubierto y la maldad notoria pierden las almas. Si solo permanecemos quietos sin hacer nada, cuando se nos urge con ahínco para que aceptemos el Evangelio, nos hallaremos un día en el abismo. No es necesario precipitarnos en los excesos de la licencia. No es necesario que nos opongamos a la verdadera religión. Basta solamente que permanezcamos fríos, descuidados, indiferentes, inmobles, e impasibles, para que seamos arrojados al infierno. Esto fue lo que causó la ruina de Corazin y de Betsaida. Y esto puede también causar la ruina de millares mientras el mundo exista. Ningún pecado hace menos ruido, pero ninguno pierde el alma con tanta certeza como la incredulidad.

Lo último que debemos percibir en estos versículos es él honor que el Señor confiere a sus fieles ministros. Se nota esto en las palabras con que concluyó los preceptos dirigidos a los setenta discípulos. Les dijo: «El que a vosotros oye, a mí oye, y el que a vosotros desecha a mí desecha; y el que a mí desecha, desecha al que me envió.

El lenguaje que aquí usa nuestro Señor es muy notable, y lo es más si tenemos presente que fue dirigido a los setenta discípulos, y no a los doce apóstoles.

La enseñanza que con tales palabras se propuso inculcar es clara e inequívoca. Los ministros han de ser considerados como mensajeros y embajadores enviados por Cristo a un mundo corrompido. En tanto que ellos cumplan fielmente con sus deberes, son acreedores al honor y respeto de los fieles por amor a su Maestro. Los que los desechan, desechan mayormente por ese acto a su Maestro. Los que no aceptan la salvación que proclaman, ofenden, más que a ellos, a su Rey. Cuando el rey de Ammon, agravió a los embajadores de David, se recibió el insulto como si hubiera sido irrogado al mismo David. 2Sa_11:19.

Acordémonos de estas cosas para que podemos formar una idea justa de la posición del ministro del Evangelio. En esta materia se cometen muchos errores.

Unos respetan al ministro con reverencia que raya en idolatría y superstición. Otros le miran con torpe desprecio. Ambos extremos deben evitarse. Ellos previenen de qué se olvida la enseñanza sencilla de la Escritura. E ministro que no cumple fielmente con sus deberes o no predica exactitud el Evangelio de Cristo, no tiene derecho a esperar que el pueblo lo respete. Pero las palabras del que declara los designios de Dios, y no calla nada que sea provechoso, no pueden menospreciarse sin gran pecado. Ese ministro está llenando la misión que le encomendó su Rey. Es un heraldo. Es un embajador, lleva en la mano la bandera blanca y trae proposiciones de paz. A tal ministro son estrictamente aplicables las palabras de nuestro Señor. Puede que sea hollado del rico, odiado del malo, injuriado del que ama los placeres, atacado del codicioso; mas puede consolarse diariamente con las palabras de su Maestro: «El que a vosotros desecha a mí desecha.» El día del juicio se probará que no en vano se pronunciaron estas palabras.

Lucas 10:17-20

Este pasaje enseña cuan dispuestos están los hombres a envanecerse con el éxito. Escrito está, que los setenta volvieron de su misión con gozo, diciendo: «Señor, aun los demonios se nos sujetan por tu nombre.» Había mucho de vanidad en ese gozo. Había evidentemente mucho de jactancia en esa relación de hazañas. Todo el tenor del pasaje nos lo da a entender. La expresión notable quo usó nuestro Señor tocante a la caída de Satanás del cielo, fue dicha probablemente con el fin de que sirviese de cautela. El penetró el corazón de los soldados jóvenes y faltos de experiencia que tenia delante; El vio cuánto se gloriaban de la primera victoria; reprimió su presunción indebida, y los previno contra el orgullo.

Esta es una lección que deben examinar y tener presente todos los que trabajen en la causa de Cristo. Todos los que trabajan fielmente en el campo del Evangelio desean buen éxito. El ministro en el interior y el misionero en el exterior, el visitador de distrito y el misionero de la ciudad, el repartidor de tratados y el maestro de escuela dominical, todos anhelan igualmente tener buen suceso. Todos desean ver el poder de Satanás echado por tierra y las almas se conviertan a Dios. Y de esto no hay que sorprenderse. El desearlo es bueno y justo. Sin embargo, es preciso no olvidar jamás, que el momento del triunfo es el del peligro para el alma del cristiano. Los mismos que se humillan cuando todo te apariencia de serles contrario, muchas veces se envanecen excesivamente en el día de la prosperidad. Pocos son como Sansón, que pueden matar un león sin contarlo a nadie. Jdg_14:6. Con razón, pues, S. Pablo dice del obispo, que no debe ser «neófito, porque hinchándose de orgullo caiga en la condenación del diablo.» 1Ti_3:6. La mayor parte de los obreros de Cristo obtienen probablemente el éxito que les es provechoso. Oremos mucho para que tengamos humildad, y especialmente en Nuestros días de paz y de prosperidad. Cuando todo lo que nos rodea sea parece prosperar, y todos nuestros planes salen bien–cuando las tribulaciones y enfermedades de la familia no nos afligen, y nuestros negocios presentan un aspecto halagüeño–cuando nuestros sufrimientos diarios son ligeros, y todo el horizonte se presenta sin nubes, entonces, ¡entonces es cuando nuestras almas están en peligro! Entonces es cuando es necesario que examinemos con más cuidado nuestros propios corazones. Entonces es cuando el demonio introduce en nuestros pechos semillas de mal que nos asombrarán algún día con la lozanía de las plantas que produzcan. Hay pocos cristianos que puedan llevar una copa rebosada con mano firme. Hay pocos que hagan progresos espirituales en los días que gozan de prosperidad no interrumpida. Estamos inclinados a creer que nuestra propia sabiduría ha alcanzado la victoria. Lo que este pasaje enseña no debe olvidarse jamás. En medio de nuestros triunfos exclamemos fervorosamente: «Señor, revístenos de humildad..

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