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Los discípulos se preparan para la Pascua

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Al final de la búsqueda, el dueño de la casa decía: Toda la levadura que haya en mi posesión, la que he visto y la que no he visto, quede anulada, y sea considerada como el polvo de la tierra.

Después, por la tarde, antes de que empezara el día de la Pascua, tenía lugar el sacrificio del cordero pascual. Toda la gente iba al templo. El adorador tenía que matar su propio cordero,haciendo así su propio sacrificio. Para los judíos, toda la sangre había de consagrarse a Dios, porque identificaban la sangre con la vida. Era muy natural, porque, si una persona o un animal se desangraba, se moría. Así que, en el Templo, el adorador mataba su propio cordero. Entre los adoradores y el altar había dos largas hileras de sacerdotes, cada uno con una vasija de oro o de plata. Cuando se hacía la incisión en el cuello del cordero, se ponía la sangre en una de esas vasijas, que se pasaba por toda la línea hasta que el sacerdote que estaba al final la echaba sobre el altar. El cadáver se depellejaba, se le extraían las entrañas y la grasa, porque era parte necesaria del sacrificio, y se le devolvía el cuerpo al adorador. Si las cifras de Josefo son verídicas, y se mataba más de un cuarto de millón de corderos, la escena en los atrios del Templo y la condición ensangrentada del altar casi uno no se los puede imaginar. El cordero se llevaba a la casa para asarlo. No se podía cocer. Nada lo debía tocar, ni siquiera los lados del cacharro en que se asaba. Había que asarlo en un fuego abierto de madera de granado. El asador atravesaba el cordero desde la boca al vientre, y el cordero tenía que asarse entero, sin quitarle ni la cabeza ni las patas ni el rabo.

La mesa misma tenía la forma de un cuadrado con un lado abierto. Era baja, y los comensales se reclinaban en sofás, apoyándose en el brazo izquierdo para dejarse libre el derecho para comer. Se necesitaban ciertas cosas, que eran las que los discípulos tenían que preparar.

(i) Estaba el cordero, para recordarles cómo sus casas habían sido protegidas por la señal de la sangre cuando el ángel de la muerte pasó por todo Egipto.

(ii) Estaba el pan sin levadura, que recordaba el que habían comido apresuradamente cuando salieron de la esclavitud.

(iii) Estaba el tazón de agua salada, para recordarles las lágrimas que habían derramado en Egipto y las aguas del mar Rojo por las que habían salido milagrosamente a la libertad.

(iv) Estaba una variedad de hierbas amargas -rábano, achicoria, endibia, lechuga, marrubio- para recordarles la amargura de la esclavitud de Egipto.

(v) Estaba una pasta llamada jaróshet, que era una mezcla de manzanas, dátiles, granadas y almendras, que les recordaba la arcilla de la que tenían que hacer los ladrillos en Egipto. Le ponían unos palitos de canela para recordarles la paja que contenían los ladrillos.

(vi) Había cuatro copas de vino. Las copas contenían un poco más de cuarto de litro de vino, pero se mezclaban tres partes de vino con dos de agua. Las cuatro copas, que se bebían en momentos determinados de la cena, eran para recordarles las cuatro promesas de Éxodo 6:6s: Yo os sacaré de debajo de las pesadas tareas de Egipto. Os libraré de su servidumbre. Os redimiré con brazo extendido y con gran justicia. Os tomaré como Mi pueblo y seré vuestro Dios.

Tales eran los preparativos que había que hacer para la Pascua. Cada detalle hablaba de aquel gran día de la liberación, cuando Dios sacó a Su pueblo de la esclavitud de Egipto. En esa fiesta, el Que redimió al mundo del pecado había de tomar Su última Cena con Sus discípulos.

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