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Los discípulos prohíben a otros usar el nombre de Jesús

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(iii) Debemos tener presente que cualquier doctrina o creencia se juzga a fin de cuentas por la clase de personas que produce. El doctor Chalmers lo expresó una vez concisamente: «¿A quién le importa lo más mínimo una iglesia si no es como instrumento de la bondad cristiana?» La cuestión tiene que ser siempre a fin de cuentas, no « ¿Cómo se gobierna una iglesia?» sino: « ¿Qué clase de personas produce?»

Hay una vieja fábula oriental, de un hombre que tenía un anillo mágico con un ópalo maravilloso, que hacía que el que lo llevaba puesto adquiriera un carácter tan dulce y sincero que todo el mundo le amaba. El anillo siempre se pasaba de padre a hijo, y siempre funcionaba. Con el paso del tiempo llegó a un padre que tenía tres hijos a los que amaba con un amor igual. ¿Qué podría hacer cuando llegara el momento de darle a uno solo el anillo? El padre hizo otros dos anillos exactamente iguales que el mágico de forma que nadie pudiera notar la diferencia. En su lecho de muerte llamó a cada uno de sus hijos, le dirigió unas palabras de amor y le entregó un anillo sin que los otros lo supieran. Cuando los tres hijos descubrieron que cada uno tenía un anillo surgió entre ellos una gran disputa en cuanto a cuál era el auténtico que podía hacer tanto por su dueño. Llevaron el caso a un juez sabio, que examinó los anillos y dijo: « No puedo decir cuál es el anillo mágico; pero vosotros mismos lo podéis comprobar.» « ¿Nosotros?» -preguntaron los tres, sorprendidos. « Sí -dijo el juez-, porque, si el anillo verdadero produce un carácter dulce al hombre que lo lleva puesto, entonces yo y toda la gente de la ciudad sabremos quién es el que posee el verdadero anillo por la bondad de su vida. Así que, marchaos cada uno a lo vuestro, y sed amables, sinceros, valientes, justos en vuestro trato, y el que viva así será el propietario del anillo verdadero.»

Aquí terminaba probablemente el cuento oriental; pero yo lo concluiría diciendo que los tres fueron tan igualmente sinceros y honrados y nobles que nadie supo nunca cuál era el que tenía el anillo original.

Nadie puede condenar creencias que le hacen a uno una buena persona. Si tenemos esto presente, seremos menos intolerantes.

(iv) Puede que odiemos las creencias de una persona, pero no debemos nunca odiar a la persona. Puede que quisiéramos eliminar lo que enseña, pero no debemos nunca querer eliminar al que lo enseña.

El trazó un círculo que me dejaba fuera y se puso a llamarme: « ¡Malvado, hereje, infiel!» Pero el amor y yo tuvimos la habilidad de ganar y trazamos un círculo que le incluyó a él.

Recompensas y castigos

El que os dé un vaso de agua sobre la base de que pertenecéis a Cristo, os aseguro que no se quedará sin su recompensa. Y el que le ponga un tropiezo en el camino a uno de estos pequeñitos que creen en Mí, mejor le fuera que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y le arrojaran al mar.
La enseñanza de este pasaje es sencilla e indiscutible y saludable.

(i) Declara que cualquier amabilidad que se tenga, cualquier ayuda que se otorgue a los que son de Cristo no quedará sin su recompensa. La razón de ayudar es que la persona necesitada pertenece a Jesús. Cualquier persona en necesidad tiene un derecho a nuestra atención, porque Le es querida a Cristo. Si Jesús estuviera todavía aquí corporalmente, ayudaría a esa persona de la manera más práctica, y ahora nos ha transferido a nosotros el deber de ayudarla. Nótese lo simple que es la ayuda. Lo que se da es un vaso de agua fresca. No se nos pide que hagamos grandes cosas por los demás, cosas que estén más allá de nuestras posibilidades. Se nos dice que demos las cosas sencillas que puede dar cualquiera.

Una misionera cuenta una historia preciosa. Le había contado a una clase de alumnos de primaria en África esto del vaso de agua fría en nombre de Jesús. Estaba la misionera sentada en su terraza, y vio que llegaba a la aldea una compañía de cargueros nativos con unos bultos muy pesados. Estaban cansados y sedientos, y se sentaron a descansar un poco. Eran de otra tribu, y si le hubieran pedido a los nativos corrientes no cristianos que les dieran agua les habrían contestado que se fueran a buscarla por sí mismos, porque existe una barrera entre las tribus. Pero mientras los hombres estaban sentados allí, cansados, la misionera vio salir de la escuela una fila de chiquillas africanas diminutas, llevando en sus cabecitas cántaros de agua. Tímida y vergonzosamente se fueron acercando a los cansados cargueros, se arrodillaron y les ofrecieron sus cantarillos de agua. Sin poder casi reponerse de la sorpresa, los cargueros tomaron los cántaros, y bebieron, y se los devolvieron, y las chiquillas echaron a correr hacia la misionera. «¡Les hemos dado a los hombres sedientos agua fresca -dijeron en nombre de Jesús!»

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