Los discípulos discuten sobre quién sería el más grande

Mientras los Doce siguieran pensando que el Reino de Jesús era de este mundo, era inevitable que se disputaran los puestos más altos. Hace mucho tiempo, el historiador inglés conocido como el venerable Beda sugirió que esta pelea surgió porque Jesús se había llevado a la cima del monte a Pedro, Santiago y Juan, y los otros estaban celosos. Jesús sabía lo que estaban pensando. Tomó a un chiquillo y le puso a su lado; es decir, en el lugar de máximo honor. Seguidamente les dijo que el que recibiera a un chiquillo, le recibía a Él, y el que le recibía a Él, recibía a Dios. ¿Qué quería decir? Los Doce eran los lugartenientes de Jesús; pero ese chico no ocupaba ninguna posición oficial. Jesús estaba diciendo: «Si estáis dispuestos a pasaros la vida sirviendo, ayudando y amando a personas que a los ojos del mundo no tienen ninguna importancia, estáis sirviéndome a mí y a Dios. Si estáis dispuestos a pasaros la vida haciendo cosas que parece que no tienen ninguna importancia, sin proponeros ser lo que el mundo llama grande, seréis grandes a los ojos de Dios.»

Hay muchos que están dispuestos a prestar servicios por razones falsas.

(i) Por el deseo de prestigio.

A. J. Cronin habla de cierta enfermera que conoció cuando era médico rural. Aquella mujer llevaba veinte años al servicio de un distrito de quince kilómetros a la redonda, ella sola. «A mí me admiraba su paciencia, su resistencia y su alegría. Nunca estaba demasiado cansada para levantarse a media noche cuando tenía una llamada urgente.

Ganaba el sueldo base, y una noche, a las tantas, después de un día especialmente agobiado, me atreví a preguntarle por qué no pedía que la pagaran más, porque Dios sabía que se lo merecía. Y me contestó que si Dios sabía que se lo merecía, eso era lo único que le importaba a ella.» No trabajaba para los hombres, sino para Dios; y cuando trabajamos para Dios, el prestigio es lo último que se nos ocurrirá pensar, porque sabemos que Él se lo merece todo.

(ii) Por el deseo de una posición. Si se le da a una persona una tarea o una posición o un puesto en la iglesia, debe considerarlo, no como un honor, sino como una responsabilidad. Hay quienes sirven en la iglesia, no pensando realmente en aquellos a los que sirven, sino en sí mismos. A cierto primer ministro inglés le estaban felicitando por su elección, y dijo: «Lo que necesito no son vuestras felicitaciones, sino vuestras oraciones.» El ser elegidos para un cargo es serlo para un servicio, no para
un honor.

(iii) Por el deseo de prominencia. Muchas personas están dispuestas a servir o a dar siempre que se les reconozca el servicio o la generosidad. Las instrucciones de Jesús son que no debemos dejar que nuestra mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Si damos o hacemos algo sólo para recibir algo para nosotros, eso no tiene ninguna gracia (Lucas 6:32-34).

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