Los discípulos discuten sobre quién sería el más grande

Sabemos que este es un mundo tentador; es por tanto el deber del cristiano quitar las piedras de tropiezo, nunca ser el causante de que aparezcan en el camino. de nadie. Esto quiere decir que no es solo un pecado poner una piedra de tropiezo en el camino de otro; también es pecado llevar a otra persona a una situación o circunstancia o ambiente en el que pueda encontrar una piedra de tropiezo. Ningún cristiano puede darse por satisfecho y en letargo en una civilización en la que las condiciones de vida y de hogar en que viven los jóvenes no les dejan posibilidad de escapar a las seducciones del pecado.

(iv) Por último, subraya la suprema importancia del niño: «Sus ángeles -dice Jesús- contemplan siempre el rostro de Mi Padre Que está en el Cielo.» En tiempos de Jesús, los judíos tenían uña angelología sumamente desarrollada. Cada nación tenía su ángel; cada fuerza natural, tal como el viento y el trueno y el rayo y la lluvia, tenía su ángel. Hasta llegaban a decir, muy poéticamente, que todas las hojas de hierba tenían su ángel. Así que creían que cada niño tenía su ángel de la guarda.

Decir que esos ángeles contemplaban el rostro de Dios en el Cielo quiere decir que siempre tenían el derecho de acceso directo a Dios. Se representa el Cielo como una gran corte real en la que solo los más favorecidos cortesanos y ministros y oficiales tienen acceso directo al Rey. A los ojos de Dios, los niños son tan importantes que sus ángeles de la guarda siempre tienen derecho de acceso directo a la presencia íntima de Dios.

Para nosotros, el gran valor de un niño depende siempre de las posibilidades que encierra. Todo depende de cómo se le enseñe y prepare. Las posibilidades puede que no se hagan realidad nunca; puede que se reduzcan o supriman; que lo que se podría haber usado para el bien se desvíe a los propósitos del mal; o que se desaten de tal manera que inunde la Tierra una nueva marea de poder. Allá por el siglo XI, el duque Roberto de Burgundia era uno de los grandes guerreros y de las grandes figuras caballerescas. Estaba a punto de emprender una campaña. Tenía un hijo que era su heredero; y, antes de partir, hizo que sus barones y nobles vinieran a jurar fidelidad al pequeño infante, en caso de que a él le sucediera algo. Llegaron con sus plumas ondulantes y el estruendo de sus cabalgaduras, y se arrodillaron ante el niño. Un gran barón se sonrió, y el duque Roberto le preguntó por qué, Él le contestó: «¡El niño es tan pequeñito!» « Sí -dijo el duque Roberto-, es pequeño, pero crecerá.» ¡Y vaya si creció! Porque aquel bebé llegó a ser Guillermo el Conquistador de Inglaterra.

En todo niño hay posibilidades ilimitadas para el bien o para el mala Es la suprema responsabilidad de los padres, de los maestros, de la Iglesia Cristiana, ver que se hagan realidad sus posibilidades dinámicas para el bien. Ahogarlas, dejarlas sin explorar, tergiversarlas al servicio del mal, es pecado.

Esto nos muestra claramente lo lejos que estaban los discípulos de comprender el verdadero significado del mesiazgo de Jesús. Les había dicho repetidas veces lo que Le esperaba en Jerusalén, y ellos estaban todavía pensando en Su Reino en términos terrenales, y en sí mismos como los principales ministros del estado. Quebranta el corazón el ver que Jesús iba hacia la Cruz, y Sus discípulos estaban discutiendo cuál de ellos sería el más importante.

Sin embargo, en lo más íntimo de su corazón, se daban cuenta de que no habían hecho bien. Cuando Jesús les preguntó lo que habían estado discutiendo, no se atrevieron a contestarle. Era el silencio de la vergüenza. No tenían defensa. Es curioso cómo una cosa ocupa su lugar y adquiere su verdadero carácter cuando se presenta a los ojos de Jesús. Mientras ellos creían que Jesús no los estaba escuchando y que no los veía, la discusión acerca de cuál de ellos sería el más importante les parecía perfectamente honrada; pero cuando se tenía que plantear en presencia de Jesús, se veía en toda su indignidad.

Si lo tomáramos todo, y lo presentáramos a la vista de Jesús, se producirían los cambios más grandes del mundo. Si preguntáramos acerca de todo lo que hacemos: « ¿Podría yo seguir haciendo esto si Jesús me estuviera mirando?» Si preguntáramos de todo lo que decimos: « ¿Seguiría yo hablando así si Jesús me estuviera escuchando?» Habría muchas cosas que estaríamos a salvo de hacer o decir. Y es un hecho para el cristiano que aquí no es cuestión de « si», sino que todas las obras se hacen en Su presencia. ¡Que Dios nos libre de decir las palabras y de hacer las obras que nos daría vergüenza que Él oyera o viera!

Jesús trató este asunto muy en serio. Se nos dice que Se sentó, y llamó a los Doce. Cuando un rabino tenía intención de enseñar como tal a sus discípulos, cuando estaba realmente haciendo un pronunciamiento, se sentaba. Ese es el origen de la expresión latina « ex cátedra.» Jesús adoptó deliberadamente la postura de un rabino que enseñara a sus discípulos con autoridad. Y, entonces les dijo que si buscaban la grandeza en Su Reino tenían que buscarla, no en ser los primeros, sino en ser los últimos; no en ser los amos, sino en ser los siervos de todos. No es que Jesús estuviera aboliendo la ambición. Más bien estaba recreándola y sublimándola. En lugar de la ambición de gobernar, Él puso la ambición de servir; en lugar de la ambición de que nos lo hagan todo puso la ambición de hacer cosas para los demás.

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