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Las viejas publicidades

Pastor Lionel

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Muchas veces creemos en el destino. Rezamos. Esperamos que las cosas pasen. Y nos olvidamos de lo más importante. Creer en nosotros mismos. Nos conformamos, en vez de arriesgarnos. Sin pensar que cada día que pasa, nunca volverá. Nada está escrito. Nada está hecho. Nada es imposible. Ni siquiera lo imposible. Todo depende de nuestra voluntad. De esa fuerza que nos sale de adentro. De decir “si, puedo” a cada desafío.

Tenemos el poder. Cuando estamos decididos, cuando estamos convencidos, cuando de verdad queremos algo, no hay obstáculo capaz de interponerse. Si queremos, podemos llegar más lejos. Si queremos, podemos llegar más alto. Si queremos, podemos hacer lo que sea. Solo hay que proponérselo. Simplemente, hagámoslo.

La piel se arruga. El pelo se vuelve blanco. Los días se convierten en años. Pero lo importante no cambia. Tu fuerza. Tu convicción. No tienen edad. Tu espíritu es el plumero de cualquier telaraña. Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida. Detrás de cada logro, un nuevo desafío. Mientras estés vivo. Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.

No vivas de fotos amarillas. Sigue aunque todos esperen que abandones. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti. Haz que en vez de lástima te tengan respeto. Cuando por los años no puedas correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa un bastón. Pero nunca te detengas. Simplemente, hazlo.

No hacen falta ojos para ver más allá. Basta con que cierres los párpados para que aparezcan tus ilusiones, tus esperanzas, tus motivos para luchar. Lo importante está en ti. Adentro. Esperando que te animes a mostrarlo. No te fijes en los demás. Haz lo que a ti te parezca, sin bajar la vista ante nadie. Tu voluntad puede transformar tus lágrimas en sudor, tu desgano en sacrificio, tu duda en convicción. Te permite pararte después de cada tropiezo, y hacer que tus problemas dejen de serlo.

Si no ves la fuerza que hay dentro tuyo, el que está ciego eres tú. Simplemente hazlo.

Pablo Carozo, autor de las líneas que preceden es ciego y poseedor del récord argentino de atletas no videntes en 100 y 200 metros.

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