La vida cristiana

… no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles, antes […] lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte. 1 Corintios 1:26–27 Hasta aquí hemos venido narrando la historia del cristianismo prestando especial atención a los conflictos entre la iglesia y el estado, así como a la labor teológica de los más distinguidos pensadores de la iglesia. Este método, sin embargo, presenta una dificultad: puesto que la mayoría de los documentos que se han conservado tratan acerca de la obra y el pensamiento de los jefes de la iglesia, corremos el riesgo de olvidarnos de la vida y el testimonio del común de los cristianos. Por tanto, conviene que nos detengamos a consignar algo de lo poco que sabemos acerca de las masas cristianas, así como del culto y de la vida cristiana cotidiana.

El origen social de los cristianos

Más arriba, hemos citado las palabras del pagano Celso acusando a los cristianos de ser gentes ignorantes cuya propaganda tenía lugar, no en las escuelas ni en los foros, sino en las cocinas, los talleres y las talabarterías. Aunque la obra de cristianos tales como Justino, Clemente y Orígenes parece darles un mentís a las palabras de Celso, el hecho es que, en términos generales, Celso decía verdad.

Los sabios entre los cristianos eran la excepción más bien que la regla. Y en su obra Contra Ceiso, Orígenes se cuida de no desmentir a su contrincante en este punto. Desde el punto de vista de paganos cultos tales como Tácito, Cornelio Frontón y Marco Aurelio, los cristianos eran una gentuza despreciable, sin educación ni cultura. En esto no se equivocaban los paganos, pues todo parece indicar que la mayoría de los cristianos de los primeros siglos pertenecía a las clases más bajas de la sociedad. Según el testimonio de los Evangelios, Jesús pasó la mayor parte de su ministerio entre pescadores, prostitutas e inválidos. El apóstol Pablo, que parece haber pertenecido a una clase social algo más elevada, dice sin embargo que la mayoría de los cristianos en Corinto eran gentes ignorantes, carentes de poder, y de linaje oscuro. Lo mismo es cierto a través de los tres primeros siglos de la vida de la iglesia. Aunque sabemos de algunos cristianos de alta clase social, tales como Domitila y Flavio Clemente en Roma, y Perpetua en Cartago, por cada uno de estos personajes parece haber habido centenares de cristianos de baja posición social. En su mayoría, los cristianos eran esclavos, carpinteros, albañiles o herreros.

En este medio se produjeron numerosos escritos y leyendas cuyo tono es muy distinto del de las obras de Justino y los demás eruditos cristianos. Se trata de toda una muchedumbre de evangelios apócrifos, y de “Hechos” de diversos apóstoles y de la Virgen, en los que se narran historias casi pueriles de milagros cuyo único propósito parece ser cautivar y deleitar la imaginación. Estos libros apócrifos no han de confundirse con los que produjeron los herejes para prestar apoyo a sus doctrinas. Aunque en algunos de ellos se hallan doctrinas heterodoxas, su propósito es más bien alimentar la fantasía de los crédulos. Así, por ejemplo, en uno de estos evangelios el niño Jesús se entretiene quebrando los cántaros que sus compañeros de juego traen al pozo, y luego cuando ellos lloran por haber perdido sus cántaros, y porque sus padres les castigarán, Jesús les ordena a las aguas que devuelvan los cantaros, los cuales son devueltos enteros. De igual modo, en otra ocasión, según el mismo evangelio apócrifo, Jesús le ordenó a un árbol alto que se doblegara, para él subirse sobre el árbol, y éste le obedeció y después se enderezó, como un camello que se echa para que el amo monte sobre él.

Pero todo esto no ha de hacernos despreciar la perspectiva de estos cristianos comunes. Al contrario, cuando comparamos esa perspectiva con la de algunos de los más distinguidos maestros de la iglesia, vemos que las gentes pobres e ignorantes poseían una comprensión más profunda de algunas de las verdades bíblicas. Así, por ejemplo, el Dios activo, soberano y justiciero que aparece en algunos de estos evangelios apócrifos se acerca mucho más al Dios de la Biblia que el Uno inefable y distante de Justino o de Clemente de Alejandría. De igual modo, mientras los grandes defensores del cristianismo se esforzaban por mostrarles a las autoridades que su fe no se oponía a la política imperial, hay indicios de que el común de los cristianos sí sabía que existía un conflicto insoluble entre los propósitos del Imperio y los propósitos de Dios. Cuando a uno de estos cristianos se le lleva ante las autoridades imperiales, las confronta negándose a reconocer la autoridad del emperador, y refiriéndose a Cristo como “mi Señor, el emperador de los reyes y de todas las naciones”. Por último, mientras algunos de los maestros cristianos tendían a espiritualizar excesivamente la esperanza cristiana, en la fe de estas gentes comunes persistía todavía la visión de un Reino de justicia que suplantaría al presente orden, de una nueva Jerusalén donde Dios enjugaría el llanto de los que ahora sufrían. En la próxima sección de esta historia, al tratar acerca del impacto de la conversión de Constantino, veremos que cuando la iglesia se volvió poderosa muchos de estos elementos fueron quedando relegados.

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