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La varita

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Habí­a una vez una mujer escocesa que modestamente se ganaba la vida con artí­culos de cerámica que vendí­a por los caminos de su paí­s.

Cada dí­a viajaba por los alrededores y cuando llegaba a una intersección tiraba una varita al aire. Del lado que cayera la varita le indicaba qué rumbo seguir. En una ocasión un anciano se atravesó en su camino al verle tirar la varita por tres veces consecutivas, finalmente le preguntó:

— ¿Por qué tira esa varita así­?
— Dejo que Dios me indique hacia dónde ir-respondió.
— Entonces, ¿por qué la tiró tres veces?-preguntó el anciano.
— Porque las primeras dos veces me señalaron malas direcciones-fue su respuesta.

El propósito fundamental de la oración no es que obtengamos lo que queremos, sino aprender a querer lo que Dios nos da. Pero eso nunca sucederá si no rendimos nuestra voluntad y nos colocamos en la agenda de Dios en lugar de la nuestra.

La persona cuya voluntad está rendida a Dios mantiene una relación con El como la que se describe en la parábola de la vid y los pámpanos. Dice: «Si permanecéis en mí­, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho» (Juan 15.7).

La rama depende de la vid y vive unida a ella. A su vez la vid le proporciona de todo lo que necesita, lo que trae como resultado frutos abundantes.

Escudrí­ñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí­ camino malo, y guí­ame en el camino eterno. Salmo 139: 23, 24.

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