La respuesta de la Iglesia: El Credo

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La respuesta de la Iglesia fue El Credo

LA RESPUESTA DE LA IGLESIA: EL CREDO
Otro de los modos en que la iglesia respondió al reto de los gnósticos y de Marción fue la formulación de lo que nosotros hoy llamamos el “Credo de los Apóstoles”. Aunque más tarde aparecieron leyendas y tradiciones en el sentido de que este credo había sido compuesto por los apóstoles al comenzar la misión a los gentiles, el hecho es que los orígenes del Credo no se remontan más allá de mediados del siglo segundo. Fue probablemente en Roma que primero apareció la fórmula que, tras alguna elaboración, vino a ser nuestro Credo. En esa época se le llamaba “símbolo de la fe”. La palabra “símbolo” no tenía entonces el sentido que tiene para nosotros, sino que se refería más bien a un medio de reconocimiento. Por ejemplo, si dos generales iban a separarse, tomaban una pieza de barro, la quebraban, y cada uno de ellos llevaba consigo un pedazo. Si mas tarde uno de los generales quería enviarle un mensaje a su colega, le daba su pedazo de barro al mensajero, que entonces podía identificarse porque su pedazo de barro encajaba perfectamente con el que tenía el otro general. A tales medios de reconocimiento se daba el nombre de “símbolos”. Luego, el “símbolo de la fe” era un medio para reconocer a aquellos cristianos que sostenían la verdadera fe, en medio de todo el maremagno de doctrinas que pretendían ser verdaderas.

Uno de los principales usos del “símbolo” era en el bautismo, cuando se le hacían al candidato tres preguntas, en las que encontramos, en forma interrogatorio, palabras que nos recuerdan nuestro Credo de hoy:

¿Crees en Dios Padre Todopoderoso? ¿Crees en Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que nació del Espíritu Santo y de María la virgen, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y murió, y se levantó de nuevo al tercer día, vivo de entre los muertos, y ascendió al cielo, y se sentó a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos? ¿Crees en el Espíritu Santo, la santa iglesia, y la resurrección de la carne?

Al leer estas palabras, dos cosas resultan claras. La primera es que el texto que estamos leyendo constituye el núcleo de lo que nosotros llamamos “Credo de los Apóstoles”. Tras añadirle algunas otras frases, aquel antiguo “símbolo de la fe” vino a ser nuestro Credo. La otra cosa que resulta clara es que este credo ha sido formado sobre la base de la fórmula trinitaria que se empleaba en el bautismo. Puesto que el candidato era bautizado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, se procedía ahora, para probar su ortodoxia, a hacerle una serie de preguntas acerca de su fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Pero si estudiamos más detenidamente el contenido de este credo nos percataremos de que sus palabras llevan el propósito de rechazar las doctrinas de los gnósticos y, sobre todo, de Marción. En primer lugar, el Padre recibe el título de “todopoderoso”. En el original griego esto quiere decir mucho más que “omnipotente”. El término griego que aquí se emplea es “pantokrator”, es decir, soberano o gobernador de todas las cosas. No hay realidad alguna que quede fuera del alcance del poder de este Padre. No se trata, como pretenden Marción y los gnósticos, de que haya dos realidades, una espiritual que sirve a Dios, y otra material que se le opone. Este mundo, con toda su materialidad, es parte de la creación que Dios gobierna. Y lo mismo ha de decirse acerca de nuestros cuerpos.

Si bien sobre el Padre sólo se dice que es “todopoderoso”, acerca del Hijo se dice mucho más. Esto se debe a que era precisamente en su cristología que los gnósticos y Marción contrastaban más radicalmente con la doctrina de la iglesia. Lo primero que el antiguo símbolo de la fe nos dice acerca de Cristo Jesús es que es “Hijo de Dios”. Otras versiones antiguas dicen “su Hijo”, como nuestro Credo actual. En todo caso, lo que se está subrayando aquí es que Jesucristo es hijo, no de otro Dios, sino del mismo Padre todopoderoso a que se refiere la primera cláusula. El nacimiento de “María la virgen” no está allí para subrayar el nacimiento virginal —aunque, naturalmente, tal nacimiento se incluye— sino más bien para asegurar el hecho de que Jesús nació, y no descendió del cielo ni apareció repentinamente como un hombre ya maduro, según pretendían varios de los herejes.

De igual modo, la referencia a Poncio Pilato no tiene el propósito de culpar al procurador romano por la crucifixión, sino más bien de darle una fecha concreta a lo que se está diciendo. Para algunos de los gnósticos, Jesús no era un ser histórico, sino un mito o alegoría universal. Por esa razón el Credo le pone fecha a la crucifixión: “bajo Poncio Pilato,’. De igual modo, para refutar el docetismo de los herejes, el Credo subraya que Jesús”fue crucificado […] Y murió, y se levantó de nuevo al tercer día, vivo de entre los muertos, y ascendió al cielo, y se sentó a la diestra del Padre”. Por último, refiriéndose todavía a Jesucristo, el Credo afirma que “vendrá a juzgar”. Aquí tenemos otra afirmación antimarcionita, puesto que Marción decía que el Dios y Padre de Jesucristo era un ser totalmente amoroso, que no juzgaba ni condenaba.

En la cláusula referente al Espíritu Santo, aparecen dos frases, ambas dirigidas contra los herejes. La primera es “la santa iglesia”. Como veremos en la próxima
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sección de este capítulo, la amenaza de las herejías llevó a la iglesia a subrayar su autoridad cada vez más. La iglesia era la que había recibido “el depósito de la fe”. La segunda frase es “la resurrección de la carne”. Según hemos dicho más arriba, muchos de los herejes pretendían que el cuerpo y todas las cosas físicas eran malos. Frente a tales opiniones, el antiguo credo romano —y también el nuestro— afirma que la esperanza cristiana no consiste en una vida puramente espiritual, sino que incluye la resurrección del cuerpo. En resumen, el origen de nuestro Credo se halla en las luchas contra las herejías que tuvieron lugar a mediados del siglo segundo. Naturalmente, el antiguo “símbolo de la fe” que hemos citado más arriba no es exactamente igual a nuestro Credo de los Apóstoles, pues a través de los siglos fueron añadiéndosele otras frases, hasta llegar a tener su forma presente. Pero la discusión del desarrollo posterior del Credo nos llevaría fuera de los límites cronológicos del presente capítulo.

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