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La puerta angosta

(iii) Hay una diferencia entre el camino disciplinado y el indisciplinado.

Nada se ha conseguido nunca sin disciplina, y muchos atletas y otras personas no han llegado a nada porque han abandonado la disciplina y se han ido ablandando. Coleridge es la suprema tragedia de la indisciplina. Nunca hubo una mente tan grande que produjera tan poco. Salió de la Universidad de Cambridge para irse al ejército; dejó el ejército porque, a pesar de su erudición, no sabía cepillar un caballo; volvió a Oxford, y salió sin ningún título. Empezó a publicar un periódico llamado The Watchman, que vivió diez números y murió. Se ha dicho de él: «Se perdía en visiones de trabajos que había que hacer, que siempre estaban por hacer. Coleridge tenía todos los dones de la poesía menos uno: el del esfuerzo mantenido y concentrado.» Tenía toda clase de libros en la mente, como él mismo decía: «Sólo a falta de escribirlos.» «Estoy en vísperas decía- de mandar a la imprenta dos volúmenes en octavo.» Pero los libros no existían nada más que en la mente de Coleridge, porque no podía someterse a la disciplina de sentarse a escribirlos. Nadie ha llegado nunca a la eminencia, y si la ha alcanzado no la ha mantenido, sin disciplina.

(iv) Hay una diferencia entre el camino meditado y el improvisado.

Aquí llegamos al corazón de la cuestión. Nadie tomaría el camino fácil, corto e indisciplinado… si simplemente se lo pensara un poco. Cualquier cosa de este mundo tiene dos aspectos: lo que parece al momento, y lo que parecerá en el tiempo por venir. El camino fácil puede que parezca muy seductor al momento, y el camino difícil, descorazonador. La única manera de tener claros nuestros valores es ver, no el principio, sino el fin del camino; ver las cosas, no a la luz del tiempo, sino de la eternidad.

Jesús declaró que la entrada en el Reino no es automática, sino el resultado y la recompensa de la lucha. «Vosotros haced el máximo esfuerzo para entrar», les dijo. En el original griego se usa aquí la palabra de la que deriva la castellana agonía. El esfuerzo que hay que hacer para entrar debe ser tan intenso que bien se puede describir como una agonía de alma y espíritu.

Corremos un cierto riesgo. Es fácil creer que, una vez que nos hemos entregado a Jesucristo, ya estamos dentro y nos podemos sentar tranquilamente como si hubiéramos llegado a la meta. No hay tal en la vida cristiana. Si uno no está avanzando continuamente es que está retrocediendo.

La vida cristiana es como una escalada en la que vamos siguiendo senderos hacia una cima que no se alcanza en este mundo.

De dos nobles escaladores que murieron en el Everest se dijo: «La última vez que se vieron iban hacia la cima.» En la tumba de un guía alpino que murió en una ladera se inscribió: «Murió escalando.» Para el cristiano la vida es un constante ir hacia adelante y hacia arriba.

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