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La pregunta sobre el ayuno

Pastor Lionel

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Los religiosos tienen una pasión por lo antiguo. Nada se mueve más despacio que una iglesia. El problema de los fariseos era que todo lo de Jesús era tan absolutamente nuevo que, sencillamente, no lo podían asimilar. La mente acaba perdiendo la flexibilidad para aceptar ideas nuevas. Jesús da dos ilustraciones: «No se puede poner un remiendo de paño nuevo a una ropa vieja ni vino nuevo en odres viejos -dijo-. «No dejes que sé te ponga la mente como un odre viejo. La gente dice del vino que lo añejo es mejor. Puede que lo sea en un momento dado, pero olvidan que es un error el despreciar el vino nuevo, porque llegará el día en que haya madurado y sea el mejor de todos.»
En este pasaje Jesús rechaza la mente cerrada y recomienda que no despreciemos lo nuevo sólo porque lo es.

(i) No debemos tener miedo a la libertad de pensamiento. Si creemos en el Espíritu Santo, debemos estar dispuestos para que Dios nos guíe a nuevas verdades.

Fosdick pregunta en alguna parte: «¿Cómo estaría la medicina si los médicos no pudieran usar nada más que las medicinas y las técnicas que se conocían hace trescientos años?» Y sin embargo, nuestros parámetros doctrinales son mucho más antiguos. El que propone algo nuevo siempre tiene que luchar. Tengamos cuidado con rechazar todo lo nuevo, porque podría querer decir que hemos perdido la elasticidad mental. No eludamos la aventura del pensamiento.

(iii) No debemos tener miedo de nuevos métodos. El que algo se haya hecho siempre puede que sea la mejor razón para dejar de hacerlo. El que algo no se ha hecho nunca puede que sea la mejor razón para intentarlo.

No hay negocio que marche con métodos anticuados -y sin embargo la iglesia sigue intentándolo. Cualquier negocio que hubiera perdido tantos clientes como la iglesia habría tratado de renovarse hace mucho -pero la iglesia sigue rechazando todo lo nuevo.
Una vez Rudyard Kipling vio al General Booth del Ejército de Salvación subir a bordo de un barco para una gira alrededor del mundo, y le hicieron la despedida al son de panderetas y otros instrumentos, cosa que no le hizo ninguna gracia al alma conservadora de Kipling. Más tarde, cuando llegó a conocer al General le dijo que no le hacían ninguna gracia las panderetas y todo eso; y Booth se le quedó mirando y le dijo: «Joven: si yo creyera que puedo ganar algún alma para Cristo haciendo el pino y tocando la pandereta con los pies, aprendería a hacerlo.» Hay un conservadurismo sabio y otro que no lo es. Tengamos cuidado de no ser tradicionalistas reaccionarios en el pensamiento o en la acción cuando debemos ser, como cristianos, intrépidos aventureros.

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