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La pregunta sobre el ayuno

Nadie tuvo jamás un don comparable al de Jesús descubrir y utilizar ilustraciones hogareñas. Una y otra encuentra en las cosas sencillas caminos e indicadores apuntan a Dios. No ha habido nadie tan experto en guiar «aquí y ahora» al «allí y entonces.» Para Jesús «la Tierra es henchida de Cielo.» Jesús vivía tan cerca de Dios que todo hablaba de Dios. Alguien ha dicho que los sábados por la tarde solía ir a dar un paseo por el campo con uno de los más famosos predicadores escoceses. Tenían largas conversaciones. Hablando de ellas después, decía: «De cualquier tema en que empezara nuestra conversación, él siempre encontraba el atajo que conducía a Dios.» Dondequiera que Jesús fijaba la mirada veía un destello de Dios.

Llega un momento cuando ya no se pueden seguir poniendo parches y hay que plantearlo todo de nuevo. En los tiempos de Lutero ya no era posible remendar más los abusos de la Iglesia Católica Romana. Había llegado el momento de la Reforma. En tiempos de John Wesley, por lo menos para él, el tiempo de remendar la Iglesia de Inglaterra había pasado. No quería salirse, pero al final tuvo que hacerlo, porque sólo una nueva manera de vivir la vida cristiana podía bastar. Puede ser que haya veces que tratemos de poner parches, cuando lo que se necesita es prescindir totalmente de lo viejo y aceptar totalmente lo nuevo.

Es fatalmente fácil plantarse en las cosas viejas. J. A Findlay cita el dicho de uno de sus amigos: «Cuando llegas a una conclusión, estás muerto.» Lo que quería decir era que cuando nuestras mentes se fijan y establecen y adoptan posturas inmovilistas, cuando se vuelven incapaces de aceptar nuevas verdades y de contemplar nuevas posibilidades, puede que estemos físicamente vivos, pero estamos mentalmente muertos. Conforme nos vamos haciendo más viejos, casi todos desarrollamos un rechazo instintivo de todo lo que es nuevo y no nos resulta familiar. Nos volvemos reacios a hacer cualquier ajuste en nuestros hábitos y formas de vida. Lesslie Newbigin, que estuvo implicado en las discusiones que dieron origen a la Iglesia Unida de la India del Sur, nos cuenta que una de las cosas que más detenían las cosas era que algunos no hacían más que preguntar: «Pero, si hacemos eso, ¿adónde vamos a parar?» Al final, alguien tenía que decir tajantemente: «El cristiano no tiene derecho a preguntar adónde va.» Abraham salió sin saber adónde iba: Por la fe, Abraham obedeció la orden de Dios de ir a una tierra que iba a recibir como herencia y salió sin saber ni siquiera dónde quedaba ese lugar. (Hebreos 11:8). Hay un gran versículo en ese mismo capítulo de Hebreos: «Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José y adoró apoyado sobre el extremo de su bastón» (Hebreos 11:21). Con el aliento de la muerte ya sobre él, el viejo viajero todavía tenía el bordón de peregrino en la mano. Hasta el fin del día, con el ocaso a la vista, seguía dispuesto a emprender el camino. Si vamos a ponernos de veras a la altura del desafío cristiano debemos conservar la mente aventurera. Yo recibí una vez una carta que terminaba: «Tu amigo de 83 años, todavía creciendo…» -Y con las inescrutables riquezas de Cristo por delante, ¿por qué no?

Lo que sorprendía y escandalizaba a los escribas y fariseos era que los seguidores de Jesús fueran tan normales. Collie Knox nos cuenta que una vez le dijo un muy querido capellán: «Joven Knox, no hagas de tu religión una agonía.» El judío religioso tenía la idea -que no ha muerto todavía del todo- de que para ser religioso uno tenía que pasárselo mal. Habían sistematizado las observancias religiosas. Ayunaban y a veces hasta lo consideraban un sacrificio: al ayunar, uno le estaba ofreciendo a Dios nada menos que su cuerpo. Y la oración también estaba reglamentada: se hacía a las 12 del mediodía, a las 3 y a las 6 de la tarde. Jesús estaba totalmente en contra de una religión así, y lo explica con una imagen de la vida real. Cuando se casaba una pareja en Palestina,; no se iban a otro sitio a pasar la luna de miel, sino que se quedaban en casa y tenían invitados toda la semana. Se ponían la mejor ropa que tenían; a veces, hasta se ponían coronas; esa semana eran los reyes, y su palabra era la ley. No volverían a tener una semana igual en toda una vida de trabajo.

(i) Es sumamente significativo que Jesús comparara la vida cristiana con una fiesta de bodas. La alegría debe ser la primera característica cristiana. Son demasiados los que creen que la religión los obliga a hacer todo lo que no quieren, y a no hacer lo que quieren. La risa se convierte en un pecado, en vez de -como la llamaba un famoso filósofo- «una gloria repentina.»

(ii) Al mismo tiempo Jesús sabía que llegaría el día en que el novio les sería arrebatado. La muerte no le pilló desprevenido. La cruz siempre estaba a la vista; pero aun en el camino de la cruz no le faltó el gozo que nadie le podía quitar: el gozo de la presencia de Dios.

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