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La madre y los hermanos de Jesús

No es difícil ver que, por lo menos durante la vida de Jesús, su familia no estaba de acuerdo con Él. En Mateo 10:36: …de modo que los enemigos de cada cual serán sus propios parientes., Jesús les advierte a sus seguidores que los enemigos de uno pueden muy bien ser los de su propia familia, cosa que parecía estar diciendo por propia y amarga experiencia.

Hay en este pasaje una gran verdad práctica. Es posible que uno se encuentre más próximo a los que no son sus parientes que a su propia familia. Lo que relaciona más profundamente a las personas puede no ser la consanguinidad, sino la mente y el corazón; el tener propósitos, principios e intereses comunes, y un objetivo común en la vida constituyen el verdadero parentesco.

Recordemos la definición del Reino de Dios que hemos deducido: es una sociedad en la Tierra en la que la voluntad de Dios se realiza tan perfectamente como en el Cielo. Lo más sublime de Jesús es que Él es el único ser humano que ha conseguido tener su voluntad en perfecta armonía con la de Dios. Por tanto, todos los que tienen como suprema finalidad en la vida el hacer coincidir su voluntad con la voluntad de Dios son los verdaderos parientes de Jesús. A veces se dice que «todos somos hijos de Dios», lo cual es cierto en un sentido real y precioso, porque Dios ama al santo y al pecador; pero la más profunda cualidad de hijos está condicionada éticamente: es cuando una persona pone su voluntad en armonía con la de Dios con la ayuda del Espíritu Santo cuando llega a ser verdaderamente un hijo o una hija de Dios.

Los estoicos enseñaban que esa es la única manera de ser felices en esta vida. Tenían la convicción de que todo lo que sucede -alegría o tristeza, triunfo o desastre, pérdida o ganancia, sol o sombra- es la voluntad de Dios. Cuando uno se niega a aceptarla es como si se diera de cabezazos contra los muros del universo, y no cosecha más que problemas y dolor de corazón. Cuando uno se dirige a Dios en su corazón y dice: «Haz conmigo lo que quieras», ha encontrado el camino de la felicidad.

De aquí se deducen dos cosas.

(i) Hay una lealtad que sobrepasa todas las lealtades terrenales; hay algo que tiene prioridad sobre las cosas más queridas de la Tierra.

En este sentido, Jesucristo es un señor exigente, porque no está dispuesto a compartir el corazón humano con nada ni con nadie. El amor es por fuerza exclusivo: no podemos amar nada más que a una persona a la vez, ni. servir más que a un señor a la vez.

(ii) Eso es duro; pero tiene esta maravillosa consecuencia: cuando nos entregamos totalmente a Cristo, entramos a formar parte de una familia cuyas fronteras abarcan toda la Tierra, lo cual es algo que compensa con creces todas las pérdidas que se hayan de sufrir.

Como dice el himno de _ John Oxenham que tradujo doña Juanita R. de Balloch: Ni Oriente ni Occidente hay – en Cristo, y su bondad abarca con su amor y paz – la entera humanidad. En Dios, los fieles al Señor – su comunión tendrán, y con los lazos del amor – el mundo rodearán. ¡De razas no haya distinción, – obreros de la fe! EL que cual hijo sirve a Dios, – hermano nuestro es. Oriente y Occidente en Él – se encuentran, y su amor las almas une por la fe – en santa comunión.

El que busca, por medio de Jesucristo, la voluntad de Dios, ha entrado en una familia que incluye a todos «los santos de la Tierra y los del Cielo.»

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