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La huida a Egipto

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Cuando ya los sabios se habían ido, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, tomó al niño y a su madre, y salió con ellos de noche camino de Egipto, donde estuvieron hasta que murió Herodes. Esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi Hijo. Mateo 2:13-15

No debemos perder de vista que Egipto había sido una casa de esclavitud para Israel, y particularmente cruel para los infantes de Israel; pero va a ser un lugar de refugio para el santo niño Jesús. Cuando a Dios agrada, puede hacer que el peor de los lugares sirva al mejor de los propósitos. Esta fue una prueba de la fe de José y María. Pero la fe de ellos, siendo probada, fue hallada firme. Si nosotros y nuestros infantes estamos en problemas en cualquier tiempo, recordemos los apremios en que estuvo Cristo cuando era un infante.

El mundo antiguo no ponía en duda que Dios mandara Sus mensajes a los hombres en sueños. Así es que José fue advertido en un sueño para que huyera a Egipto para escapar de las intenciones asesinas de Herodes. La huida a Egipto era totalmente natural. A menudo, a lo largo de los siglos turbulentos que precedieron a la venida de Jesús, cuando algún peligro o alguna tiranía o alguna persecución les hacían la vida insoportable a los judíos, buscaban refugio en Egipto. El resultado fue que en todas las ciudades de Egipto había una colonia de judíos; y en la ciudad de Alejandría había de hecho más de un millón de judíos, y algunos de sus distritos estaban ocupados exclusivamente por ellos. José, en su hora de peligro, hizo lo que muchos judíos habían hecho antes; y cuando José y María llegaron a Egipto, no se encontrarían totalmente entre extranjeros, porque en todos los pueblos y ciudades encontrarían a judíos que se habían refugiado allí.

Es un hecho interesante que en días posteriores los enemigos del Cristianismo y los enemigos de Jesús solían atribuir a Su estancia en Egipto el origen de muchas cosas de las que Le calumniaban. Egipto era proverbialmente la tierra de la brujería y de la magia. El Talmud dice: «Diez medidas de brujería descendieron al mundo; Egipto recibió nueve, y el resto del mundo la otra.» Así que los enemigos de Jesús pretendían que había sido en Egipto donde Jesús había aprendido la magia y la brujería que Le permitieron hacer milagros y engañar a la gente.

Cuando el filósofo pagano Celso dirigió su ataque contra el Cristianismo en el siglo III, ataque al que resistió, sin dar muestras de cobardía, a las calamidades o peligros y derrotó Orígenes, dijo que Jesús se había criado como un hijo ilegítimo, que alquiló sus servicios en Egipto, que adquirió el conocimiento de ciertos poderes milagrosos, y volvió a su propio país para usarlos proclamándose Dios (Orígenes: Contra Celso 1: 38). Un cierto rabino, Eliezer ben Hyrcanus, dijo que Jesús tenía todas las fórmulas mágicas necesarias tatuadas en el cuerpo para no olvidarlas. Tales eran las calumnias que mentes retorcidas conectaban con la huida a Egipto; pero son obviamente absurdas, porque Jesús llegó a Egipto cuando era un bebé y era un chico pequeño cuando volvió.

Dos de las más preciosas leyendas relacionadas con el Nuevo Testamento están conectadas con la huida a Egipto. La primera es acerca del ladrón penitente, al que le llaman Dimas, y nos cuenta la historia como sigue.

Cuando José y María iban con el Niño hacia Egipto, fueron asaltados por unos ladrones. Uno de sus jefes quería matarlos inmediatamente para robar su reducido equipaje. Pero algo acerca del Niño Jesús penetró en el corazón de Dimas, que era uno de aquellos ladrones. Él impidió que se les hiciera algún daño a Jesús y a Sus padres. Miró a Jesús y Le dijo: «¡Oh, el más bendito de los niños! Si alguna vez llega el momento de tener misericordia de mí, acuérdate de mí y no olvides esta hora.» Y la leyenda dice que Jesús y Dimas se encontraron otra vez en el Calvario, y Dimas encontró en la cruz el perdón y la misericordia para su alma y la seguridad de la Salvación.

Una variante de esta leyenda es aún mejor conocida en España, porque se encuentra en el «Libro de los Tres Reyes de Oriente», una joyita de los orígenes de la literatura española. Cuenta esta variante que, cuando iba huyendo de Belén a Egipto la Sagrada Familia, fue apresada por dos bandoleros; el uno era cruel, y quería matar al Niño Jesús; y el otro, compasivo, que le salvó la vida e invitó a la Sagrada Familia a pasar la noche en su cueva. La mujer de este «buen ladrón» le cuenta a María que tiene un hijito recién nacido que está leproso. María le baña en la misma agua en la que ha bañado a Jesús, y el niño queda sano y limpio. Pasado el tiempo, en el Calvario, el hijo del ladrón alevoso muere a la izquierda de Jesús, y el del compasivo a la derecha, y este fue el que pasó a la historia de la Iglesia sencillamente como «el buen ladrón», aunque diversas tradiciones le llamaron Dimas, Dismas o Dimsas.

La otra leyenda es una historia de niños, pero muy encantadora. Cuando José y María y Jesús iban de camino a Egipto, cuenta la historia, a la caída de la tarde estaban cansados, y se refugiaron en una cueva. Hacía mucho frío, tanto que el suelo estaba blanco de escarcha. Una arañuela vio al bebé Jesús y quiso hacer algo para que estuviera calientito aquella fría noche. Lo único que sabía hacer era tejer telas de araña; así es que eso fue lo que hizo: urdió su tela a través de la entrada de la cueva para hacer, como si dijéramos, una cortina. Por el sendero llegaba un destacamento de soldados buscando niños para matarlos en cumplimiento a la sangrienta orden de Herodes. Cuando llegaron a la cueva estuvieron a punto de entrar violentamente; pero su capitán notó la tela de araña, cubierta de escarcha, que cerraba la entrada de la cueva. «Fijaos -dijo- en esa tela de araña. Está intacta y no puede haber nadie en la cueva, porque cualquiera que hubiera entrado la habría roto.» Así que los soldados pasaron, y dejaron a la Sagrada Familia en paz, gracias a que una arañuela había tejido su red en la entrada de la cueva. Y esa, por así decirlo, es la razón de que hasta este día pongamos hilillos luminosos de plata en nuestros árboles de Navidad, que representan la tela de la araña, blanca de escarcha, que se extendía de un lado a otro de la entrada de la cueva de la huida a Egipto. Es una historia preciosa; y por lo menos contiene una gran verdad: Que no hay don que Jesús reciba que se olvide nunca.

Las últimas palabras de este pasaje nos introducen en una costumbre que es característica de Mateo. El vio en la huida a Egipto el cumplimiento del dicho de Oseas. Lo cita en esta forma: «He llamado a mi hijo para que saliera de Egipto.» Es una cita de Oseas 11:1, que dice: «Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo.»

Está claro que, en su forma original, este dicho de Oseas no tenía nada que ver con Jesús ni con la huida a Egipto. No era más que una simple afirmación de la manera como Dios había librado a la nación de Israel de la esclavitud y de la opresión en tierra de Egipto.

Veremos una y otra vez que esto es típico del uso que hace Mateo del Antiguo Testamento. Está dispuesto a usar como una profecía acerca de Jesús cualquier texto que pueda encajar verbalmente, aunque originalmente no tuviera nada que ver con el tema en cuestión, ni nunca se supusiera que tuviera nada que ver con ello. Mateo sabía que casi la única manera de convencer a los judíos de que Jesús era el prometido Ungido de Dios era demostrar que en Él se cumplieron las profecías del Antiguo Testamento. Y en su ansiedad por llevarlo a cabo encuentra profecías en el Antiguo Testamento que nunca se pretendió que lo fueran. Cuando leemos un pasaje como este debemos recordar que, aunque nos parece extraño e inconclusivo, llamaría la atención de aquellos para quienes Mateo estaba escribiendo.

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