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La defensa de la fe

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Mi propósito no es lisonjearos […] sino requerir que juzguéis a los cristianos según el justo proceso de investigación. Justino Mártir

Justo González– Durante todo el siglo segundo y buena parte del tercero no hubo una persecución sistemática contra los cristianos. Ser cristiano era ilícito; pero sólo se castigaba cuando por alguna razón los cristianos eran llevados ante los tribunales. La persecución y el martirio pendían constantemente sobre los cristianos, como una espada de Damocles.

Pero el que esa espada cayera sobre sus cabezas o no, dependía de las circunstancias del momento, y sobre todo de la buena voluntad de las gentes. Si por alguna razón alguien quería destruir a algún cristiano, todo lo que tenía que hacer era llevarle ante los tribunales. Tal parece haber sido el caso de Justino, acusado por su rival Crescente. En otras ocasiones, como en el martirio de los cristianos de Lión y Viena, era el populacho el que, instigado por toda clase de rumores acerca de los cristianos, exigía que se les prendiera y castigara.

En tales circunstancias, los cristianos se veían en la necesidad de hacer cuanto estuviera a su alcance por disipar los rumores y las falsas acusaciones que circulaban acerca de sus creencias y de sus prácticas. Si lograban que sus conciudadanos tuvieran un concepto más elevado de la fe cristiana, aunque no llegaran a convencerles, al menos lograrían disminuir la amenaza de la persecución. A esta tarea se dedicaron algunos de los más hábiles pensadores y escritores entre los cristianos, a quienes se da el nombre de “apologistas”, es decir, defensores. Y algunos de los argumentos en pro de la fe cristiana que aquellos apologistas emplearon han seguido utilizándose en defensa de la fe a través de los siglos.

Empero, antes de pasar a exponer algo de la obra de los apologistas, es necesario que nos detengamos a resumir los rumores y acusaciones de que eran objeto los cristianos, y que los apologistas intentaron refutar.

Las acusaciones contra los cristianos

Lo que se decía acerca de los cristianos puede clasificarse bajo dos categorías: los rumores populares y las críticas por parte de gentes cultas. Los rumores populares se basaban generalmente en algo que los paganos oían decir o veían hacer a los cristianos, y entonces lo interpretaban erróneamente. Así, por ejemplo, los cristianos se reunían todas las semanas para celebrar una comida a la que frecuentemente llamaban “fiesta de amor”. Esa comida era celebrada en privado, y sólo eran admitidos quienes habían sido iniciados en la fe, es decir, bautizados. Además, los cristianos se llamaban “hermanos” entre sí, y no escaseaban los casos de hombres y mujeres que decían estar casados con sus “hermanos” y “hermanas”. Sobre la base de estos hechos, se fueron tejiendo rumores cada vez más exagerados, y muchos llegaron a creer que los cristianos se reunían para celebrar una orgía en la que se daban uniones incestuosas.

Según se decía, los cristianos comían y bebían hasta emborracharse, y entonces apagaban las luces y daban rienda suelta a sus pasiones. El resultado era que muchos se unían sexualmente a sus parientes más cercanos.

También sobre la base de la comunión surgió otro rumor. Puesto que los cristianos hablaban de comer la carne de Cristo, y puesto que también hablaban del niño que había nacido en un pesebre, algunos entre los paganos llegaron a creer que lo que los cristianos hacían era que escondían un niño recién nacido dentro de un pan, y lo colocaban ante una persona que deseaba hacerse cristiana. Los cristianos entonces le ordenaban al neófito que cortara el pan, y luego devoraban el cuerpo todavía palpitante del niño. El neófito, que se había hecho partícipe de tal crimen, quedaba así comprometido a guardar el secreto.

Otra extraña opinión que algunos sostenían era que los cristianos adoraban a un asno crucificado. Desde algún tiempo antes, se había dicho que los judíos adoraban a un asno.

Ahora comenzó a transferirse esa opinión a los cristianos, a quienes se hacía entonces objeto de burla.

Todas estas ideas —y otras muchas— que circulaban acerca de los cristianos eran a todas luces falsas, y para refutarlas los cristianos no tenían más que señalar hacia su propia vida y conducta, cuyos principios eran mucho más estrictos que los de los paganos.

Pero había otras acusaciones que se hacían contra los cristianos, no ya por el vulgo mal informado, sino por personas cultas, muchas de las cuales conocían algo de las doctrinas cristianas. Bajo diversas formas, todas estas acusaciones podían resumirse en una: los cristianos eran gentes ignorantes cuyas doctrinas, predicadas bajo un barniz de sabiduría, eran en realidad necias y contradictorias. Por lo general, ésta era la actitud que adoptaban los paganos cultos y de buena posición social, para quienes los cristianos eran una gentuza despreciable.

En época de Marco Aurelio, un autor erudito de quien sólo sabemos que se llamaba Celso compuso contra los cristianos un tratado que llamó “La palabra verdadera”. Allí Celso expresa el sentimiento de quienes, como él, se consideraban sabios y refinados:

En algunas casas privadas nos encontramos con gente que trabaja con lana y con trapos, y a zapateros, es decir, a las gentes más incultas e ignorantes. Delante de los jefes de familia, esta gente no se atreve a decir palabra. Pero tan pronto como logran apartarse con los niños de la casa, o con algunas mujeres tan ignorantes como ellos, empiezan a decirles maravillas. […] Los que de veras quieran saber la verdad, que dejen a sus maestros y a sus padres, y que vayan con las mujeres y los chiquillos a las habitaciones de las mujeres, o al taller del zapatero, o a la talabartería, y allí aprenderán la vida perfecta. Es así como estos cristianos encuentran quien les crea (Orígenes, Contra Celso, 3:55).

Por la misma época, Cornelio Frontón, que había sido maestro de Marco Aurelio, compuso otro ataque contra los cristianos que desafortunadamente se ha perdido. Sin embargo, es posible que el autor cristiano Minucio Félix esté citando la obra de Frontón al poner en labios de un pagano las siguientes palabras: Si os queda un ápice de sabiduría o de vergüenza, dejad de investigar lo que sucede en las regiones celestiales, y los destinos y secretos del mundo. Basta con que miréis dónde ponéis los pies, sobre todo a gentes como vosotros, sin educación ni cultura, sino rústicas y rudas (Octavio, 12).

Luego, la enemistad contra los cristianos, que muchas veces pretendía basarse sólo en cuestiones de religión y doctrinas, también tenía mucho que ver con prejuicios de clase. Las personas supuestamente refinadas no podían ver con buenos ojos que esa gentezuela, pobre e inculta, pretendiera conocer una verdad que ellas no conocían.

En todo caso, las gentes cultas atacaban al cristianismo diciendo ante todo que era una religión de bárbaros. Buena parte de lo que los cristianos enseñaban no había sido descubierto por los griegos ni por los romanos, sino por el inculto pueblo judío, cuyos supuestos sabios nunca se elevaron a la altura de los filósofos griegos. Y lo poco de bueno que pueda encontrarse en las Escrituras de los judíos se debe probablemente a que fue copiado de los griegos.

Además —siguen diciendo las gentes como Celso, Frontón y otros— el Dios de los judíos y cristianos es un Dios ridículo. Por una parte dicen que es omnipotente, y que es el ser supremo que se encuentra por encima de todo. Pero por otra parte le describen como un ser curioso, que se inmiscuye en todos los asuntos humanos, que está en todas las casas viendo lo que se dice y hasta lo que se cocina. Ese modo de concebir la divinidad es una sinrazón. O bien se trata de un ser omnipotente, por encima de todos los otros seres, y por tanto apartado de este mundo; o bien se trata de un ser curioso y entremetido, para quien las nimiedades humanas resultan interesantes. En todo caso, sea cual fuere este Dios de los cristianos, el hecho es que su culto destruye la fibra misma de la sociedad, pues hace que quienes lo siguen se abstengan de toda clase de actividades sociales, so pretexto de que participar en ellas sería adorar a dioses que no existen. Pero, si en verdad tales dioses no existen, ¿por qué temerles? ¿Por qué no participar de su culto junto a la gente sensata, aun cuando uno no crea en ellos? El hecho parece ser que los cristianos, que dicen que los dioses paganos son falsos, sin embargo siguen temiendo a esos dioses.

En cuanto a Jesús, basta recordar que fue un malhechor condenado por las autoridades romanas. Celso llega hasta a decir que era hijo ilegítimo de María con un soldado romano. Si de veras era Dios o Hijo de Dios, ¿por qué permitió que le crucificaran? ¿Por qué no hizo que cayeran muertos sus enemigos? ¿Por qué no desapareció cuando iban a clavarle al madero? Y suponiendo que de hecho Dios vino a la tierra en Jesús, pregunta Celso:

¿De qué puede servir tal visita de Dios a la tierra? ¿Será quizá para averiguar lo que pasa entre los seres humanos? ¿No lo sabe él todo? ¿O será que lo sabe, pero no puede corregirlo si no viene él en persona a hacerlo? (Contra Celso, 4 2).

Por último, estos cristianos andan predicando y creyendo que han de resucitar. Es sobre la base de esa fe que se enfrentan al martirio con una obstinación casi increíble. Pero no es cosa de gentes sensatas dejar esta vida, que es cosa segura, por otra vida supuestamente superior, que en el mejor de los casos es cosa dudosa.

Y eso de la resurrección es el colmo de las necedades cristianas. ¿Cómo han de resucitar aquéllos cuyos cuerpos han sido destruidos por fuego, o devorados por los peces o las fieras? ¿Irá Dios por todo el mundo recogiendo y uniendo los pedazos de cada cuerpo? ¿Cómo se las arreglará Dios, en el caso de aquellas porciones de materia que han pertenecido primero a un cuerpo, y después a otro? ¿Se las adjudicará a su primer dueño? En tal caso, ¿quedará un hueco en el cuerpo resucitado del dueño posterior?

Como vemos, todas estas observaciones, comentarios y preguntas se dirigían al corazón mismo de la fe cristiana. No se trataba ya de rumores infundados acerca de orgías incestuosas, ni de prácticas de canibalismo, sino que se trataba más bien de las doctrinas mismas del cristianismo. A tales burlas y ataques no se podía responder con una mera negación. Era necesario más bien ofrecer argumentos sólidos que respondiesen a las objeciones que se planteaban. Tal fue la obra de los apologistas.

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