Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

La aurora de la Conciencia, Jesús va al Templo

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y así, cuando Jesús cumplió doce años, fueron allá todos ellos, como era costumbre en esa fiesta. Pero pasados aquellos días, cuando volvían a casa, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres se dieran cuenta. Pensando que Jesús iba entre la gente, hicieron un día de camino; pero luego, al buscarlo entre los parientes y conocidos, no lo encontraron. Así que regresaron a Jerusalén para buscarlo allí. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando sus padres lo vieron, se sorprendieron; y su madre le dijo: –Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia. Jesús les contestó: –¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no entendieron lo que les decía. Entonces volvió con ellos a Nazaret, donde vivió obedeciéndolos en todo. Su madre guardaba todo esto en su corazón. y Jesús seguía creciendo en sabiduría y estatura, y gozaba del favor de Dios y de los hombres. Lucas 2:41-52

Este es un pasaje muy importante de los evangelios. La ley establecía que todo judío adulto que viviera a no más de veinticinco kilómetros de Jerusalén tenía que asistir a la Pascua. De hecho, todos los judíos que vivían más lejos querían ir a la fiesta por lo menos una vez en la vida.

Un joven judío alcanzaba la mayoría de edad a los doce años. Entonces llegaba a ser hijo de la ley, y tenía que cumplir todas las obligaciones que imponía la ley. Es posible que Jesús fuera entonces a Jerusalén por primera vez. Podemos figurarnos la impresión que le harían la santa ciudad, el templo y todas las ceremonias sagradas. Cuando sus padres iniciaron la vuelta, Jesús se quedó atrás. No fue por descuido por lo que no le echaron de menos. Lo corriente era que las mujeres de la caravana se pusieran en camino bastante antes que los hombres, porque iban más despacio. Los hombres salían después, y las alcanzaban donde habían decidido pasar la noche. Esta era probablemente la primera Pascua de Jesús, y lo más probable es que José pensara que estaba con María, y viceversa, así es que no se dieron cuenta de que faltaba hasta que llegaron al campamento de la tarde.

Como no le encontraron entre los parientes y vecinos, se volvieron a Jerusalén. En el tiempo de la Pascua el sanedrín tenía costumbre de reunirse en los atrios del templo para discutir cuestiones teológicas en presencia de todos los que quisieran escuchar. Y fue allí donde encontraron a Jesús sus padres. No se trataba de un niño precoz que dejaba apabullados con su inteligencia a los más sabios. Escuchar y hacer preguntas era la manera en que los judíos expresaban la relación de los alumnos que aprendían de sus maestros. Jesús estaba escuchando las discusiones y mostrando mucho interés en conocer y comprender, como ávido estudiante.

Y ahora viene uno de los pasajes clave de la vida de Jesús. María le dijo: «Tu padre y yo hemos estado muy preocupados, buscándote por todas partes.» «¿Por qué tuvisteis que buscarme? -contestó Jesús-. ¿Es que no sabíais que estaría en la casa de mi Padre?» Fijémonos con cuánta cortesía, pero también con cuánta claridad Jesús toma el nombre de padre que María ha usado refiriéndose a José, y se lo aplica a Dios. En algún momento Jesús tiene que haber descubierto su relación única y exclusiva con Dios. No podía saberlo cuando era un bebé acostado en el pesebre, o en los brazos de su madre. Pero conforme avanzaban los años, Jesús pensaría; y en aquella primera Pascua, en la aurora de la mayoría de edad, manifestó que ya se había dado cuenta de que era el Hijo de Dios en un sentido único y exclusivo.

En este relato podemos ver que Jesús ya sabía quién era. Pero, fijémonos en que el descubrimiento no le hizo orgulloso, ni mirar por encima del hombro a sus humildes padres terrenales, la gentil María y el laborioso José. «Jesús volvió con ellos a Nazaret, y los obedecía en todo.» El hecho de ser el Hijo de Dios le hizo ser el hijo perfecto de sus padres humanos. El verdadero hombre de Dios no desprecia los lazos terrenales, sino que precisamente porque es un hombre de Dios cumple sus deberes humanos con una fidelidad suprema.

Los años de entremedias

Antes de continuar hay algo que haremos bien en tener en cuenta. Hemos terminado con Jesús como un chico; los próximos datos ofrecidos por la Biblia nos presentan a Jesús como un hombre de treinta años. Es decir, hay treinta años de silencio. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Qué sucedió en esos años de silencio? Jesús vino al mundo para ser el Salvador del mundo, y pasó treinta años sin salir de los límites de Galilea excepto para ir a Jerusalén para la Pascua. Murió cuando tenía treinta y tres años, y de ellos pasó treinta, de los que no sabemos casi nada, en Nazaret. Para decirlo de otra manera, diez onceavas partes de la vida de Jesús transcurrieron en Nazaret. ¿Qué pasaba entonces?

(i) Jesús fue creciendo y haciéndose un joven, y luego un hombre, en un buen hogar; y no puede haber mejor principio que ese para una vida.

J. S. Blackie, el famoso profesor de Edimburgo, dijo una vez en público: «Quiero dar gracias a Dios por la buena casta, por así decirlo, que heredé de mis padres para el negocio de la vida.» George Herbert dijo una vez: «Una buena madre vale como cien maestras.» Así pasaban los años para Jesús, silenciosamente modelándole en el círculo de un buen hogar.

(ii) Jesús estaba cumpliendo los deberes que corresponden al hijo mayor. Parece muy probable que José muriera antes de que toda la familia fuera mayor de edad. Puede que ya fuera mucho mayor que María cuando se casaron. En la historia de la fiesta de bodas de Caná de Galilea no se menciona a José, aunque María sí estaba allí; y es natural suponer que José habría muerto.

Así es que Jesús pasó a ser el artesano del pueblo de Nazaret para mantener a Su Madre y a Sus hermanos menores. Todo un mundo Le estaba esperando y llamando, y, sin embargo, antes de acudir, tuvo que cumplir con Su obligación para con Su familia y hogar.

Cuando murió la madre de Sir James Barrie, este pudo escribir: «Puedo mirar atrás, y no puedo descubrir la menor cosa que dejara sin hacer.» Ahí se encuentra la felicidad. Es gracias a los que aceptan los deberes más sencillos con fidelidad y sin refunfuñar como se va edificando el mundo.

Uno de los grandes ejemplos de esto fue el gran médico Sir James Y. Simpson, el descubridor del cloroformo. Venía de un hogar pobre. Un día, su madre le puso en sus rodillas y empezó a zurcirle los calcetines. Cuando terminó, miró su minucioso trabajo, y le dijo: « Mi Jamie, acuérdate cuando tu madre se haya ido de que era una gran zurcidora.» Jamie (el diminutivo de James) era «el chaval listo», « la cajita de sesos», y su familia lo sabía. Tenían sus sueños para él. Su hermano Sandy decía: «Ya me figuraba yo que sería famoso algún día.» Y así, sin envidia y con generosidad, sus hermanos trabajaban en el taller a sus tareas para que el chaval pudiera ir a la universidad y tener una oportunidad. No habría habido un Sir James Simpson si no hubiera sido por gente humilde y generosa dispuesta a hacer cosas sencillas y negarse a sí mismos para que el chico listo tuviera una oportunidad.

Jesús es el gran ejemplo del que aceptó los sencillos deberes de una familia.

(iii) Jesús estaba aprendiendo lo que es ser un obrero. Estaba aprendiendo lo que costaba ganarse la vida, ahorrar para comida y ropa, y puede que a veces algún extra; tratar con el cliente crítico y difícil de complacer, y con el moroso. Si Jesús había de ayudar a los hombres, tenía que empezar por saber cómo era la vida de la gente. No vino a una vida protegida y almohadillada, sino a la que cualquier hombre tenía que vivir. Tenía que hacerlo para llegar a comprender la vida de la gente normal y corriente.

Hay una historia famosa de María Antonieta, la reina de Francia, en los días cuando se estaba fraguando la Revolución Francesa por todo el país antes de estallar. La gente se moría de hambre; el gentío se amotinaba. La reina preguntó la causa de todo el jaleo, y se le dijo: «No tienen pan.» «¡Pues que coman bollos!» -contestó. La idea de una vida sin abundancia no le entraba en la cabeza.

Jesús trabajó en Nazaret todos esos años de silencio a fin de poder conocer por propia experiencia cómo es nuestra vida; y para, comprendiéndolo, poder ayudarnos.

(iv) Jesús estaba cumpliendo fielmente en el trabajo menos importante antes de que se Le confiara el más importante. El gran hecho es que, si Jesús hubiera fallado en los deberes menores, la tarea impresionante de ser el Salvador del mundo no se Le habría podido confiar a Él. Fue fiel en lo poco para encargarse de lo mucho. No debemos olvidar nunca que en los deberes cotidianos de la vida hacemos o deshacemos un destino, y ganamos o perdemos una corona.

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

El Alpinista

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación, pero quería la gloria para él sólo, por lo tanto

Artículo Completo

El valor de la Cooperación.

Obligada por la sed Una hormiga bajó a un manantial,y arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse. Viéndola en esta emergencia una paloma,desprendió de un

Artículo Completo