La araña y las telarañas de mi vida

Los cristianos a veces tenemos los sentimientos confundidos acerca de nuestros pecados. Tenemos miedo de ser dañados por nuestros pecados, y queremos ser perdonados. Pero no estamos seguros de querer librarnos de ellos ya ahora.

Un hombre me dijo que tiene un mal hábito que está estorbando su comunión con Dios y que daña su testimonio cristiano. Dice que ruega que Dios le perdone por su adicción, pero no lo deja. Me recuerda al hombre del antiguo relato que a menudo iba al frente de la iglesia y se arrodillaba ante el altar y oraba: «Señor, quita las telarañas de mi vida» Un domingo su pastor, cansado de oí­r la misma vieja oración, se arrodilló al lado de él y clamó: «¡Señor, mata la araña!»

Si, a veces es necesaria una acción radical para romper un hábito pecaminoso. Tenemos que hacer más que pedirle a Dios limpieza cada vez que sucumbimos a la tentación, por importante que esto sea. También tenemos que pedir a Dios que nos ayude a tomar los pasos necesarios para mantener las telarañas fuera de nuestras vidas. Tenemos que aborrecer nuestros pecados, confesar nuestra esclavitud al mismo, y decidir terminar con ellos. Luego tenemos que llenar nuestras mentes con buenos pensamientos y mantenernos apartados de la gente y de los lugares asociados con  nuestros pecados. Esto es lo que Cristo querí­a decir cuando dijo: «Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo»… Matar la araña impide que se acumulen las telarañas.

La admisión del pecado no es suficiente: Es preciso abandonarlo

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