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Juan 8: Miseria y misericordia

Pastor Lionel

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Tampoco ninguno de los padres antiguos de la Iglesia parece haber sabido nada de ella. Nunca la comentan, y ni siquiera la mencionan. Orígenes, Crisóstomo, Teodoro de Mopsuestia y Cirilo de Alejandría, entre los griegos, no la mencionan. El primer comentarista griego que hace referencia a ella es Eutimio Zigabeno, c. 1118 d C., y hasta él dice que no se encuentra en los mejores manuscritos.

Entonces, ¿de dónde ha salido esta historia? No cabe duda

de que Jerónimo sí la conocía en el siglo IV, porque la incluyó en la Vulgata. Sabemos que Agustín y Ambrosio también la conocían, y la comentaron. Y está en todos los manuscritos tardíos, aunque hay que hacer notar que su posición varía considerablemente: en algunos manuscritos aparece al final del evangelio de Juan, y en otros se inserta detrás de Luk_21:38 .

Pero podemos remontarnos todavía más. Se cita en un libro del siglo III d C. que se llama Las Constituciones Apostólicas, donde se da como advertencia a los obispos demasiado severos. Eusebio, el historiador de la Iglesia, dice que Papías cuenta una historia «de una mujer que fue acusada de muchos pecados ante el Señor,» y Papías vivió poco después del año 100 d C.

Así es que aquí tenemos los Hechos. La historia se puede remontar hasta principios del siglo II d C. Cuando Jerónimo tradujo la Vulgata, la introdujo sin cuestión. Los manuscritos tardíos y medievales la contienen. Y, sin embargo, ninguno de los manuscritos considerados mejores la incluye. Ninguno de los grandes padres griegos la menciona siquiera; pero algunos de los grandes padres latinos sí la conocían y la citan.

¿Cómo se puede explicar todo esto? No tenemos por qué tener miedo de tener que prescindir de esta historia maravillosa; porque es suficiente garantía de su autenticidad el que podamos trazar su antigüedad hasta casi el año 100 d C. Pero sí necesitamos alguna explicación del hecho de que ninguno de los grandes manuscritos la incluya. Los traductores al inglés Moffatt, Weymouth y Rieu la incluyen entre corchetes, como hace el Nuevo Testamento Griego, y otros la ponen como nota a pie de página, en letra más pequeña.

Agustín hace una sugerencia. Dice que esta historia se quitó del texto del evangelio porque «algunos tenían una fe débil» y «para evitar escándalos.» No lo podemos asegurar, pero es posible que, en los primeros tiempos, los que editaron el texto del Nuevo Testamento creyeron que esta era una historia peligrosa, una justificación de una postura menos severa en relación con el adulterio; y, por tanto, la omitieron. Después de todo, la Iglesia Cristiana era una islita rodeada por el mar del paganismo. Sus miembros estaban en peligro de retroceder a una forma de vida en la que la castidad era desconocida, y estaban expuestos al contagio del paganismo. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, el peligro se hizo menos grave y temible, y la historia, que había seguido circulando oralmente y que estaba en uno de los manuscritos, volvió a su sitio.

Es probable que no esté en el sitio que le correspondía, y que la insertaron aquí para ilustrar el dicho de Jesús: «Yo no juzgo a nadie» (Joh_8:15 ). A pesar de las dudas de los traductores modernos, y a pesar de que los manuscritos más antiguos no la tienen, podemos estar seguros de que es una historia auténtica de Jesús -aunque tan llena de gracia que, durante mucho tiempo, a muchos de la Iglesia les daba miedo contarla.

LA LUZ QUE NO RECONOCIERON

Juan 8:12-20

Entonces Jesús siguió diciéndoles:

-Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.

Los fariseos le contestaron:

-Tu das testimonio acerca de ti mismo. Tu testimonio no es válido.

Aunque es verdad que doy testimonio de mí mismo -les contestó Jesús-, Mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y adónde voy. Vosotros sois los que no lo sabéis, y basáis vuestro juicio en criterios puramente humanos. Yo no juzgo a nadie. Pero, si emitiera un juicio, mi juicio sería verdadero, porque no estoy solo, sino que estamos unidos en el juicio Yo y el Padre que me envió; y está escrito en vuestra ley que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio acerca de mí mismo, y el Padre que me envió también da testimonio acerca de mí.

-¿Dónde está tu Padre? -le preguntaron.

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