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Juan 8: Miseria y misericordia

Creyendo, pues, firmemente que el diablo existe, velemos, oremos y luchemos á fin de ser librados de sus tentaciones. Aunque es fuerte, hay un Ser más fuerte que él: el Ser que dijo á Pedro que había orado por él para que no le faltara la fe, y que intercede constantemente á la diestra de Dios. Encomendémosle á él nuestras almas. Existiendo como existe el diablo, no es de sorprendernos que abunde el mal en el mundo; mas teniendo á Cristo de nuestra parte no hay por qué temer. Escrito está: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros.” “El Dios de paz quebrantará presto á Satanás debajo de vuestros pies.” Jam_4:7; Rom_16:20.

Juan 8:48-59

En este pasaje debemos observar, primeramente, qué de injurias y de blasfemias lanzaron á nuestro Señor sus adversarios. He aquí un ejemplo: “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano y que tienes demonio?” Reducidos al silencio en el campo de la discusión, esos hombres perversos apelaron á los insultos. El enojo y el estilo difamante son señales seguras de derrota.

La diatriba, los insultos, los dicterios son armas favoritas del diablo. Cuando otros medios de hacer la guerra encallan, excita á sus siervos para que zahieran de palabra. Mucho a la verdad es lo que, en todo tiempo, los siervos de Dios han tenido que sufrir de boca de sus gratuitos enemigos. Estos han circulado calumnias acerca de ellos, han inventado cuentos acerca de su conducta y los han trasmitido con rapidez. No debemos, pues, sorprendernos de que David dijera: “Jehová, escapa mi alma del labio mentiroso, de la lengua engañosa.” Psa_122:2.

El día de hoy el cristiano no debe sorprenderse de que se le haga víctima de la calumnia. La naturaleza humana jamás cambia. Mientras siga él en el camino ancho, sirviendo al mundo, poco se dirá en contra suya. Mas luego que tome la cruz y siga á Jesucristo, no hay mentira que peque de monstruosa para que unos la digan contra él y otros la crean. Tócale á él sobrellevar todo con paciencia, y no quejarse ó enojarse. Cuando Jesucristo fue maldecido “no tornaba á maldecir.” 1Pe_2:23. Que el cristiano haga lo mismo.

Debemos observar, en segundo lugar, con qué palabras tan misericordiosas infunde ánimo nuestro Señor á su pueblo creyente. Helas aquí: “De cierto, de cierto os digo, que el que guardare mi palabra no verá muerte para siempre.”
Por supuesto que estas palabras no significan que los verdaderos cristianos no han de morir jamás. Bien al contrario, todos sabemos que tienen que descender al sepulcro y atravesar el río de la muerte lo mismo que los demás hombres. Lo que sí significan las palabras citadas es que no tendrán que pasar por la segunda muerte—esa condenación eterna en el infierno de la cual la primera muerte es un débil emblema. Rev_21:8. Y también significan que para el verdadero cristiano la primera muerte será despojada de su aguijón. Acaso sus carnes se sequen y en sus huesos sufra dolores agudos; pero no será abatido por el triste convencimiento de que sus pecados no han sido perdonados. Ese es el más terrible sufrimiento de los moribundos, pero el cristiano triunfará sobre él “por el Señor nuestro Jesucristo.” 1Co_15:57.
No olvidemos que esa valiosa promesa ha sido hecha solo al que guardare la palabra de Jesucristo. Los términos en que está concebida no pueden, en manera alguna, aplicarse al que es cristiano solo en el nombre, y que ni sabe por experiencia ni quiere saber lo que es el Evangelio. Escrito está: “El que venciere no será dañado de la segunda muerte.” Rev_2:11.

Debemos observar en este pasaje, en tercer lugar, cuan caros conocimientos poseía Abrahán acerca de Cristo. Nuestro Señor dijo á los judíos: “Abrahán vuestro padre se regocijó por ver mi día; y lo vio, y se regocijó.”
Cuando nuestro Señor pronunció estas palabras hacia ya 1850 años que Abrahán había muerto. ¡Y sin embargo, se nos dice que él vio el día del Mesías! ¡He aquí, á la verdad, una maravilla! No obstante, así sucedió. No solo es cierto que vio Abrahán á nuestro Señor y habló con él cuando apareció en la llanura de Mamré la víspera de la destrucción de Sodoma (Gen_18:1), sino que por medio de la fe dirigió hacia el porvenir sus miradas y vio la encarnación del Salvador, y al contemplarla se regocijó. Que mucho do lo que vio fue confusamente, como al través de oscuro prisma, no hay que dudarlo. Ni es necesario suponer que hubiera podido explicar las distintas fases de la sublime escena del Calvario. Pero no tenemos razón para vacilar en creer que viera al través de los siglos un Redentor, cuyo advenimiento llenaría, al fin, de alegría á toda la tierra.

Debemos observar, por último, da qué manera tan clara afirmó nuestro Señor su propia preexistencia. Á los judíos dijo: “Antes que Abrahán fuese, yo soy.’“’

Es innegable que estas palabras expresan una verdad profundísima. Más si el lenguaje humano tiene significación alguna, ellas nos enseñan que nuestro Señor Jesucristo existió largo tiempo antes de venir al mundo. Fue antes de Abrahán; existió antes de que el hombre fuese creado.

Profundas como son dichas palabras, son al propio tiempo muy consoladoras, pues dejan comprender cual es la longitud, el ancho y el espesor de ese gran cimiento en que se manda á los pecadores estribar sus esperanzas. Aquel á quien el Evangelio nos exhorta á acudir para que obtengamos el perdón de nuestros pecados no es mero hombre. No es nada menos que el mismo Dios, y puede por lo tanto salvar á todos los que ocurren á éL Nuestro Señor Jesucristo es el verdadero Dios, y nuestra vida eterna está segura.

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