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Juan 8: Miseria y misericordia

Pastor Lionel

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(i) Puede que quisiera sencillamente ganar tiempo y no dar una respuesta precipitada. En ese breve momento puede que estuviera pensándose la cuestión, y presentándosela a Dios.

(ii) Algunos manuscritos añaden: «Como si no los hubiera oído.» Puede que Jesús obligara deliberadamente a los escribas y fariseos a repetir la acusación, para que se dieran cuenta del sadismo que encerraba.

(iii) Seeley, en Ecce Homo, hace una sugerencia interesante. «Jesús se sentía oprimido por un intolerable sentimiento de vergüenza ajena. No podía enfrentarse con la mirada de la multitud, ni con la de los acusadores, ni mucho menos con la de la mujer… En su ardiente perplejidad y confusión se dobló hacia la tierra para ocultar su rostro, y empezó a escribir en el suelo con el dedo.» Puede que el gesto impúdico y lujurioso en los rostros de los escribas y fariseos, y la frígida crueldad de sus ojos, la curiosidad salaz de la multitud, la vergüenza de la mujer, todo se combinó para estrujarle el corazón a Jesús de agonía y piedad, y tuvo que esconder la mirada.

(iv) Con mucho la sugerencia más interesante surge de ciertos manuscritos tardíos. En la traducción Armenia leemos: «Él mismo, inclinando la cabeza, estaba escribiendo con el dedo en la tierra para declarar los pecados de ellos; y ellos estaban viendo sus diversos pecados en las piedras.» Lo que se sugiere es que Jesús estaba escribiendo en la tierra los pecados de los mismísimos hombres que habían acusado a la mujer. Puede que fuera eso. La palabra griega normal para escribir es grafein; pero aquí se usa katagrafein, que puede querer decir redactar un informe contra alguien. (Uno de los sentidos de kata es contra). En Job_13:26 , Job dice: «¿Por qué escribes (katagrafein) contra mí amarguras?» Puede ser que Jesús estuviera confrontando a aquellos sádicos autosuficientes con el informe de sus propios pecados.

Fuera como fuera, los escribas y fariseos seguían reclamando una respuesta, y la recibieron. Jesús les dijo: «¡Está bien! ¡Apedreadla! ¡Pero que el que de vosotros esté sin pecado sea el que tire la primera piedra!» Bien puede ser que la palabra para sin pecado (anamartétos) quiera decir, no sin pecado, sino sin deseo pecaminoso. Jesús estaba diciendo: «Sí, la podéis apedrear; pero sólo si nunca habéis deseado cometer vosotros el mismo pecado.» Se hizo el silencio y, lentamente, los acusadores fueron desapareciendo.

Y quedaron solos Jesús y la mujer. Como expresó Agustín: «Quedaron solos una gran miseria y una gran misericordia.» (Las palabras en cursiva, que son las que usa Agustín en el original, son iguales en latín y en español). Jesús dijo a la mujer: «¿Note ha condenado nadie?» «Nadie, Señor» -contestó ella. Y Jesús le dijo-: «Entonces, Yo tampoco te voy a sentenciar ahora. Ve, y empieza tu vida de nuevo, y no peques más.»

MISERIA Y MISERICORDIA

Este pasaje nos presenta dos cosas en relación con la actitud de los escribas y fariseos.

(i) Nos presenta su concepción de la autoridad. Los escribas y fariseos eran los expertos legales de su tiempo. Para ellos, los problemas se resolvían con una decisión. Está claro que, para ellos, la autoridad era característicamente crítica, censora y condenatoria. El que la autoridad se basara en la compasión, el que su objetivo pudiera ser restaurar al criminal y al pecador, eran cosas que no les cabían en la cabeza. Concebían que su función les daba el derecho de estar por encima de todos los demás como severos guardianes, para detectar cualquier desliz o desviación de la ley, y lanzarse sobre los culpables con un castigo salvaje e implacable; nunca se les ocurría pensar que su autoridad supusiera la obligación de rehabilitar al ofensor.

Todavía hay quienes consideran una posición de autoridad como un derecho a condenar y un deber de castigar. Creen que una autoridad como la que ellos tienen les da el derecho de ser los perros guardianes morales y de despedazar al pecador. Pero toda autoridad se cimenta en la compasión. Cuando George Whitefield vio a un criminal que iba camino de la horca, pronunció su famosa frase: «Ese sería yo, si no fuera por la gracia de Dios.»

El primer deber de la autoridad es hacer lo posible por comprender la fuerza de las tentaciones que indujeron al pecador a pecar, y la seducción de las circunstancias que le presentaron el pecado tan atractivo. Ninguna persona puede juzgar a otra a menos que por lo menos trate de comprender lo que la otra ha pasado. El segundo deber de la autoridad es tratar de rehabilitar al culpable. Una autoridad que no se propone nada más que castigar la infracción de la ley está en un error; cualquier autoridad que, en el ejercicio de sus funciones, conduce al culpable o a la desesperación o al resentimiento, ha fracasado. La misión de la autoridad no es desterrar al pecador de toda sociedad decente, y menos borrarle por completo, sino hacer que sea una buena persona. El que está en autoridad debe ser como un buen médico: su único deseo debe ser sanar.

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