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Juan 7: El tiempo del hombre y el de Dios

Estamos también muy propensos, por otra parte, a engañarnos con lo que en la apariencia es malo. Reputamos a algunos hombres como si no fueran verdaderos cristianos a causa de haberles notado algunos defectos o inconsecuencias. Menester es recordar, que los mejores hombres no dejan de ser criaturas humanas, y que los santos (hombres justos) más eminentes están sujetos a la tentación, sin dejar por ello de ser santos. De que notemos algo de malo en la superficie no vayamos a concluir que todo es censurable. El hombre más piadoso puede desgraciadamente caer en el pecado por algún tiempo y, sin embargo, la gracia que posee en su corazón puede al fin salir triunfante. ¿Es aquel hombre religioso, generalmente hablando? Entonces, cuando caiga, suspendamos nuestro juicio, y no dejemos de esperar que se reforme. “Juzguemos justo juicio.”

En todo caso, procuremos ser justos en los juicios que formemos acerca de nosotros mismos. Precavámonos de formar opiniones erróneas acerca de nuestro propio carácter. En eso, por lo menos, procedamos con equidad, justicia e imparcialidad. No nos lisonjeemos con la idea de que somos sin mancha porque sin mancha aparecemos ante los ojos de los demás hombres. No olvidemos que “Jehová ve el corazón.” 1Sa_16:7. Juzguémonos, pues, a nosotros mismos con rectitud, y acusémonos mientras vivamos, no sea que el Señor nos juzgue en el último día y nos condene para siempre. 1Co_11:31.

Jua 7:25-36

En estos versículos se nos da a conocer cuan tenaz era la ceguedad moral de los judíos incrédulos. Después de haber negado estos que nuestro Señor era el Mesías, se defendían con las siguientes palabras: “Mas este, nosotros sabemos de dónde es; empero, cuando viniere el Cristo nadie sabrá de dónde sea.” Y sin embargo, en ambas aserciones estaban errados.

Estaban errados en afirmar que sabían de dónde venia nuestro Señor. Ellos quisieron decir, sin duda, que nuestro Señor había nacido en Nazaret, era vecino de esa ciudad y, por lo tanto, Galileo. No obstante, lo que había de cierto era que nuestro Señor había nacido en Belén, que era miembro legítimo de la tribu de Judá, y que su madre y José eran de la casa y del linaje de David. Es imposible creer que los judíos no habrían podido enterarse de eso si se hubieran tomado la molestia de hacer las debidas indagaciones. Es un hecho notorio que su raza conservaba con esmerado cuidado todas las genealogías e historias de familia. Su ignorancia, por lo tanto, era inexcusable.

Errados estaban también en decir que nadie sabía de dónde vendría el Cristo. Había una profecía que era bien conocida de toda su nación, relativamente al hecho de que el Cristo vendría de la ciudad de Belén. Mic_5:2; Mat_2:5; Joh_7:43. Seria un absurdo suponer que ellos habían olvidado esa profecía. Más según parece, no tuvieron por conveniente recordarla en aquel entonces. La memoria del hombre, por desgracia, está muchas veces sujeta a su capricho.

El apóstol Pedro dice de ciertos hombres, en una de sus epístolas, que “ignoran voluntariamente.” 2Pe_3:5. Y no sin razón escribió él esas palabras. Esa ignorancia es un mal espiritual en extremo pernicioso y dolorosamente común entre el género humano. Millares de hombres hay el día de hoy que son tan ciegos, a su modo, como los judíos, y que cierran los ojos ante las doctrinas y hechos más claros del Cristianismo. Simulan no entender, y dicen que por lo tanto no pueden creer las doctrinas que se les presentan como necesarias para la salvación. Mas ¡ay! en la mayor parte de los casos, todo ha de atribuirse a una ignorancia voluntaria. No creen lo que no es de su agrado. No quieren leer, ni oír, ni investigar, ni pensar, ni preguntar sinceramente a fin de hallar la verdad. ¿Es, pues, de admirarse, que tales personas sean ignorantes? Cierto y exacto, a la verdad, es aquel proverbio inglés: “No hay peores ciegos que los que no quieren ver.”

También se nos da a conocer en estos versículos cómo la mano de Dios domina los movimientos de todos sus adversarios. Los judíos incrédulos “procuraban prender a nuestro Señor; mas ninguno metió sobre él la mano, porque aun no había venido su hora.” Tenían voluntad de hacerle daño, pero un poder invisible, emanado de lo alto, se lo impedía.

Esas palabras contienen una verdad preciosa y profunda, puesto que demuestran claramente que nuestro Señor se sometió a todos los sufrimientos que le sobrevinieron, de su propia y libre voluntad. No fue porque no pudiera evitarlo que ascendió a la cruz. No fue porque no pudiera impedir su muerte que murió. Ni judíos ni gentiles, ni fariseos, ni saduceos, ni Annas ni Caifás—nadie, en una palabra, habría podido irrogar la menor afrenta a nuestro Señor, si de lo alto no se le hubiera dado poder. Todo lo que ellos hicieron fue bajo el dominio de la Providencia. La crucifixión se verificó de acuerdo con el eterno decreto de la Trinidad. La pasión de nuestro Señor no podía empezar sino hasta la hora misma que Dios había señalado. Este es un gran misterio; pero es la verdad.

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