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Juan 7: El tiempo del hombre y el de Dios

ADMIRACIÓN INVOLUNTARIA Y TÍMIDA DEFENSA

Juan 7:45-52

A eso volvieron los alguaciles a los principales sacerdotes y los fariseos, y éstos les dijeron:

-¿Por qué no os Le habéis traído para acá?

Los alguaciles contestaron:

-¡Jamás ha hablado nadie como este Hombre!

-¡No os habréis descarriado vosotros también! -les replicaron los fariseos-. ¿Acaso ha creído en Él alguien de las autoridades? ¿O de los fariseos? ¡Claro que no! Pero esa chusma que no conoce la Ley, maldita sea, esos son los que sí creen en Él.

Nicodemo, que era uno de ellos (el que había venido a Jesús antes), les dijo:

-¿Es que nuestra Ley condena a nadie sin haberle permitido antes exponer su caso y sin haber obtenido información de primera mano sobre lo que está haciendo?

-¡No serás tú otro galileo como Él! -replicaron-. ¡Investiga y convéncete de que no hay profeta que salga de Galilea!

Aquí tenemos algunas reacciones espontáneas a Jesús.

(i) La reacción de los alguaciles fue de sorprendida admiración. Habían acudido con la intención de arrestar a Jesús, y habían vuelto sin Él porque en la vida habían oído a nadie hablar como Él. Realmente, el escuchar a Jesús es una experiencia sin igual para cualquier persona.

(ii) La reacción de los principales sacerdotes y los fariseos fue de desprecio. Los fariseos usaban una frase para describir a la gente normal y corriente que no observaba los millares de reglitas de la ley ceremonial. Los llamaban `am ha-áretz, la gente de la tierra, y los despreciaban olímpicamente. El casar a una hija con uno de ellos era como exponerla atada a una fiera salvaje. «Las masas que no conocen la Ley son malditas.» La ley rabínica decía: «Se establecen seis cosas con respecto a la gente de la tierra: no des testimonio a su favor; no aceptes su testimonio; no les confíes ningún secreto; no los nombres tutores de ningún menor; no los pongas a cargo de fondos de caridad, y no los aceptes como compañeros en ningún viaje.» A los fariseos les estaba prohibido invitar o aceptar una invitación de ninguno de la gente de la tierra. Estaba establecido que, hasta donde fuera posible, ni se les comprara ni se les vendiera nada. En su orgullo aristocrático, esnobismo intelectual y soberbia espiritual, los fariseos miraban por encima del hombro a las personas sencillas. Su razonamiento era: «Ninguno de los intelectuales y piadosos ha creído en Jesús. Sólo Le aceptan los ignorantes.» Es terrible el que una persona se crea demasiado culta o demasiado buena para necesitar a Jesucristo. Y es algo que sigue pasando.

(iii) La reacción de Nicodemo. Fue una reacción tímida, porque no defendió abiertamente a Jesús. Sólo se atrevió a citar algunas máximas legales que eran pertinentes. La Ley establecía que todos tenían derecho a que se les hiciera justicia (Exo_23:1 ; Deu_1:16 ); y parte de la justicia era y es que se le permita a uno exponer su caso, y no condenarle por información de segunda mano. Los fariseos pretendían saltarse la Ley; pero está claro que Nicodemo no llevó su protesta más adelante. El corazón le decía que debía defender a Jesús, pero la cabeza le decía que no se buscara líos. Los fariseos le lanzaron unos tópicos de los suyos, y le dijeron que no podía salir ningún profeta de Galilea, y hasta se burlaron de él preguntándole si es que tenía algo que ver con «esa gentuza». Y, al parecer, él no dijo nada más.

Es frecuente el que uno se encuentre en una situación en la que le gustaría defender a Jesús y confesar su fe. A menudo se hace una defensa tibia, y después hay que callarse. En la defensa de Jesús es mejor dejarse llevar por un corazón arriesgado que por una cabeza calculadora. El estar por Cristo firmes puede que nos traiga burlas y nos haga impopulares; hasta puede que nos reporte perjuicios, rechazamiento y sacrificio. Pero sigue en pie el hecho de que Jesús dijo que del que diga que es de Jesús delante de la gente, Él también dirá que es Suyo delante de Su Padre; y del que diga que no es de Jesús, El también dirá que no es Suyo ante Su Padre. La lealtad a Cristo puede suponer una cruz en la Tierra, pero seguro que reportará una corona en la eternidad.

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