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Juan 5: La impotencia humana y el poder de Cristo

EL ÚNICO JUICIO VERDADERO

Yo no puedo hacer nada partiendo de Mí mismo. Conforme a lo que oigo, así juzgo. Pero el juicio que Yo ejercito es justo; porque no trato de hacer lo que quiero, sino lo que quiere el Que me envió.

En el pasaje anterior, Jesús ha reclamado el derecho de juzgar. No era extraño que la gente se preguntara con qué derecho se ponía a juzgar a los demás. Su respuesta era que Su juicio era verdadero y definitivo, porque Él no tenía ningún deseo de hacer nada aparte de la voluntad de Dios. Su derecho se basaba en que Su juicio era el juicio de Dios.

Le es muy difícil a cualquier persona el juzgar a otra con justicia. Si nos examinamos honradamente a nosotros mismos descubriremos muchos motivos que afectarían nuestro juicio. Podría hacerlo injusto nuestro orgullo ofendido; podría ser ciego por nuestros prejuicios; o amargado, por los celos; podría hacerlo arrogante el desprecio; o inflexible, la intolerancia; o podría hacerlo condenatorio la santurronería; podría afectarlo nuestro sentimiento de superioridad; o envilecido por la envidia; o viciado por la falta de sensibilidad o por ignorancia deliberada. Sólo una persona cuyo corazón y cuyos motivos fueran absolutamente limpios podría .juzgar a otra persona con justicia ….- Y no existe tal persona aparte de Jesús.

Pero, por otra parte, el juicio de Dios es perfecto.

Sólo Dios es santo, y por tanto Él es el único que conoce los motivos por los que deben ser juzgadas todas las personas. Sólo Dios ama de una manera perfecta, y pronuncia Su juicio con la caridad que deben hacerse todos los juicios. Sólo Dios tiene conocimiento perfecto y, por tanto, Su juicio es perfecto porque tiene en cuenta todas las circunstancias. El derecho de Jesús a juzgar está basado en el hecho de que en Él está la perfecta Mente de Dios. Él no juzga con la inevitable mezcla de motivos humanos, sino con la perfecta santidad, el perfecto amor y la perfecta misericordia de Dios.

TESTIGOS DE CRISTO

Si Yo doy testimonio de Mí mismo, mi testimonio no tiene por qué ser aceptado como verdadero; pero es Otro el que da testimonio de Mí, y Yo sé que el testimonio que Él da acerca de Mí es verdadero. Vosotros le mandasteis emisarios a Juan, y él dio testimonio de la verdad; pero el testimonio que Yo recibo no procede de ningún ser humano; solamente lo digo para que seáis salvos. Él, Juan, era una antorcha que ardía e iluminaba. Por un tiempo tuvisteis a bien complaceros en su luz. Pero Yo tengo un testimonio mayor que el de Juan: las obras que el Padre Me concedió para que las cumpliera, las mismas obras que Yo hago, son la evidencia definitiva de que ha sido el Padre el Que Me ha enviado.

De nuevo vemos a Jesús contestando las acusaciones de Sus oponentes, que Le habían demandado: «¿Qué evidencia puedes aducir en prueba de que Tus pretensiones son ciertas?» Jesús les contesta de una forma que los rabinos no podrían por menos de entender, porque usa sus propios métodos.

(i) Empieza por admitir el principio universal de que la evidencia exclusiva de una persona acerca de sí misma no se puede aceptar como prueba. Tiene que haber por lo menos dos testigos. «Por dicho de dos testigos, o de tres testigos, morirá el que hubiere de morir; no morirá por el dicho de un solo testigo» Deu_17:6 ). «No valdrá un testigo contra ninguno en cualquier delito, o en cualquier pecado que se cometiere; en el dicho de dos testigos, o en el dicho de tres testigos consistirá el negocio» (Deu_19:15 ). Cuando Pablo amenaza a los corintios con ir allí a reprender y a disciplinar a los culpables, les dice que todas las acusaciones se confirmarán por dos o tres testigos (2 Corintios 13: I ). Jesús dice que, cuando un cristiano tiene alguna queja legítima contra otro hermano, debe llevar consigo a otros para confirmar su acusación (Mat_18:16 ). En la Iglesia Primitiva la regla era que no se admitían acusaciones contra un anciano a menos que fueran respaldadas por dos o tres testigos (1 Timoteo_5:19 ). Jesús empezó por admitir plenamente la norma legal de los judíos acerca de la evidencia.

Además, se mantenía universalmente que no se podía aceptar la evidencia de una persona acerca de sí misma. La Misná decía: « Nadie es digno de crédito cuando habla de sí mismo.» El gran orador griego Demóstenes estableció como principio de justicia que « Las leyes no permiten que una persona dé evidencia en su propio favor.» La ley antigua sabía muy bien que el interés propio producía un efecto en lo que dijera una persona acerca de sí misma. Así que Jesús está de acuerdo en que Su testimonio exclusivo acerca de Sí mismo no tiene por qué aceptarse como válido.

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